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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl pasado 25 de enero nos dejó físicamente el Dr. Eduardo Enrique Chavarría Varela.
Para los que tuvimos el privilegio y la alegría de conocer a esta magnífica persona, el dolor nos embarga pues lo vamos a extrañar.
Su esposa Eli, sus hijos Gabriel y Virginia, sus nietos Agustín, Santiago, Tomás e Ignacio deben sentirse orgullosos de haber tenido el amor del esposo, del padre y del “abuelo Quique” que manifestaba a cada momento con cada sonrisa cómplice, con cada palabra, con cada gesto, con cada cuento, de esos tantos que a él le gustaba escribir y compartir con los seres más queridos.
Por eso, querido Quique, y a modo de homenaje, sé que estarás orgulloso de que uno de esos ensayos que escribiste con tanto cariño sean publicados en el semanario que jueves a jueves leías con tanta pasión:
La puerta
Se sentía muy cansado. Se acostó intentando dormir. Tenía un dolor en el pecho que se proyectaba en el brazo izquierdo. Intentó conciliar el sueño, que era lo único que le quedaba pues había dado todo lo que tenía.
Se durmió. De pronto se encontró viajando dentro de un túnel luminoso y suave al final del cual y delante de una puerta un anciano de larga barba blanca y aspecto bondadoso lo enfrentó. ¿Qué haces aquí?, le dijo. Este no es tu sitio, no podías venir pues no has cumplido con los ritos.
Es cierto, le respondió el hombre, estaba muy ocupado con mis semejantes y en predicar el Verbo que no he tenido tiempo para observar ritos ni formas. Viví amando al prójimo más que a mí mismo, todos mis bienes los he perdido en esa tarea y cuando ya no tenía nada, hice lo inhumano para consolar y acompañar a los desamparados y los desvalidos. Nunca realicé ningún pacto para ganarme el lugar donde estoy, mis tareas no tuvieron precio, solamente la generosidad y la prédica me guiaba. ¿Qué más se me puede pedir?
El anciano volvió a insistir en su rechazo y le reiteró que no había dado cumplimiento a las reglas y ritos religiosos que debían ser parte fundamental de la vida de un hombre creyente.
Bueno, será así dijo el hombre, pero yo no vine solo a este lugar, alguien me ha traído.
Ante esas palabras el anciano esbozó un gesto comprensivo y con una sonrisa se retiró, dejando la puerta entreabierta.
Eduardo Chavarría - 10/06/2011
P.G.
CI 1.986.601-1