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    Desde Rusia con amor

    Artistas de San Petersburgo con la Filarmónica de Montevideo

    Una de las noches más frías de este otoño fue el marco adecuado para sumergirse luego en la calidez de dos jóvenes voces y la batuta de un director, todos ellos rusos provenientes del Teatro Marinsky de San Petersburgo. La visita fue con el auspicio de la Embajada Rusa en nuestro país, para hacer un programa con obras sólo de Chaikovsky (1840-1893). Salvo “Eugenio Oneguin”, escrita por el autor a los 39 años de edad, el resto de las obras del programa pertenecían a los últimos años de vida del compositor, entre 1890 y 1892.

    La velada empezó con la conocida Polonesa de la ópera “Eugenio Oneguin”, en una ejecución alegre, con un carácter danzante tan natural y contagioso que literalmente daban ganas de levantarse del asiento y salir a bailar a los pasillos. Fue fácil percibir en este primer contacto con el director Mikhail Agrest un carácter jovial, que imprime entusiasmo a la orquesta y que no vacila en danzar discretamente sobre el podio para lograr de sus dirigidos el vaivén justo de la melodía. En este detalle particular, nos recordó a aquel alegre y vehemente director español Pedro Pirfano, que hace muchos años dirigiera varias veces a la Ossodre.

    La aparición en escena de la soprano Ekaterina Goncharova impactó por la belleza de su figura envuelta en un vestido turquesa. Pese a ello, fue difícil para ella conquistar de entrada al público ya que le tocó en suerte el aria de “Iolantha”, ópera que narra la historia de una princesa (Iolantha) ciega de nacimiento, que vive encerrada en el palacio y a la que nadie ha explicado esa carencia de uno de sus sentidos. En el aria, Iolantha expresa su tristeza y su vaga intuición de que ella no es igual al resto de los mortales. La música es triste y sombría. Se trata de un aria ingrata en la que pudo apreciarse en Goncharova una línea de canto correcta y una emisión algo gutural.

    El barítono Andrei Bondarenko hizo el aria de “La dama de Pique” donde el príncipe Yeletsi le declara su amor a Lisa. Aquí la vena lírica de Chaikovsky está en su esplendor con una melodía de gran dulzura, que Boldarenko supo volcar con una emisión suelta y un lindísimo timbre.

    Ambos cantantes hicieron luego la escena final de “Eugenio Oneguin”, obra de encuentros y desencuentros amorosos. Oneguin estuvo perdidamente enamorado de Tatiana, lo que le costó batirse a duelo con un íntimo amigo y matarlo. Pero renunció al amor de Tatiana. Pasados los años, Oneguin y Tatiana se encuentran en el baile que ofrece en su casa un noble de San Petersburgo; él sigue siendo un solitario; ella es la feliz esposa de un príncipe. El encuentro quiebra a Oneguin que, desconsolado, confiesa su amor nunca apagado por ella. Tatiana lo rechaza por su situación de mujer casada aunque le confiesa que también lo sigue amando. La escena fue volcada con un dramatismo algo controlado por los dos cantantes y por la orquesta. La soprano Goncharova pareció sentirse aquí más cómoda que con el aria de Iolantha, logrando un correcto ensamble vocal y dramático con Bondarenko, quien confirmó la excelencia de sus dotes mostradas en la escena de la “Dama de Pique”.

    Resultó un grato descubrimiento por estos lares el director Mikhail Agrest. Luego de su contagiosa Polonesa ya comentada, agregó en la primera parte del concierto el Adagio (Pas de deux) del “Cascanueces”, donde obtuvo una expresividad de las cuerdas y una sonoridad de las maderas en rangos poco comunes en nuestra Filarmónica. Un muy bien graduado crescendo previo al tutti final presagió que después del intervalo íbamos a tener una “Quinta Sinfonía” en muy buenas manos.

    Y así fue. Agrest es un director sanguíneo, de técnica prolija, y que como es natural siente la música de su tierra. Por eso ya el andante del comienzo tuvo una sonoridad compacta y sugerente como pocas veces, la orquesta fraseó con gusto, con alma y cuando fue necesario con fuerza. En el segundo movimiento logró de las cuerdas un empaste magnífico, un excelente desempeño en la melodía del corno, notablemente tomada luego por los cellos y finalmente por los violines con las maderas de fondo. Sin duda el mejor momento de esta versión. En el tercer movimiento que es un vals el director volvió a hacer gala de su comprensión para el ritmo danzable. El andante maestoso y el allegro del cuarto movimiento tuvieron una interpretación correcta aunque no con la intensidad expresiva de los movimientos precedentes. Un aplauso sin bravos pero sostenido sin desmayos hizo salir varias veces a los artistas a saludar, prueba inmejorable de las bondades de estos embajadores.

    A la Filarmónica le sientan muy bien presencias como las de este director ruso, que logra del conjunto una respuesta rica en matices, equilibrada en el balance de los diferentes sectores, de sonoridad compacta y no estridente. La velada habría sido completa si en el intervalo nos hubieran ofrecido una copita de vodka.