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    Doble duelo

    Vuelvo de la feria de Tristán Narvaja exhausta y cargada. El poeta Julio Inverso —con quien solía concurrir a la feria a mirar libros— me dijo una vez que el domingo se vuelve insoportable y deprimente a partir de que en Tristán Narvaja cierran los puestos y los barrenderos empiezan su tarea.

    Tenía razón: el domingo matutino es llevadero, si se quiere, luego del solcito invernal de la feria y hasta el almuerzo dominical puede ser grato. Pero el domingo comienza a perfilarse amenazante con el correr de la tarde.

    Este domingo recibí una llamada de una voz querida: “¿Te enteraste de lo que pasó en Estados Unidos?”. Me imaginé un 11 de setiembre. Aterrada, pregunté.

    No se trató de un avión atravesando un rascacielos, pero sí de un fascista islámico metido en un baile disparando ráfagas de odio a gente joven e inocente; gente feliz.

    ¿Me hubiera dolido menos si la masacre hubiese sido en una discoteca hetero? ¿Me habría impactado menos si las decenas de muertos hubieran tenido apellido anglosajón en lugar de los mismos apellidos comunes y criollos de mis alumnos?

    No puedo contestarlo. Tengo claro que para estar en esa discoteca gay, las víctimas, durante su corta vida, habrán tenido que vivir situaciones de bullying, desprecio, miradas, culpas, abandonos.

    Optar por la cultura gay alegre es la otra cara de una historia personal llena de tristes recuerdos, de soledad y de miedo. Porque no es fácil ser gay tampoco en el siglo XXI.

    El domingo, entonces, pasó de ser una tarde algo deprimente a una jornada de zapping nervioso donde intenté escuchar y entender noticias de la matanza.

    Apabullada, miraba los rostros de los heridos, de los amigos, de los sobrevivientes, una y otra vez las mismas tomas.

    Pero los informativos uruguayos tenían apuro: la noticia de la masacre de chicos latinos gays en manos de un islamista pasó rauda y sin detalles. Lo que verdaderamente importaba en esa franja horaria era Peñarol campeón.

    Y como si fuera poco, no podía faltar el rostro de Suárez explicando en conferencia de prensa sus berrinches en el banco, mientras el equipo de Uruguay hacía papelones, una vez más.

    Peñarol y el especial carácter del multimillonario Suárez se comían los minutos en la pantalla.

    Mientras tanto, americanos como nosotros, latinos como nosotros, estaban en la morgue de un hospital esperando ser identificados, a unas pocas horas de avión.

    Mi hija había ido al teatro a ver una obra donde, en un vestuario de fútbol, los personajes vivían al extremo su homoerotismo latente. Llegó y me contó la trama. Y yo le relaté lo de la discoteca de Orlando. Quedamos aleladas.

    Pero ella tenía otra información: la avenida 18 de Julio quedó destrozada. Los hinchas de Peñarol otra vez tomaron la ciudad por asalto. Un ambiente de extrema violencia se vivía en el Centro.

    Yo hubiera querido ir a 18 de Julio, bajo la estatua de la Libertad, a poner velitas con los colores del arco iris en honor a los muertos. Y claveles rojos. Llamar a amigos para llorar juntos.

    Me ganaron de mano.