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Luego de varios días de nevadas y tormenta, los pingüinos papúa y barbijo recorren las playas de la península de Fildes de la isla Rey Jorge. En otra zona, a hora y media de caminata de la Base Artigas —del otro lado de la isla y tras pasar por cerros nevados y aguadas semicongeladas— se encuentra el Mar de Drake, uno de los más turbulentos del mundo. En la orilla sobre un manto de nieve descansa una foca de Weddell, una de las mejores nadadoras del mundo. A lo lejos duermen elefantes marinos y lobos, mientras los gaviotines antárticos sobrevuelan la zona. Esta es gran parte de la fauna visible de la Antártida, pero hay mucho más, aunque no se percibe a simple vista.
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Rodrigo Ponce de León, profesor adjunto del Laboratorio de Zoología de Invertebrados de la Facultad de Ciencias (FC) estudia desde hace una década a invertebrados antárticos, organismos que pasan inadvertidos para el ojo humano. Contrariamente a lo que se sostenía, la diversidad de invertebrados microscópicos “es grande, monstruosa”.
“Hay fauna muy chiquita que la gente no ve” y en la zona “hay una necesidad muy grande de proteínas para los animales acuáticos y semiterrestres. No encontramos invertebrados muertos en la costa. No es como cualquier costa nuestra en que se ven conchillas, aquí todo se come y desaparece rápidamente”, informó.
Glaciar.
Cuando a principios del siglo XX William Smith llegó a Rey Jorge, se encontró con un glaciar que lo cubría casi por completo y con escasos sitios para desembarcar. Hoy tras el retroceso del glaciar —que a largo plazo se prevé desaparezca— se generaron numerosas playas, con cambios visibles hasta para quienes trabajan en el Instituto Antártico Uruguayo y han visto retrocesos de cuadras en 20 años. El cambio ha hecho que se inicie un proceso de generación de suelo en zonas que antes cubría el hielo. Por eso, la diversidad de invertebrados iría en aumento en toda la Antártida.
Los alumnos de Ponce de León —en la Primera Escuela de Verano de Introducción a la Investigación Antártica— estudian la fauna que se establece cuando ya existe cierta vegetación, en este caso la fauna microscópica de invertebrados que rodean un tipo de pasto antártico.
Invasores.
Abejas en la base polaca, 1.400 semillas provenientes de fuera de la Antártida que llegaron a tres bases en la ropa de los viajeros y mosquitos en la base uruguaya, las especies invasoras pueden ser un problema para la Antártida, porque pueden producir un desequilibrio en el frágil ecosistema. La situación es más complicada en las zonas de la Antártida en las que solo vive una especie de animal, un nemátodo que se alimenta de bacterias que no tiene predadores, explicó Ponce de León.
Virus.
Los virus como influenza y Newcastle circulan en el mundo, pero aún no se ha confirmado su presencia en el continente antártico. La influenza, por ejemplo tiene la capacidad de afectar a aves, cerdos y humanos. Las aves migratorias que recorren el hemisferio norte y sur podrían llevar la influenza consigo hacia la Antártida y afectar a otras aves.
Por eso Juan Cristina, profesor del Laboratorio de Virología Molecular de la FC guió a los alumnos de la Escuela Antártica, que recogieron y analizaron muestras de fecas de 53 pingüinos y confirmaron que en estos casos no se detectó presencia del virus influenza y en 20 muestras para Newcastle el resultado fue negativo. “Es un significativo pequeño trabajo, importante como vigilancia epidemiológica, para saber qué está pasando”, opinó Cristina.