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    Dios y Darwin

    Columnista de Búsqueda

    N° 1759 - 03 al 09 de Abril de 2014

    El compromiso que asume José Carlos Pena en “Dios y Darwin” (Editorial SB, Buenos Aires, 2014) no oculta el desmesurado calibre de su propósito, pero a la hora de cifrarse en un discurso se restringe sabia y humildemente: pretende demostrar la coincidencia de la perspectiva darwiniana acerca del origen material del universo y del hombre con las principales premisas de la teología católica; dos teorías que por mucho tiempo decidieron ignorarse o, en el mejor de los casos, mantenerse a buena distancia.

    Pena, cuya erudición es digna de aprecio y también de asombro, consulta una actualísima bibliografía de más de setecientos libros que dan cuenta de un debate teórico y de un esfuerzo científico absolutamente impensable un siglo atrás. Se observa allí que tanto la elaboración teológica contemporánea, firme y congruentemente asentada en las eternas verdades de la revelación, como los trabajos de la antropología y de la cosmología reciente se conducen en líneas paralelas y encuentran —al cabo de un refinamiento de las premisas y de nuevos descubrimientos y también de una nueva lectura de los descubrimientos— enormes puntos de confluencia que derriban el muro artificialmente levantado por los prejuicios de uno y otro lado acerca del crucial asunto de los orígenes. Lo interesante de la abundante y muy calificada bibliografía no es su mera existencia o su paciente pero no dócil consulta, sino el modo en que el autor la articula para conferirle sentido a un perfil de investigaciones que está llamado a conmover muchos de los pilares sobre los que se venía edificando el diálogo no siempre fluido y no siempre cortés entre la ciencia y la religión.

    Considera Pena que a la Iglesia aguarda la tarea de interesarse más intensamente por los caminos que va siguiendo la ciencia: “El mundo está encandilado con los resultados científicos. Vivimos rodeados y gracias a sus logros, es formidable su salto cualitativo, claramente somos ciencia-dependientes. Un posible adelanto del siglo XXI puede ser el intento humano de dar los primeros pasos en colonizar el espacio. ¿Se seguirá aún descuidando la importancia de la ciencia en la religión? Mientras algunos discuten la evolución del hombre, la mayoría de los teólogos cristianos hablan del teísmo evolucionario. En el mundo de hoy los niños y jóvenes primero conocen la ciencia y luego, eventualmente, a Dios. Los jóvenes se educan primero en los principios de la ciencia antes que en los de Dios y dependerá de nuestras actitudes y respuestas la futura vitalidad de las creencias religiosas”.

    Toda la obra está intervenida por ese reclamo y solventada por los datos y las hipótesis que desde el campo de la ciencia se han venido ofreciendo. Según el autor, la teoría de la evolución es ya prácticamente indiscutible para la ciencia, por cuanto su verificación se registra de diferentes modos en la fehaciente documentación de las observaciones, en la depurada exigencia de las teorías que explican algunos fenómenos particulares y en la vasta teoría que se propone entender los primeros momentos del universo y su posterior desarrollo. A la par de esta notoria evidencia, Pena postula que la teología católica encuadra perfectamente como explicación de la causa primera y de la finalidad última de la incesante cadena de los fenómenos.

    Tuve el raro privilegio de haber leído y comentado en esta misma columna (casi en solitario en un país muy dado al disimulo y a la indiferencia) los dos libros anteriores de Pena, “Jesús como historia” y “El origen del hombre”, ambos de editorial SB. En esas obras observé, entre otros lucimientos, los méritos que en el presente trabajo quiero destacar especialmente, a saber: la profusa bibliografía que sirve de soporte a la investigación; la pedagógica claridad de la exposición y, para mí lo más importante, la originalidad de una perspectiva que encuentra fecundidad en identificar y sellar de un modo incontestable territorios comunes entre las verdades de la fe y la serena y ordenada búsqueda de la ciencia.

    Celebro y recomiendo este buen libro.

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