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    Dialéctica de Occidente

    Columnista de Búsqueda

    N° 1942 - 02 al 08 de Noviembre de 2017

    El panfleto de Dante titulado Monarquía se hizo eco y fijó posición sobre el pleito de fueros y competencias entre el poder religioso y el poder político, entre la jurisdicción que cabe a la Iglesia y la que es propia del emperador. La existencia de dos espadas, una celeste y otra terrenal, ubica perfectamente un conflicto que conoció diversos desbordes, algunos tan famosos como los de Enrique VIII de Alemania, que pretendió ungir obispos y ordenar sacerdotes por mero decreto real; o los de Enrique II de Inglaterra, que quiso torcer la voluntad y los derechos del arzobispo de Canterbury Thomas Beckett, al que finalmente manda a asesinar; o los del papa Bonifacio VIII que jugó todas sus cartas para que los florentinos perdieran su independencia, según lo que se menta en el decimonoveno canto del Infierno.

    Esa antinomia, que sin duda fue motivo de perturbaciones, para Karl Jaspers (Origen y meta de la historia”, Acantilado, págs. 104-105) ha sido fuente casual y feliz de una de las principales características de la civilización occidental. El filósofo le reconoce al conflicto su parte de peligro, pero concluye que al cabo de la experiencia terminó fortalecida una concepción más abierta de las mentalidades, del orden social y, lo que no es menor nunca y principalmente hoy, en la conformación de la dignidad, planos y fueros del individuo, en el alto lugar en la que terminó situada la persona humana. Copio su argumento: “Frente a su libertad y fluidez infinita, Occidente pasa de nuevo al extremo contrario por la pretensión de exclusividad de la verdad religiosa en las religiones bíblicas, incluso el islamismo. Solo en Occidente se ha manifestado el totalitarismo de esta pretensión como un principio que corre permanentemente a lo largo de la historia. Precisamente el hecho de que no existiera una única soberanía, sino que la Iglesia y el Estado estuviesen en competencia, ambos con exigencias totales, a las que solo ocasionalmente se renunciaba por las necesidades de un compromiso, debe Occidente, merced a la constante tensión espiritual y política, su alta energía espiritual, su libertad, su infatigable buscar y descubrir, la amplitud de su experiencia, a diferencia de la unidad y ausencia de tensión, comparativamente de los imperios orientales, desde Bizancio a China. En Occidente se dieron personalidades independientes con tal plétora de caracteres, desde los profetas judaicos y los filósofos griegos, pasando por los cristianos eminentes, hasta las figuras de los siglos XVI al XVIII. Y finalmente, y ante todo, es un aspecto característico de Occidente la vida personal y la fuerza con que se ilumina a sí mismo en un movimiento que jamás acaba. En Occidente se ha desarrollado un grado de apertura del ser, de reflexión sin término, de interioridad para el cual únicamente aparece claro el sentido de la comunicación entre los hombres y el horizonte de la verdadera razón. Occidente ha llegado a la conciencia de su propia realidad. No ha producido un tipo humano dominante, sino muchos y opuestos. Ningún hombre es todo; cada hombre está ahí, necesariamente, no solo enlazado a los demás, sino separado. Y nadie puede, por tanto, quererlo todo.”

    La historia de las formas políticas y de las relaciones sociales, la historia de las distintas jerarquías de valores que se fueron sucediendo durante más de dos mil años, y la evolución de la reflexión acerca de los modelos de pensamiento y de búsqueda del conocimiento informan que la civilización de Occidente estuvo en incesante fluir y tensión, buscando y abandonando críticamente encuadres a partir de actos libres a cargo de individuos a los que, temprano o tarde, se les reconoció legitimidad para rebelarse y se les hizo lugar para que desarrollaran sus novedades. Dice Jaspers al respecto: “Como todas las culturas, Occidente da forma a algo general. Pero este algo general no cuaja en la dogmática solidez de instituciones y representaciones definitivas, ni en una vida en régimen de castas o en una ordenación cósmica. Occidente no es estable en ningún sentido. Las fuerzas motoras de la inmensa dinámica occidental producen las excepciones, que en Occidente infringen lo general. Occidente deja margen a las excepciones. Permite eventualmente una vida y una creación absolutamente nuevas, aunque puede aniquilarlas radicalmente después. En esto radica su permanente inquietud, su constante insatisfacción, su incapacidad de contentarse con algo perfecto y acabado”.

    Recomiendo este libro.

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