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    Desde la tertulia

    N° 2021 - 23 al 29 de Mayo de 2019

    La música académica o clásica, para llamarla de algún modo, provoca un notorio respeto por parte del público, que ciertas veces se vuelve un tanto solemne y policía de las costumbres. La delicadeza y los vericuetos de la Sinfonía Nº 5 de Mahler, con esas melodías que remiten a otras melodías generadas por casi cien instrumentos, exigen concentración, silencio, pero no frialdad corporal, como la que parece pretender a su alrededor mi vecino de butaca. Si la señora de atrás mueve el bastón con sus 90 años, el vecino se da vuelta. Si alguien más allá tose, el vecino levanta la mirada para ver quién es el moribundo. Si alguien se retira porque debe ir al baño, el vecino se alarma. Si alguien aplaude al finalizar un movimiento, el vecino chista. Ya te voy a agarrar, viejo vigilante. Dejo afuera de este asunto a los celulares, que también sonaron en algún momento. Ya lo dije: en mi sociedad totalitaria, si usted deja sonar un celular en un concierto, durante una película o en una obra de teatro, será ejecutado inmediatamente. Con el celular de mierda sonando, no se negocia: garrote vil al dueño del aparato. Pero hay momentos de emoción, de recogimiento y reflexión —o de viaje espiritual— que reclaman una respuesta alegre. En ciertos pasajes de la sinfonía mi pierna acompaña la melodía. No lo hago como si estuviese en un boliche de jazz, por supuesto. Es apenas un balanceo. El vecino no dice nada, pero se molesta. Estoy a favor de los pequeños ruidos, como el de las partituras cuando pasan sus hojas, o el de la tarima del director, que desprende un levísimo sonido a madera. Estas manchitas dan aire al silencio, lo maduran en barrica, lo hacen más agradable. El culto a la rigidez de mi vecino resiste hasta el cuarto movimiento, el adagietto, con esos violines que te encogen el corazón, como a Dirk Bogarde en Muerte en Venecia, de Luchino Visconti. El señor mira por primera vez su reloj. Se termina su comedia de la seriedad, su numerito de gusano hiperculto. Los violines siguen su viaje y el hombre vuelve a consultar el reloj. Y lo hace una tercera vez. Lo miro en silencio y le echo en cara lo que había contenido: pero andá, viejo calandraca, te pasaste ortibando todo el concierto y ahora te quebrás, te aburrís, necesitás tu dosis de tele, de vino, de pasta base. A la salida en la puerta del Auditorio y a resguardo de la lluvia, el público comenta maravillas del concierto. El viejo ortiba ya debe haber disparado a su casa. Un rasta vagabundo pasa por la vereda con un paraguas desarticulado y un puchito en la boca. Todo el tiempo del mundo. Puro blues.

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