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    Desbordes en el patio exterior

    N° 1982 - 16 al 22 de Agosto de 2018

    La memoria preserva las reflexiones inteligentes. Cuando Enrique Iglesias asumió como ministro de Relaciones Exteriores en 1985 comentó ante una informal rueda de periodistas que una regla básica de los cancilleres es no demostrar mal humor, porque la contraparte lo puede interpretar como un signo de debilidad, además de mala educación. La elegancia y la discreción no eliminan la firmeza, sentenció.

    Quien probablemente fue el mejor canciller que ha tenido la República acotó, con ironía, que un diplomático de fuste debe tener la habilidad e inteligencia de enviar a alguien al quinto infierno y que este emprenda satisfecho ese viaje sin que nadie perciba la realidad.

    Las comparaciones suelen ser odiosas, pero inevitables: Rodolfo Nin Novoa está en las antípodas educativas, culturales y profesionales de Iglesias.

    Para liderar el servicio exterior no alcanza con fungir como servidor de un presidente (aunque tenga la deuda de haberlo rescatado de su mediocridad política), ni impostar tonos y gestualidad patricia. Mucho menos enfrentarse públicamente con subalternos de probada idoneidad.

    La diplomacia uruguaya no puede darse el lujo de hacer desplantes, de ningunear a periodistas ni a quienes recurren a la ley de acceso a la información pública, central para la transparencia del proceso democrático.

    Nin Novoa desnudó su mal humor personal y partidario con el periodista Gustavo Travieso cuando este le preguntó si le preocupaba el déficit del Estado. Respondió enojado que 80% del gasto se destina a políticas sociales y le imputó (otro vocablo no cabe): “¿Ustedes quieren que no haya políticas sociales? Bueno, ganen el gobierno y corten todas las políticas sociales, y dejen en la calle a la gente con menos posibilidades de salud, de enseñanza y de empleo”. Difamador, le atribuyó al periodista intencionalidad partidaria.

    En esa misma época ante la Comisión de Diputados que analizaba el proyecto de Rendición de Cuentas se quejó por el volumen de las solicitudes de acceso a la información pública de quienes cursan un doctorado: “¡Que lo vayan a buscar ellos! ¡No les vamos a hacer el doctorado nosotros!”, refunfuñó como un adolescente contrariado. Arrogancia e ignorancia, quizá porque nunca estuvo ni cerca de un doctorado.

    Las irregularidades y arbitrariedades (para calificarlas generosamente) del ministro trascienden su desprecio por el periodismo y la información pública e incursionan en desbordes en el servicio exterior. Una lista completa excedería este espacio, por eso van solo algunas:

    —Uruguay negocia con la Unión Europea acuerdos vitales para el futuro; no le va demasiado bien. Más allá del intenso trabajo de la negociadora, la embajadora Valeria Czukasi, Nin Novoa se da el triste lujo de no darle más participación a quien es el mayor especialista, el embajador en Bélgica, Carlos Pérez del Castillo. ¿Por qué? Imposible saberlo, pero algo huele mal. Hace tres semanas llegó a Montevideo una delegación empresarial belga presidida por un miembro de la Casa Real. Los acompañaba Pérez del Castillo. Venían de reunirse en Argentina con el presidente Mauricio Macri. El presidente Tabaré Vázquez se negó a recibirlos, pese a una entrevista concertada previamente. Nin Novoa nada hizo para revertirlo.

    —Una semana después de ese desplante la Presidencia anuncia que Vázquez recibirá al jugador francés de fútbol Antoine Griezmann cuando visite Uruguay. Quizá Griezmann —todo es posible cuando se entreveran el fútbol y la política— representa al gobierno francés en alguna negociación de más peso que lo que pudiera plantearle la delegación belga.

    —En 2017 Nin Novoa destituyó a su jefe de prensa, el embajador Gerardo Prato. El funcionario ejerció su función: publicó en la web del ministerio una foto de Nin Novoa acompañado por la bella canciller de Colombia, María Ángela Olguín, ambos sonrientes. Esa foto le generó al canciller problemas personales y Prato pagó el pato: ¡Afuera!

    —En octubre del 2016 Nin Novoa le ofreció la Dirección de Asuntos Económicos al embajador Guillermo Valles, que dejaba su cargo en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo. Valles aceptó, pero al regresar al país no se concretó. Ni siquiera ha sido recibido por el ministro. Recientemente, al salir de una reunión con la Comisión de Asuntos Internacionales de Diputados, un periodista le preguntó al canciller sobre una opinión del senador Pedro Bordaberry de prescindir de Valles: “Tenemos a Cavani. (…) Valles está disponible y en la casa”. Nin volvió a molestarse y rezongó al periodista: “Me parece de mal gusto su pregunta, ya que no quiero hablar de mis problemas personales con el embajador Valles”. ¿Tiene problemas personales con un subalterno y por eso priva al país de sus conocimientos y experiencia?

    —La cara opuesta fue imponer a Rosario Portell como embajadora en Vietnam dentro de su cuota política. Su venia la votó solo el gobierno. Portell es amiga de la vicepresidenta Lucía Topolansky. No importó que antes, durante administraciones frenteamplistas, hubiera sido cesada dos veces. Tampoco consideraron sus carencias académicas. Cómo será que el expresidente José Mujica admitió: “Puede ser que esta señora no tenga mucha capacidad, pero puede que sea una hormiga trabajadora”.  

    —En soledad Nin Novoa impulsó en 2017 dos embajadas en La Haya destinadas al matrimonio de los diplomáticos Ricardo Nario y Laura Dupuy para mantener la unidad familiar. Nario encabezaría la principal y Dupuy lo haría ante algunos organismos internacionales. El gobierno holandés comunicó que no existen “bases legales” para esa segunda embajada. Búsqueda lo informó en marzo y el gobierno desistió. Porfiado, Nin Novoa pretendió abrir un consulado en Rotterdam y que dependiera del ministerio. De esa forma podría evitar la prohibición familiar de dependencia (Dupuy de Nario) en una misma jurisdicción. Ante una publicación de El Observador intentó desmentirlo mediante un comunicado difundido… ¡un sábado!

    —En junio el ministro no asistió a la Asamblea de la OEA en la que se decidiría la suspensión de Venezuela. Tampoco el subsecretario, Ariel Bergamino. Uruguay fue el único país que no tuvo representantes de primer nivel. Envió al director de Asuntos Políticos, embajador Raúl Pollak. La gravedad se multiplicaba, porque en esa sesión se votaba la candidatura de Ricardo Pérez Manrique como juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Aunque resultó designado por mayoría, las negociaciones previas carecieron del peso de la cúpula del ministerio. Un riesgo.

    —Hace pocas semanas Nin Novoa anuló la designación del embajador Álvaro Moerzinger como director de Relaciones Institucionales. Le disgustó (molestó, enfadó, ofendió) que participara en una reunión social para analizar temas de política exterior. Intervinieron colorados, blancos y un frenteamplista. Elaboraron un documento técnico con señalamientos críticos que le entregaron al senador Luis Lacalle Pou. Tras el cese, el senador blanco le formuló a Nin Novoa enérgicos reproches y calificó su acción como persecución política. Nin replicó mediante un comunicado de prensa. Señaló que el Estatuto del Servicio Exterior (el Decreto ley de la dictadura Nº 14.206 de 1974) dice que el funcionario está al servicio de la nación y que debe tener “lealtad y obediencia”. Lo calificó como desleal y aplicó la filosofía del Acto Institucional Nº 7 del gobierno militar.

    —El Estado uruguayo enfrenta una demanda de la minera Ariatirí por US$ 3.536 millones. La minera sostiene ante la Comisión de las Naciones Unidas para el Derecho Mercantil que Uruguay le cambió las reglas de juego y las condiciones de su inversión con la ley de minería. Para evitar perder puntos alguien debería amordazar al canciller.

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