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    Demasiado ego

    Director Periodístico de Búsqueda

    N° 1983 - 23 al 29 de Agosto de 2018

    Ser presidente de la República. Tener a cargo las decisiones más importantes de un país, las que afectan a todos sus habitantes. Ubicarse en la cúspide de la torre y desde allí procurar la visión más panorámica posible. Asumir el mando principal de un gobierno y sentirse capacitado como para hacerlo. “Una locura total”, al decir del comediante norteamericano Jerry Seinfeld.

    El solo hecho de querer ocupar ese lugar ubica al postulante en el grupo de los alejados del promedio o, más claro, de los anormales. Tiene razón Seinfeld. En el episodio de su show en el que hace referencia a eso, insiste con que alguien que tiene aspiraciones presidenciales serias no puede estar bien de la cabeza. Mostrarse convencido de que se puede llegar tan alto es una pérdida absoluta de la realidad, argumenta este famoso artista que cuenta en su haber con el programa televisivo más visto en toda la historia de Estados Unidos.

    Claro que esa potencia mundial y Uruguay no son lo mismo. Gobernar desde Washington es como ser el capitán de la principal selección en la final del mundo y desde Montevideo, como ser golero de un equipo de fútbol universitario. Son más que obvias las diferencias y profundizar en ellas es perder el tiempo.

    Pero también hay similitudes. Ejercer de presidente de un país, sea del tamaño que sea, es ser el jefe de todos. Por más que no gobierna en soledad, solo a esa persona pertenecen el mando supremo y la última palabra y llegar hasta ahí es como ganar una maratón.

    Falta más de un año para que alguien atraviese esa meta en Uruguay, pero los corredores ya iniciaron su trote, suave por ahora aunque constante. Dicen que todavía no, que falta mucho, pero el intendente de Montevideo, Daniel Martínez, y la ministra de Industria, Carolina Cosse, estarán en la disputa y el ministro de Trabajo, Ernesto Murro, también, si lo dejan. A su vez, Ernesto Talvi comenzó la última semana su camino por el Partido Colorado y competirá al menos con José Amorín y con Fernando Amado. Entre los blancos ya están en la carrera los senadores Luis Lacalle Pou, Jorge Larrañaga y Verónica Alonso, el diputado Carlos Iafigliola y el dirigente Juan Andrés Ramírez y es probable que se sume el intendente de Maldonado, Enrique Antía. A eso hay que agregarle a Pablo Mieres del Partido Independiente, Edgardo Novick del Partido de la Gente y Gonzalo Abella de Unidad Popular. El menú es muy variado, nadie se puede quejar.

    Y no será un dato menor la lista final de postulantes de cada uno de los partidos. Nunca lo fue y menos ahora. Es cierto que hay un porcentaje alto del electorado que vota divisas y no personas. Pero cada vez menos. El compromiso previo con una colectividad política está en caída y especialmente entre los jóvenes.

    Quizá uno de los números más significativos de las últimas encuestas es la cantidad de indecisos. El 35%, uno de cada tres, todavía no decidió su voto, reveló la empresa Cifra la semana pasada. Esa es la prueba más clara de la importancia que tendrán los candidatos.

    Por más razón que tenga Seinfeld con respecto al grado de locura necesario para ser presidente, en una instancia tan competitiva también se requiere de otras cualidades que hagan la diferencia. Los votantes más críticos se muestran cansados de las frases hechas y de los postulantes de góndola de supermercado. Todo parece indicar que apostarán a otras virtudes definitorias.

    Una de las más importantes es hacerse cargo. Hay un mundo en esas dos palabras: hacerse cargo. Son muy pocos los políticos en Uruguay que asumen públicamente sus errores y que hablan de sus virtudes pero también de sus defectos. Siempre la culpa es de los demás. O de los gobiernos o de las trancas internas o del contexto internacional o de la lluvia o de lo que sea. La mayoría prefiere mirar para el costado cuando tiene que decir: “Fui yo”. Cambiar eso puede ser un factor de convencimiento para los desencantados, los cansados de escuchar siempre las mismas excusas.

    Es hora además de que los aspirantes presidenciales se muestren como son, o al menos casi. La empatía se logra con autenticidad. Por supuesto que los que están en una orilla del río no van a creer nada de lo que digan los de la otra y viceversa, pero los importantes son los que todavía nadan sin saber para qué costa acercarse. A esos los atrae mucho más alguien que muestra que realmente tiene ganas de gobernar, de hacer bien las cosas y lo transmite con simpleza. Prefieren elegir personas y no personajes.

    Tampoco parece necesario recurrir demasiado a las tradiciones como para convencer a ese 35% que inclinará la balanza. Todos los candidatos tienen sus horas de militancia y su vínculo afectivo con sus partidos. Seguramente pueden hablar horas de glorias o angustias pasadas, pero ese no aparenta ser el camino. Una persona que todavía no definió su voto a poco más de un año de las elecciones está mostrando que no siente ningún factor histórico de identificación con nadie. No lo moviliza ni la patria ni la épica ni ningún ismo o macrorrelato. Vota presidente y no ideología.

    Finalmente, los postulantes tienen que poder manejar en forma inteligente su ego. Hay que tener mucho ego para ser presidente. Un ego irracional muy bien caricaturizado por Seinfeld. El problema es cuando mucho se transforma en demasiado y antes de tiempo. Cuando se recurre a frases como “la gente me lo pide” o “soy preso de mi aprobación popular”. Peor todavía cuando se cree que se está en un nivel superior al resto y que es mejor no mezclarse. Y ese es un riesgo con el que conviven algunos de los integrantes del actual menú. Porque el ego es imprescindible para poder estar. Pero ganar, se gana con votos.