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Ya se han visto en cine mujeres que pueden llevarse por delante a cualquiera, desde aquellos productos clase B con Pam Grier de los años 70 hasta los más modernos como “La femme Nikita”, “Lara Croft” o “Kill Bill”. Ahora aparece Mallory Kane, que está interpretada por la ex luchadora de artes marciales Gina Carano. Esta chica de 29 años no necesita dobles de riesgo porque se las arregla sola para hacer sus escenas de lucha, siempre contra hombres, claro. Y no cualquier hombre, porque el primero al que se enfrenta es nada menos que el musculoso Channing Tatum, antes de que sepamos por qué se produce esa pelea feroz o de qué viene el asunto.
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Todo se soluciona con flashbacks. Ahí sabemos que Mallory es una agente encubierta que no trabaja para la CIA sino para una agencia especial que se encarga de hacer el trabajo sucio del gobierno de Estados Unidos. Algo como el MI6: más o menos lo mismo. La bonita morocha acaba de realizar un trabajo en Barcelona (y ahí aparece Antonio Banderas, de barba) que parece que salió bien, pero su jefe Kenneth (Ewan McGregor) no la deja descansar y la envía a otra misión a Dublín. Pobre muchacha: no tiene derecho ni a vacaciones y sus trabajos no son precisamente de oficina.
En Dublín se viste elegante y se encuentra con su contacto, Paul, interpretado por Michael Fassbender, pero en un momento se da cuenta de que ha sido víctima de un doble juego y de que su vida corre peligro.
¿Quién la persigue? ¿Por qué? ¿Dónde metió la pata? Ya se han nombrado a varias estrellas en papeles de reparto, aunque falta nada menos que Michael Douglas, que se supone es el capo máximo de la agencia. ¿Se podrá confiar en él? Y de paso vimos a Mathieu Kassovitz, muy sospechoso. Y al pibe Michael Angarano, que sin comerla ni beberla se transforma en confidente de la fugitiva. Ahí se sabe que el problema principal de Mallory no es salvar su vida. Es saber de dónde viene (o vendrá) la puñalada traicionera. Y para ello, como se acostumbra en esta clase de thriller —y la muy exitosa saga de Bourne, con Matt Damon, lo ha probado— deberá tomar la iniciativa, ir directamente contra el enemigo (suponiendo que sepa quién es y sin importar cuán poderoso sea) y pegar primero. Y ella pega fuerte. Muy fuerte.
Lo primero que sorprende en La traición es que su director sea Steven Soderbergh. Luego de su año más exitoso (el 2000, con “Erin Brockovich” y “Traffic”, por la que ganó un Oscar), el realizador de “Sexo, mentiras y video” (1989) se ha dedicado al más puro cine comercial, como la serie “La gran estafa” (Ocean’s Eleven, 2002, y sus secuelas de 2004 y 2007), que matiza con biografías comprometidas como “Che” (2008, en dos partes), proyectos pequeños, independientes y fracasados como “El desinformante” y “Confesiones de una prostituta de lujo” (ambas de 2009) y thrillers disfrazados de catástrofes apocalípticas como “Contagio” (2011). Su última película, posterior a La traición, es un drama sin mucha punta sobre strippers masculinos (“Magic Mike”, 2012) con Matthew McConaughey y Channing Tatum. Habrá que pensar que perdió el rumbo… o que eligió ese camino exprofeso.
Le ha ido mejor como productor (con su socio George Clooney) en “Michael Clayton” (director Tony Gilroy), “Syriana” (director Stephen Gaghan) o “Confesiones de una mente peligrosa” y “Buenas noches y buena suerte” (ambas dirigidas por Clooney). No todas fueron clamorosos éxitos de público, pero al menos eran buenas películas. No puede decirse lo mismo de las otras que él dirigió. Son desparejas y finalmente insatisfactorias. Ambiciosas pero frustradas. Prometen pero no cumplen. Acá el realizador se pone literalmente la cámara al hombro y fotografía su película (bajo el alias de Peter Andrews), encargándose asimismo del montaje (como Mary Ann Bernard). Quiso hacer algo movido y entretenido, sin ambiciones de trascendencia y solo como un buen pasatiempo.
Y eso es lo que tiene de bueno La traición: no pretende ocultar lo que es. Si se la toma como tal, resulta hasta divertida.
Es que siempre están pasando cosas, y uno de los atractivos principales es el elenco. No se sabe bien por qué, pero parece que los actores se mueren por trabajar para Soderbergh. Conseguir estas figuras estelares para cubrir papeles secundarios es algo que estaba reservado solamente para Woody Allen. Pero es gracioso ver a caras famosas en cada pequeño papel mientras la vitamínica Gina Carano se mueve como una ráfaga que no se toma ni un momento de respiro. Y el espectador tampoco, aunque el asunto resulte entreverado y por momentos confuso.
“La traición” (Haywire). EEUU, 2012. Dirigida, fotografiada y editada por Steven Soderbergh. Escrita por Lem Dobbs. Con Gina Carano, Ewan McGregor, Michael Fassbender, Channing Tatum, Michael Douglas, Antonio Banderas, Bill Paxton, Mathieu Kassovitz, Michael Angarano. Duración: 93 minutos.