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    Desapareció un día

    El estilo, la forma en que está escrita esta novela, resulta inusual y cautivante. Sentimos a través de los 13 capítulos, que se corresponden cada uno a un año, cómo pasa la vida en un pueblito británico cuyo nombre no importa. El disparador es la desaparición de una niña de 13 años llamada Rebecca o Becky o Bex —así se la menciona siempre— que, la última vez que fue vista, llevaba una sudadera blanca con capucha. Iba con sus padres supuestamente de paseo y se esfumó en el monte, o en el bosque, o entre las rocas, o en los embalses. Quizá se enfurruñó y decidió irse a cualquier parte donde todavía permanece escondida. O tal vez la asesinaron y la enterraron en los campos circundantes. O la arrojaron al río.

    La policía rastrea la zona con helicópteros y lanchas. Hablan con los habitantes del pueblo. Investigan, vuelven a rastrear la zona, vuelven a hablar con los habitantes del pueblo, pero nada. Los padres deambulan por allí como zombis buscando a su hija, carcomidos por el dolor, tal vez por la culpa. Algunos jóvenes dicen haberla visto a lo lejos, pero no pueden precisar más que eso: a lo lejos. A lo mejor no era ella y las ramas bajas de los árboles y los arbustos apretados provocaron la ilusión de que era Rebecca, o Becky, o Bex.

    A las pocas páginas de comenzado El embalse 13 (Libros del Asteroide, 2019, 310 páginas) queda claro que el interés del británico Jon McGregor (45 años, nació en Bermudas, pero vive y da clases en Nottingham) no es plantear un enigma policial ni desarrollarlo y concluirlo. A él le interesa el latido del pueblo rural, cómo cada personaje vive su vida: el viudo con su perro, la vicaria que se encarga de la iglesia, el viejo que está postrado en una cama pero igual dirige con mano férrea su granja, la maestra de la escuela, los jóvenes que se divierten en el pub y hacen planes, los desagradables sujetos que han llegado al pueblo y se alojan en un tráiler, la señora que abre una tienda para los turistas. Pero también los pájaros y los zorros y las ovejas y las vacas y los murciélagos, que nacen, se alimentan y mueren como los humanos. Y la niebla y la lluvia y el nervio del río que va y viene, y el agua en los embalses y los campos en flor o azotados por la helada, y el puente de los caballos de carga y los ajos silvestres que crecen al borde del camino, es decir, toda la pintura que compone el paisaje de primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera. Y el equipo de críquet del pueblo, que nunca puede ganarle al equipo del pueblo vecino.

    Ese ciclo de la vida, ambicioso, es el que abarca McGregor con un mecanismo sencillo de rígida estructura, acumulativo, que va tomando la fuerza del propio devenir de las estaciones. Como un detalle fantasmagórico, cada tanto aparecen las imágenes de algún televisor hogareño con incendios o inundaciones, fenómenos frecuentes en los informativos. De día, el sonido intermitente de una sierra que poda ramas en un campo. Y por la noche el traqueteo de los trenes de carga en la lejanía.

    Cada llegada de Año Nuevo hay fuegos artificiales en el pueblo, pero distintos estados de ánimo. Lo mismo ocurre con la Fiesta de los Fogones o la Noche de las Gamberradas. Sin embargo, el latido global de la vida se apodera de la singularidad de cada habitante, de sus esperanzas, amores y tristezas, y los vuelve un todo. Esa máxima es en definitiva la verdadera música, no sus solistas. Pasan los años y Rebecca, o Becky, o Bex, que sería más grande y muy diferente ya a la foto de la niña desaparecida que ha difundido la policía, no aparece. Al padre se lo sigue viendo ensimismado en sus pensamientos, solo, recorriendo los campos y los bosques. A la madre se la detecta en el pueblo, recibiendo el consuelo de algunos pobladores. Siempre son figuras a la distancia, apagadas.

    Pero el misterio de lo ocurrido con una niña no cambia las existencias inexorablemente tejidas de los pobladores. Aunque, claro, muchas veces sueñan con Rebecca, o Becky, o Bex. Sueñan que está viva y no la reconocen. O que se ha ido a otro pueblo y es una muchacha sonriente y feliz. O que se mantiene en una cueva con alimentos y no desea volver al mundo de la superficie. La gente debe convivir con semejante ausencia y con muchas otras cosas más a cuestas. Tal es la resonancia de esta novela de deliberada monotonía. Por debajo de los días que pasan y las costumbres regulares, con sus pormenores cotidianos previsibles, se abre una paleta de significados del poder de un gran corazón palpitante. Entonces no importa que los personajes se llamen Flint o Ray o Rohan o Lynsey. Tampoco se recortan de un modo disonante el tambo de los Thomson, los frutales del huerto de Fletcher, las virtudes del escalador James Broad o los silencios de la señora Simpson. Son parte del mosaico de una novela verdaderamente coral en la que todo suena acompasado, al unísono, avanzando como el tictac de un reloj.

    Un ejemplo: “A medianoche, cuando llegó el Año Nuevo, se incendió la caravana del huerto de Fletcher. Tardaron en darse cuenta, y pasó una hora más hasta que llegaron los bomberos, cuando la caravana ya estaba completamente calcinada y, con ella, una docena de árboles. Por la mañana todavía humeaba y el pueblo estaba impregnado de olor a plástico quemado”. El pueblo y no los pobladores. El paisaje y no los seres que lo habitan. El latido de la tierra y no cada animal que lo produce.

    McGregor dice que escribió El embalse 13 en pequeñas partes. Un día se dedicaba a realizar párrafos sobre los cuervos. Otro día sobre los zorros. Otro día sobre las palomas y las golondrinas. Otro día sobre la rutina de los Jackson y así, en pequeñas entregas. Después vino la tarea del montaje, de unir los trozos, pegarlos para que formasen este gran collage. El título original de la novela es Reservoir 13, y los textos breves dieron lugar a una serie para la radio que se denominó The Reservoir Tapes.

    También es autor de las novelas Si nadie habla de las cosas que importan y Ni siquiera los perros (ambas editadas por Salamandra), que tienen estructuras corales, o bien porque la historia se construye basada en instantáneas como si fuesen fotos arrojadas sobre una mesa, o bien porque se trata de retazos de vida que van compaginando una unidad.

    Su padre era vicario. Seguramente, durante los discursos y sin faltarle el respeto ni a la autoridad paterna ni a la religión, el niño se haya distraído y desviado su atención hacia una ventana, sintiendo la necesidad de volar y observar las cosas. Es probable que en uno de esos viajes haya tomado la decisión de convertirse en escritor.

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