N° 1776 - 07 al 13 de Agosto de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa variada suerte de la familia Buddenbrook a lo largo de tres o cuatro generaciones ha de ser uno de los más completos emblemas que se nos ha dado para comprender con cercanía las características cambiantes de la cultura económica y social del siglo XIX. Si un rasgo define el arte magnífico del prematuro Thomas Mann (escribe su novela en 1901, a los 26 años) es, fuera de toda duda, su destreza para dejar que los personajes crezcan y se desplieguen en escena con la naturalidad de la vida misma, esto es, tropezándose, alentando ilusiones; temblando ante los cambios reales o imaginarios que ven en la realidad; adaptándose o turbándose ante las novedades; tratando de no advertir la colisión de los viejos hábitos con las nuevas urgencias que trae consigo la revolución industrial, ni el impacto de la diseminación de una educación más abierta, ni, dramáticamente, la conciencia de que ya no hay nada permanente en el mundo moderno, que todo está en proceso de creación o de erosión. Esa familia aprende en la dura escuela de la experiencia que la historia está mayormente intervenida no de momentos ruidosos y visibles sino de causas discretas, de hechos que parecen irrelevantes y que, sin embargo, son los que acaban por determinar el destino, bueno o aciago, de las esperanzas.
No hay que salir de la casa inaugurada en el primer capítulo de Los Buddenbrook para comprender qué pasó en Alemania y en Europa en el curso de los años que van de los primeros efectos del Zollverein, a principios de la década de los 30, hasta la constitución imperial de 1871. Quiero decir: detrás de esas augustas paredes que hablan al principio de prosperidad creciente, de horizontes ilimitados, habrán de desfilar las revoluciones nacionalistas, la unificación, el inicial empuje de la técnica y del espíritu empresarial, hasta la consolidación y desarrollo de la revolución industrial en sus fases superiores, con el consiguiente desarrollo del mercado interno, la expansión comercial, las nuevas modalidades de negocios, y una educación superior concentrada en la producción de conocimientos de vanguardia al servicio de la industria y de los nuevos compradores. Todo eso lo vive una familia que salió de la soledad de los campos y probó suerte en la ciudad (Lübeck, a la que Bach peregrinó para escuchar a Buxtehude) donde comenzó tímidamente con un comercio, alcanzó cotas de riqueza y aun de influencia social y política que dieron envidia a vecinos y competidores. El paso de las generaciones, sin embargo, fue mordiendo ese portento; faltó adaptación para los cambios, se abusó de la confianza en el futuro, se creyó que el pasado de gloria era una razón suficiente para asegurar el porvenir, se relajaron los reflejos de la autoexigencia y, como era de esperar, al cabo de unas décadas la privación augural se instaló entre los Buddenbrook, que probaron la versión más cruel e indiferente del struggle for life.
Las 40 primeras páginas de la novela, en la que se describe el banquete que celebra el estreno de la noble finca, bien las podría haber escrito Proust y difícilmente nos daríamos cuenta de la diferencia. El gusto por los detalles estéticos, la descripción minuciosa de rostros, de indumentarias, de crêpes, terrines, boeufs, macedonias, cremas y vinos secos, olorosos y espumantes, el relato dinámico del movimiento rítmico de los sirvientes a la hora de anunciar a los visitantes, cambiar los platos o pasar las fuente; los manteles, los cubiertos de plata, los artesonados, las arañas de infinitos brazos y los tapices y butacas consumen tanto cuidado en la descripciones que el lector se siente como viviendo en esa casa y recibiendo el impulso de las risas, de las palabras dichas a media voz y de las miradas inocentes o preocupadas de unos personajes que, como los invitados a las veladas de los Guermantes, piensan que la realidad está esculpida en dura roca que permanece igual a sí misma durante milenios sin acusar ningún signo de erosión o menoscabo. Las cien últimas páginas, y en especial el penúltimo capítulo, con la misma profusión de pormenores nos hablan de la pobreza, del dolor, del reino terrible de la desesperanza, del implacable tifus que hiere y mata y, más que nada, de la insensible falta de tiempo emocional para siquiera experimentar nostalgia por los buenos viejos tiempos de los antepasados. La novela rumbosa y tintineante deriva, así, en novela de acre realismo donde imperan la piedad, el orgullo malherido, la terrible necesidad como señora de todos los actos y de todos los desvelos.
Thomas Mann conduce magistralmente el tránsito de las épocas a través de los referentes materiales, culturales y mentales de sus criaturas. Pocas veces el discurso de la Historia universal de un siglo tuvo menos datos externos y fue, sin embargo, tan preciso como en esta considerable obra maestra.