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    Demonios en la cabeza

    Nº 2133 - 29 de Julio al 4 de Agosto de 2021

    Ya había hecho historia en los Juegos Olímpicos de Río en 2016 con cuatro medallas de oro y 19 años. El año pasado en Stuttgart ganó cinco e inventó dos nuevas figuras. Los jueces le bajaron adrede el puntaje para que otras gimnastas no corran el riesgo imitándola. Todas las miradas en Tokio estaban puestas en ella. Pero la presión estalló y se retiró el martes pasado tras realizar un salto por debajo de sus marcas habituales. Volvió a la sala con su equipo (Estados Unidos) pero no hizo ni barras asimétricas, ni suelo, ni barra de equilibrio. Al inicio se informó de un problema físico, pero luego la propia Simone Biles despejó toda duda: “Tengo demonios en la cabeza”.

    Salud mental. La misma que llevó al suicidio a tres jugadores de fútbol en lo que va del año y que el Ministerio de Salud Pública del Uruguay quiere tratar a todo nivel: con el INJU para evitar que adolescentes y jóvenes se quiten la vida, con las organizaciones de adultos mayores para evitar el suicidio en población añosa (Búsqueda Nº 2.131). ¿Por qué me muevo de la salud mental de la gimnasta norteamericana al suicidio en nuestro país? Porque es el mismo fenómeno que los atraviesa y conecta la psicología, con la política y la salud pública a nivel global.

    ¿Qué hay en común en el alto rendimiento y presión de Biles con la que sentía el Morro García? ¿Qué demonios tenían en la cabeza las 713 personas que se quitaron la vida en Uruguay desde que estamos en pandemia? ¿Son los mismos demonios en todos los casos? ¿Cómo lidiar con esos demonios que matan? Si bien las cifras de suicidio son estables en los últimos cinco años en Uruguay (entre 20 y 30 cada 100.000 habitantes), tienen un crecimiento sostenido y alarmante en las personas de entre 15 y 34 años. Entonces vuelvo a Biles y sus declaraciones de esta semana.

    “Tengo que concentrarme en mi salud mental. Simplemente creo que la salud mental es más importante que los deportes en este momento. Tenemos que proteger nuestras mentes y nuestros cuerpos, y no solo salir y hacer lo que el mundo quiere que hagamos... Ya no confío tanto en mí misma. Quizás esté envejeciendo. Hubo un par de días en que todo el mundo te tuitea y sientes el peso del mundo”. “Desde que entro al tapiz, estoy yo sola con mi cabeza, tratando con demonios en mi cabeza... No quería salir y hacer algo estúpido y salir lesionada... Al fin y al cabo, no queremos que nos saquen de allí en camilla”. “No fue un día fácil ni mi mejor día, pero lo superé. Realmente siento que, a veces, tengo el peso del mundo sobre mis hombros”, había puesto el lunes en su cuenta personal de Instagram.

    La noticia de Biles fue acompañada enseguida en los portales del mundo por el recordatorio de su infancia difícil, la adicción al alcohol y a las drogas que tenía su madre, la crianza con su abuelo y los abusos sexuales de su entrenador Larry Nassar, condenado a cadena perpetua. Es un acto reflejo de redes y portales de noticias: ante un problema de salud mental, informan enseguida sobre las complicaciones de la vida privada de esa persona que sufre. Y además enseguida muestran algún caso parecido. En este contexto, la BBC recordó que las 28 medallas olímpicas que consiguió el nadador Michael Phelps no evitaron que en 2016 cayera en fuerte depresión y declarara que hasta puso su vida en peligro.

    Esta estrategia de apelar a la vida privada complicada y a los casos parecidos podrá explicar algo, pero nunca agota todo el problema. Y a veces no explica nada, sobre todo porque tiene implícita una premisa: hay historias duras que explican que alguien se quiera quitar la vida. Eso es falso. La vida nunca es lineal. Por eso de contextos complejos nacen personas increíbles y de contextos favorables surgen personalidades menores e ingratas. ¿Entonces? Y bueno... asumir la no linealidad, incorporar la salud mental como declara Biles pero también silencio, mucho silencio, más silencio.

    Comparto que la salud mental en general y la prevención del suicidio en particular requieren que hablemos del tema. De acuerdo también que compartir experiencias positivas ayuda a revalorizar la vida. Pero tenemos que aprender a estar en silencio también. ¿Por qué? Porque hay una presión de las redes sociales, del mundo, de los demás, a estar siempre con la boca abierta y el rostro adecuado. Biles se equivoca cuando cree que su miedo es por estar envejeciendo; su miedo es por sentirse todo el día expuesta y además exponerse luego libremente. La exposición es siempre hablar, clic, foto, clip, like, mundo, otros, intemperie. Entonces, el remedio es silencio, refugio. Callar para no caer en la trampa de que solo hablando las personas se curan.

    Por las dudas reafirmo: hay que hablar, sí; hay que revalorizar la vida, sí, pero también incorporar el silencio como modo de prevención. No todo se cura exponiendo, en algunos casos es hasta al revés, hay enfermedades que se contagian por hablar demasiado de ellas. Hay que tener pudor. Callar algunas cosas permite que no crezcan, que no tomen proporciones absurdas, que no se nos escapen, y se vuelvan contra nosotros mismos, hay demonios que se contagian por las palabras mal dichas. No estoy sugiriendo ocultar, ni mucho menos mentir, estoy diciendo que el silencio a veces ayuda más que la palabra. Que no hay nada que explicar.

    Le saltó la térmica a Biles aunque sigue acá; al Morro, a Cabrera, a Martínez, a otros 710 en Uruguay les saltó pero dieron un paso más. Cada 40 segundos alguien se quita la vida en algún lugar del planeta, según informó la Organización Mundial de la Salud en setiembre de 2019. Tercera causa de muerte en la franja de entre 15 y 19 años. ¿Será que bajó el umbral de la frustración o resistencia al dolor en las nuevas generaciones? ¿Será que introducir el tema de la salud mental demuestra la cantidad de gente que “hacía que estaba bien” cuando estaba mal? ¿Será que de hablar poco pasamos a hablar demasiado? ¿Qué expectativas de la vida tienen todos esos jóvenes que están deprimidos y medicados? ¿Quién les dijo que la vida es indolora? Caigo en la trampa de la conversación, pero vuelvo al silencio, o mejor dicho, a no intentar que todo se explique. A saber callar. A buscar maneras de que esas personas de entre 15 y 19 se salgan de su cabeza endemoniada.

    Hay tantas cosas que no cuadran. No hay lógica, partamos de eso, hay historias que se cruzan, destinos extraños, momentos maravillosos que no tienen coherencia. Suena raro, pero hay que salirse de sí mismo para estar más en paz con los demonios internos. Estamos todos cinchando para algún lado. Hay que tener gratitud, aceptar el misterio, cargar con el dolor, no el propio, que siempre será diminuto, sino el que está siempre ahí latente: el dolor de ese golpe seco cada 40 segundos; el que viene de las heridas que se heredan y las que se dejan; el que tiene la vecina o el que tiene la mejor atleta olímpica de la historia. Siempre hay otros dolores, que más que conocerlos y exponerlos, hay que respetarlos y tenerles pudor. Una vez que acomodes todo ese dolor encima, que entra en cualquier mochila, tomá aire, y en silencio, seguí empujando.

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