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    Del expresidente Julio María Sanguinetti

    Por Lector

    Sr. Director:

    El PDC en febrero. En la última edición de Búsqueda, el Sr. Esteban G. de los Santos Izquierdo, a quien no conozco, defiende la actuación del Partido Demócrata Cristiano (PDC) y del Arq. Juan Pablo Terra en los dramáticos episodios de febrero de 1973, acusándome de repetir falsedades e insultándome en forma reiterada. Dado ese tono, no cabría una respuesta, pero los lectores sí merecen tenerla.

    El hecho es que en febrero de 1973 se inició el golpe de Estado y ante la irrupción militar, la generalidad de los partidos integrantes del Frente Amplio no solo no la cuestionaron sino que la saludaron de modo auspicioso imaginando una nueva situación a la que se incorporarían.

    El PDC tenía entonces un diario, Ahora, y quien se asome a su colección se asombrará, porque prácticamente fue el portavoz mayor de la irrupción militar. Nuestro enfrentamiento con él y el PDC fue rotundo y como una pequeña prueba de ello, en nuestro reciente libro que motiva este intercambio, ¿Qué pasó en febrero?, se reproduce un artículo nuestro (pág. II de fotografías) que bajo el título de “Los golpistas de izquierda” considera a ese diario demócrata cristiano como una expresión del golpismo. Lo escribimos entonces, cuando estábamos todos vivos, y hoy, con la serenidad que da el tiempo, queda muy claro que en aquellos meses críticos, tanto en su opinión como en su información y titulación así lo fue. Es más, ese apoyo a la irrupción militar incluso fue anterior al del comunismo, que pasará luego a ser emblemático. Como dice Lessa en su libro El pecado original, “tanto desde el Partido Comunista Uruguayo como desde el PDC se valoró negativamente la postura constitucionalista y no peruanista de Zorrilla y la Armada”.

    En cuanto a las opiniones internas del PDC, me consta que había matices diferenciales y en ese mismo libro de Lessa hay un reportaje al profesor Romeo Pérez que las describe, desde el ángulo más favorable al Arq. Juan Pablo Terra y al partido en el que entonces militaba. Allí sostiene que la posición de Terra era más institucionalista que la del partido en general y del diario que era su portavoz. No dudamos que fue así, pero es muy claro que ese ambiente generalizado lo arrastró a una posición que, como líder partidario, lo instalaba en una actitud proclive a apoyar un gobierno con los militares que habían anunciado su irrupción política con el programa definido en los Comunicados 4 y 7. En nuestro citado y reciente libro publicamos textualmente, como documento, la crónica en que Ahora resume el discurso de Juan Pablo Terra, pronunciado en el gimnasio del Club Platense, el 17 de febrero, cuando ya la situación había decantado hacia el Pacto de Boisso Lanza y la institucionalización de la presencia militar era un hecho. En esa alocución, Terra sostiene que “lo de antes ahora sí se derrumba; en este momento ha llegado nuestra hora”. “Una evaluación de la gravitación política castrense, (narra la crónica) ‘con los riesgos que ello significa’, pero con la ‘auspiciosa ruptura de la alianza trágica entre la ultra derecha y las FF.AA’.; la evaluación del programa castrense, ‘que por primera vez pone sobre el tapete el problema de las estructuras del país y sus problemas reales’ y si bien ‘tiene ambigüedades’; el apoyo crítico de su Partido ‘que no significa optimismo irresponsable, sino actuar con firmeza y correr los riesgos que hay que correr’”. “El Partido —sostiene— no pretende volver a la vieja institucionalidad uruguaya ya vacía de contenido”, sino crear, a partir de la situación presente “una nueva institucionalidad”.

    En sus varios artículos elogia el carácter “claramente progresista” de los comunicados 4 y 7 y sostiene que considerar los hechos de febrero como un desborde de mesianismo militar es quedarse “en la superficie” porque los planteos militares eran “una respuesta a la profunda crisis uruguaya, que debe ser analizada como tal y comparada con las demás respuestas formuladas a lo largo de los últimos años”.

    Como se advierte, lejos de cuestionarse la irrupción militar, ya consumada, se declara muerta la Constitución de la República y se abre un crédito a la “revolución”.

    No dudamos de su convicción democrática, como lo salvamos expresamente en nuestro libro, pero es un hecho objetivo que, como otros ciudadanos, cayeron en la trampa de que no estábamos ante un conflicto entre el poder civil y militar, sino entre la oligarquía y el pueblo, en el que cabían civiles y militares.

    Felizmente, todo está publicado y los documentos hablan por sí solos.

    Por cierto, en lo personal, tuvimos siempre un gran respeto por Juan Pablo Terra y mantuvimos una relación particularmente amistosa, más allá de diferencias políticas. Es un recuerdo inolvidable la visita que me hizo, en mi estudio, para anunciarme, sin estridencias dramáticas, que estaba viviendo el final de su vida por un tratamiento mal administrado. Nos despedimos con afecto y él permanece en el tiempo.

    Julio María Sanguinetti

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