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    Dos ministros fugaces

    Columnista de Búsqueda

    N° 1923 - 22 al 28 de Junio de 2017

    La parte más interesante de las Consideraciones sobre la Revolución francesa (editorial Arpa, que distribuye Gussi) de Madame de Staël está dada por todos los detalles de información y de opinión que aporta sobre los entretelones que tenían lugar en el seno íntimo del poder en los años o semanas previas a la caída de la monarquía. Lo demás del libro, casi la mitad, tiene el relativo valor de todo testimonio a cargo de una exiliada del terror, de una figura destacadísima en el dominio de literatura, de una mujer respetada por su vasta cultura y sus reuniones, de una resistente al poder absurdo y arbitrario de Napoleón. Quiero decir: lo que escribe a partir de la ejecución del rey destaca por su pluma y por la perspectiva desde la que vierte su mirada, pero no aporta más de lo que sabemos a la historia de Francia. Pero la hija del ministro Nécker, en tiempos de gloria de su padre, estuvo en el lugar preciso como para ver llegar, sin que otros se dieran cuenta, el despiadado huracán de los nuevos cambios y el penoso fin de una era que parecía inconmovible y eterna.

    En gran medida es esto lo que explica la apasionante atención que despierta su libro. Por ejemplo, hay algo del tercer capítulo de la primera parte que me parece todo un emblema de lo que habría de sobrevenir. Nos cuenta allí que una de las primeras medidas de Luis XVI cuando asumió su reinado consistió en nombrar a M. de Maupras, un viejo cortesano que consideraba que “el arte de gobernar se basaba en tener satisfecho al amo y contento a quienes le rodeaban. Solo sabía lo que ningún ministro puede ignorar: que hace falta dinero para sostener el Estado”. Sin embargo, este conservador inveterado, obsecuente y distraído en los protocolos y en la vida de los otros, este dinosaurio de peluca un talle mayor que su cabeza y con la espalda pronta a doblarse y la lengua lista para cualquier intriga o maledicencia, tuvo el buen tino de capturar el interés general y hasta lo que la autora denomina el gusto público. Lo expresa con gracia: “Aquel hombre al que los términos mismos que designan el progreso de las luces y los derechos de las naciones le eran completamente ajenos, se sintió tan arrastrado por la opinión pública que su primer consejo al rey fue volver a convocar los antiguos parlamentos, que habían sido disueltos por haber opuesto a los abusos del reinado anterior”.

    Esa convocatoria a los tribunales que fueron durante el ancien régime una expresión no republicana pero sí de representación, simbolizaban la base del poder regional y a menudo se enfrentaban a los barones y apoyaban al rey como elemento de garantía frente a los atropellos e intromisiones. La medida de Maupras, que venía a reparar mezquindades de Luis XV, dio a Luis XVI la aureola de rey justo y prudente que la historia ya no recuerda, porque la ola también pasó por encima de esa bien ganada fama. Otro elemento que calificó en términos de encomio la gestión de Maupras y por lo tanto el buen criterio del rey para oírlo, fue nombrar a dos ministros que según Madame de Staël fueron “dos excelentes hombres de Estado”. Uno de ellos fue M. des Malesherbes, que buscaba nada menos que “el restablecimiento del edicto de Enrique IV a favor de los protestantes, la abolición de las lettres de cachet y de la censura que anula la libertad de prensa”. El rey estaba bien dispuesto a los cambios, pero este ministro fue muy lejos para su gusto. Comenta la autora que gran parte de los problemas que golpearon a las puertas de Francia y derribaron todos sus muros se habría evitado si el rey escuchaba a los más lúcidos de su entorno: “(Esas medidas) hubieran bastado con adoptarlas entonces para preparar, mediante las luces, lo que luego hubo que otorgar por la fuerza”. El otro ministro fue M. Turgot, un hombre verdaderamente ilustrado que “propuso suprimir las aduanas interiores de modo que, en materia impositiva, no hubiese diferencias entre las provincias, y se atrevió a proponer de que tanto los nobles como el clero pagaran impuestos a la nación en proporción correspondiente”.

    El significativo episodio se cierra previsiblemente con la suerte común corrida por los audaces ministros: El rey “se deshizo en breve de uno y desanimó al otro en el momento en que la nación estaba más ansiosa por ver hechos realidad sus principios”. M. de Maupras, en tanto, supo cómo flotar, aunque nunca se enteró para qué.