De pronto, estoy de pie en una sala repleta. Somos casi doscientos. Entre las cabecitas, unas puertas: detrás de una, bien cerrada, está nuestro abogado frente al juez. Esperamos hace mucho rato una noticia; hace calor, nadie sabe nada.
De pronto, estoy de pie en una sala repleta. Somos casi doscientos. Entre las cabecitas, unas puertas: detrás de una, bien cerrada, está nuestro abogado frente al juez. Esperamos hace mucho rato una noticia; hace calor, nadie sabe nada.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNos miramos y apenas nos reconocemos. Hace 30 años quizás nos cruzamos en los pasillos del IPA o en estas décadas en las salas de profesores. La mayoría somos mujeres, hay pocos hombres docentes. Miro los rostros y no sé si estamos más lindos o más feos; sin duda lo que sí estamos es baqueteados de trabajar años al firme frente a miles de adolescentes.
¿Qué hacemos ahí? Lentamente, a través de mails, ha despertado “el alma dormida”. Con la llegada de la madurez definitiva nos hemos percatado de que, cuando se inventaron las AFAPs, nos metieron —a los que ahora tenemos entre 50 y 59 años— en un verdadero lío.
Lío es un eufemismo para mencionar el desastre de una jubilación mermada por el curioso “sistema mixto”. Nadie nos preguntó: en aquel entonces nos embutieron en las AFAPs. Y solo faltaban 20 años para jubilarnos.
Mis alumnos suelen usar la metáfora “estar en el horno” para cuando las cosas andan mal. Es perfecta. Los trabajadores de esta generación se van a jubilar con mucho menos dinero que los que ahora tienen 60 años.
Y ahora estamos apretujados y amargados esperando la instancia de conciliación con el abogado representante del Poder Legislativo.
Nadie sabe nada. Nadie entiende nada. Cuando estudiábamos a García Lorca y escuchábamos en Bodas de Sangre decir una madre que no tiene un hijo que llevarse a la boca, no sentíamos que algún día estaríamos en una audiencia judicial contra el Estado pensando, un trabajador, que no tiene una jubilación que llevarse a la boca.
En medio del barullo, corre un rumor: efectivamente, estuvo el abogado del Poder Legislativo. Se fue presto. No hay conciliación. Se irá a juicio.
Los senadores y diputados, con su mayoría absoluta, con sus sueldos generosos, sus secretarios, sus pilas de diarios y revistas, con su ausentismo endémico de sala, consideran que es normal que los uruguayos que están en los últimos años de trabajo reciban un tarascón del 30% al jubilarse.
“¡Eso lo puso Sanguinetti!”, murmuran quienes todavía creen que todas las miserias del Uruguay vienen del pasado y que vivimos en un fresco campo de margaritas.
Cambiar una ley absurda no es difícil. Pero hay que dar más dinero. Y no se quiere dar un peso más.
Cuando la supuesta audiencia termina y muchos nos vamos corriendo para no llegar tarde a nuestros trabajos, me cruzo con una ex colega a la que hace mucho que no veo. Nos abrazamos. “Andrea, ¿cómo estás?”. Contesto que mal… a través de un dicho popular.
Mi colega me contesta: “¡No me extraña, nos sacan un pedazo de sueldo con la DGI, nos roban la jubilación!”. Es directa.
Salgo aturdida del viejo edificio judicial, lleno a su vez, de carteles de protesta: “Cero por ciento para el Poder Judicial”.
Cero: así es mi estado de alma en este momento.