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Qué placer es leer a Halfon, con ese personaje central que es un observador de la realidad y que se llama igual que su autor, quizá para tenerlo cerca, siempre a mano. O quizá para decir verdades encubiertas. O quizá para mentir desde la ficción descaradamente. Sí, es posible que siempre escriba el mismo libro, como Thomas Bernhard, como Roberto Bolaño y como tantos otros, porque en definitiva es bastante difícil salirse de uno mismo. Signor Hoffman (Libros del Asteroide, 144 páginas) vuelve sobre temas que son clásicos en su literatura: Guatemala, el Holocausto, los pequeños pueblos, los pequeños bares, los pequeños personajes, incluido el propio Halfon, que apenas es un apunte, una certeza que siempre busca una mirada fina, sensible, poética, con una rareza misteriosa. Y de los seis cuentos que componen este libro hay dos que sobresalen, Signor Hoffman y Oh gueto mi amor, que son el primero y el último respectivamente.
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En el primero, Halfon se encuentra en un campo de concentración en Italia, un campo de concentración trucho que ha sido reconstruido a nuevo donde había uno real. Halfon fue invitado a dar una charla a propósito de la cuestión judía y la memoria. A partir de las imágenes que emiten tres pantallas, imágenes que el escritor asocia con su propia vida y su familia, se disparan lo que tal vez podríamos llamar verdades sobre la existencia y la muerte y las escasas certezas que en definitiva tenemos de todo. El remate, con un imprevisto humor y que remite a un apellido equívoco, es una especie de gran truco en el que aparece sobre la mesa un famoso actor de cine.
En el segundo, Halfon visita la ciudad polaca Lodz, y más precisamente la casa en la que vivió su abuelo, que allí fue apresado por los nazis. Quien guía al escritor por la ciudad y particularmente por la casa derruida, con un gran patio central, es madame Maroszek, una enigmática mujer. Pero más enigmática es la actual propietaria del apartamento donde vivió el abuelo del escritor. Y aquí tenemos otra vuelta de tuerca increíble, con insospechado humor y que también refiere a la producción cinematográfica, aunque esta vez más casera y desesperada.
El jazz, los insufribles funcionarios de Aduanas, los autos con fallas, las familias que cultivan café, los pajarracos que adornan miserables restaurantes, un viejito ascensorista y un ridículo gabán rosado son pinceladas que complementan estos cuentos que derraman sin salpicar, cosa que los vuelve inconfundiblemente halfonianos.