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    Dos horas de “fricción” entre innovación y regulación financiera

    Hasta la vestimenta puso de un lado al representante del regulador del sistema financiero —el Banco Central (BCU)— y del otro a los de las empresas del sector. El primero, el único con corbata, defendió la regulación, sobre todo ante preocupaciones por los riesgos de ciberseguridad y frente al lavado de activos. Los otros, en mangas de camisa, cuestionando —con matices— el marco regulatorio, alegando que limita a los bancos para entrar en ciertos negocios y que Uruguay se está “quedando atrás” en esta oleada de disrupción tecnológica. La única mujer del panel, de un estudio jurídico, se plegó a este grupo.

    La charla sobre las fintech —plataformas u otros desarrollos tecnológicos que prestan servicios financieros— tuvo lugar en la mañana del martes 12 en la Facultad de Ciencias Sociales; fueron algo más de dos horas de “fricción” entre esas visiones, aunque en un clima amable entre gente que interactúa con frecuencia. Además de Adolfo Sarmiento (BCU), Martín Naor (Cámara Uruguaya de Fintech), Fernando Barrán (banco Itaú) y Jorge Polgar (Banco República-BROU), integraron el panel el precandidato presidencial Mario Bergara, como integrante del Departamento de Economía de la facultad, y la abogada de Guyer & Regules Florencia Castagnola.

    Después del diferendo comercial entre la fintech Paganza con Itaú —que zanjó el BCU en favor del banco— y de algunas nuevas regulaciones que tocan estos negocios, el foro prometía ser jugoso. Pero ese caso puntual ni siquiera se mencionó de manera explícita.

    Naor defendió la actividad de las fintech como la oportunidad de “traer el cliente al frente” y se quejó de la regulación. “Somos la cola absoluta” y “los primos pobres del grupo de WhatsApp. Estamos quedando afuera”. Puso como ejemplo la discusión de la regulación para los préstamos de persona a persona (p2p) con intermediación de plataformas: “Le dijimos al regulador que se liquida el negocio”, pero se siguió adelante y el resultado fue que “había cuatro empresas, hoy hay cero”.

    Barrán señaló que actualmente “hay un conjunto de actividades que los bancos se ven restringidos de hacer” y puso como ejemplo el marco para la firma digital, que definió como un “proceso de autoflagelación continuo”.

    Dijo que en Uruguay los bancos no están pudiendo ofrecer alternativas tecnológicas que desde hace tiempo se encuentran disponibles, como aplicaciones vinculadas a los cheques. “Hay un espacio inmenso para una mejora en la eficiencia de los servicios financieros, que al día de hoy está siendo restringida”.

    Pero en una segunda intervención, Barrán, quien hasta comienzos del siglo tuvo a su cargo el área de supervisión del sistema financiero del BCU, señaló: “Relajo pero con orden”.

    Castagnola comentó su experiencia con clientes del estudio jurídico que buscan incursionar en el negocio de las fintech, y se refirió a limitaciones regulatorias así como tributarias. “Convivimos con un sector muy regulado (…), y la regulación o hiperregulación puede ir contra la innovación” poniendo “palos en la rueda”. Para ella, “en algún punto esto se puede alivianar”. Sugirió explorar esquemas de autorizaciones temporales en los que las empresas innovadoras puedan poner a prueba sus productos bajo un marco provisorio.

    Un dilema “natural”

    El tono de las críticas a la regulación se fue moderando con las intervenciones de los economistas oficialistas.

    Polgar, presidente del BROU, indicó que la regulación es “tardía respecto de los desarrollos” tecnológicos, pero ponderó que es “mucho menos volátil que la regulación en la práctica”. Y agregó que las “razones primigenias para regular (…) perduran”, como evitar las crisis en los sistemas financieros.

    “Toda la vida existió el dilema entre la innovación y la seguridad”, sostuvo Bergara. Consideró “natural tener esta fricción, pero ahora con la velocidad del cambio tecnológico queda más al desnudo”. Agregó que “bajo el rótulo de innovación se han hecho desastres”.

    Para él —quien hasta octubre fue presidente del BCU—, se trata de un asunto “pendular” y encontrar el punto de equilibrio “es una cosa de arte”. El regulador no está dispuesto a que se tomen riesgos excesivos, y los regulados no quieren pagar en exceso por la carga regulatoria, explicó. “Esto no implica que no haya espacio para adaptar la cabeza”, porque hoy “casi todo lo virtual supera a lo físico” en eficiencia y seguridad.

    Polgar coincidió con que “la clave de regular es que sea acorde a los riesgos que conlleva”, encontrando “el punto justo”.

    Sarmiento, gerente de Política Económica y Mercados del BCU, comentó que ante la “nueva ola de innovación financiera”, los reguladores “van corriendo de atrás” y deben prepararse más para poder ejercer el control. Dijo que, frente a los riesgos sistémicos, algunos optaron por ser “draconianos”, aunque “no hay un paradigma en todo esto”. En Uruguay, se va “aprendiendo”, indicó, y la “vision” del Central es “desde los riesgos”, en particular dos que “se han incrementado”: por un lado, la ciberseguridad y, por otro, el del lavado de activos, porque el dinero de “actividades non sanctas” se “puede colar a través de la utilización de tecnologías”. Este último, acotó, es un “riesgo país”, de tipo “reputacional”.

    Cuando la preocupación de muchos de los asistentes era que se vencían las dos horas del estacionamiento tarifado, Sarmiento, a esa altura sin saco, cerró la charla con su segunda intervención.

    Señaló que la “tensión entre regulación e innovación” debe resolverse con “la justa medida de cada uno”, y agregó que “no hay un libro que la enseñe, sino que es un arte que tiene que ver con circunstancias”. Aseguró que, en materia regulatoria doméstica, “hay cosas en las que ya se ha avanzado”, pero eso no todos lo saben.

    Sarmiento también pareció abrir la puerta a un esquema de testeo de nuevas tecnologías en entornos restringidos —sandbox— como el que habilitó España o la autoridad financiera británica, en 2016 primero a modo de prueba y en 2018 más ampliamente. Son “espacios controlados” para “chiviar y que los niños vayan a jugar al arenero”, explicó.