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Día triste. “Fecha nefasta” denominábamos al 25 de setiembre, ocasión en que la Cámara de Diputados aprobó el proyecto de legalización del aborto, y “fecha triste” llama ahora la Arquidiócesis de Montevideo de la Iglesia Católica al 17 de octubre, día en que el proyecto fue corroborado por la Cámara de Senadores dándole así definitiva aprobación. Los senadores que perpetraron este hecho fueron todos los del FA y uno, Jorge Saravia, que, electo por este lema, se ha “pasado” ahora al P.Nacional, aunque, no teniendo este partido incorporado el sistema del mandato imperativo, lo ha hecho en discordancia con todos sus compañeros actuales. Votaron en contra, pues, todos los restantes del P.Nacional y los cinco senadores colorados, aunque Ope Pasquet declaró que lo hacía por disciplina, pues es partidario de alguna forma del aborto controlado. No abundaremos en consideraciones acerca del tema de fondo, pues los elementos actuales son los mismos que se han estado manejando todo este tiempo. Nos referiremos a la índole de los votos y al tema surgido ya desde antes de la previsible votación, o sea, el de la impugnación.
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En cuanto a los votos, el FA ha mantenido su línea constante en la materia, línea que fracasara en la legislatura anterior por el veto interpuesto por el Dr.Vázquez, pero que ahora no sufrirá esa misma decisión según lo ha adelantado el Presidente actual, siendo de resaltar que no hubo excepciones (son más difíciles en el Senado) y que resulta especialmente lamentable que las cinco mujeres que integran esa bancada, cuya naturaleza les otorga el privilegio de poder haber sido madres, hayan sufragado por la muerte de indefensas criaturas humanas. Por su parte, el voto del senador Pasquet va contra sus propias convicciones, y, sinceramente, no creemos que ello sea pertinente a pesar de coincidir entonces con nuestra opinión y creencia. En referencia al voto del senador Saravia, que parece incongruente con su disposición a firmar por el referéndum, no se disimula por esta última actitud: si consideraba indispensable consultar a la opinión pública, eso debía hacerse antes y no después de votar un texto.
Respecto del otro tema, creemos que hay que distinguir entre el anunciado referéndum derogatorio y un posible referéndum de consulta. El primero consiste en que inmediatamente después de la votación, el Partido Nacional por un lado y los grupos Pro Vida que se han unido en torno al combate de este proyecto han anunciado que se abocarán a la organización de un referéndum tendiente a derogar la ley, considerando que la misma decreta la legalización del aborto por la sola voluntad de la mujer y sin imponer condiciones de fondo, en las primeras doce semanas de embarazo, y que brinda amplias posibilidades aun después de dicho término. La Iglesia anunció que no se plegará a esta campaña, pues entiende que el tema de la vida no puede ser resuelto por meras diferencias de votos. Desde luego, en teoría este razonamiento parece lógico, no sólo desde el punto de vista religioso sino también en materia moral, social y cultural, pero entonces, dada la situación, ¿cuál sería la solución? ¿Seguir aguardando que el FA admita y acepte los argumentos adversos al aborto y a esta ley? ¿Esperar a que en la próxima legislatura exista una mayoría dispuesta a derogar la ley y desmontar el aparato burocrático-sanitario armado hasta ese momento? ¿Aguardar la intervención del Espíritu Santo? ¿Acaso no es peor admitir la vigencia de esta ley? Por eso suponemos que hay grandes posibilidades de que se logren las firmas necesarias, incluso ya en la primera etapa, y que el referéndum podrá tener lugar, aunque obviamente su resultado final es una incógnita.
Pero existe una segunda posibilidad basada en que hay motivos más que suficientes como para que, de actuar de total buena fe y con espíritu constructivo, la misma mayoría parlamentaria que votó el proyecto debería sopesar las varias razones que existen para aprobar una suspensión de la entrada en vigencia de la ley hasta que no se sepa a ciencia cierta cuál es la real voluntad y la opinión del país en la materia.
Median, en efecto, varios argumentos que entendemos significativos. En primer lugar, la votación en cada Cámara se registró por diferencias mínimas y alcanzando “apenas” también los mínimos legales. Podría en verdad hablarse de un “empate técnico” como se suele decir a veces en materia de encuestas. Por otra parte es obvio que el tema divide profundamente al país, e incluso corta transversalmente a los partidos (en cada uno de ellos se registran “deserciones” o votos contrarios a la propia voluntad del legislador). El propio hecho de que la solución haya surgido por un proyecto del partido minoritario, y de que aun dentro de éste se haya dividido el sufragio de su representación, indica que dista mucho de existir un mínimo “consenso” al respecto en el país, cosa que es fácil verificar en las informales discusiones o cambios de consultas que se producen particularmente entre los ciudadanos. Segundo: se trata de un tema de fundamental importancia, no sólo o no tanto política, sino aun cultural y moral, como para que los partidos políticos, por más legítima que sea su representación e indiscutible su competencia, se “animen” a asumir la responsabilidad de una decisión histórica, sin registrar primero de manera fehaciente la real y auténtica posición de la ciudadanía. No se trata aquí de que este o el otro sector consigan una “victoria”, o de que un tema que está muy controvertido pueda sencillamente resolverse por el peso de la aritmética. Los partidos, pero especialmente el de gobierno, que es el que ha apoyado el proyecto, deberían tener la honda y precisa convicción de que su posición responde a la de la mayoría del cuerpo soberano, del conjunto de la ciudadanía consultado directamente. Y tercero, de menor trascendencia de fondo pero importante en los hechos, porque el texto legal aprobado requiere de cualquier modo, para su puesta en práctica, de una reglamentación muy meditada, práctica y técnica, con variantes de la más diversa índole, de cuyos principios o criterios no existen ni siquiera esbozos hechos públicos, de manera que un aplazamiento de la puesta en vigencia de la ley vendría muy bien incluso en función del criterio que hoy por hoy ha ganado la pulseada parlamentaria.
La suspensión de la puesta en vigencia, hecha desde luego por otra ley aprobada de consenso, es perfectamente posible desde el punto de vista formal, a efectos tanto de preparar una reglamentación imprescindible, como para organizar una consulta popular, y para esto, y como bien ha aclarado el Dr.Semino en una carta al semanario Búsqueda, existe “legislado por el Parlamento y organizado por la Corte Electoral”, el instituto del Referéndum Consultivo, o sea, de la consulta destinada a que el cuerpo electoral ratifique o derogue la nueva ley. Que sería lo más cuerdo, lo más lógico, lo más serio, dadas las especialísimas circunstancias del caso, que se podría hacer en la materia. Y que laudaría de modo legítimo e indiscutible un conflicto que divide al país entero y cuya índole puede hacer cambiar el curso de la historia de su cultura.