Durante décadas, varios investigadores identificaron parecidos entre dos figuras a priori tan contradictorias como Francisco Franco y Fidel Castro.
Durante décadas, varios investigadores identificaron parecidos entre dos figuras a priori tan contradictorias como Francisco Franco y Fidel Castro.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa primera connotación entre el líder falangista español y el comunista cubano era el origen gallego. No es un mero dato anecdótico: se ha comprobado que Franco siempre simpatizó con Fidel por este común denominador.
Otro punto de encuentro fue el antiestadounidismo: Fidel apareció como una punta de lanza del hispanismo americano frente a la América anglosajona.
El anti “anglosajonismo” no es una novedad cubana sino que española y de muy vieja data: la humillación sufrida por la hija menor de los Reyes Católicos (Catalina) a manos de su marido, el rey británico Enrique VIII; las ofensas sufridas por María, hija de Catalina, al convertirse en reina (no en vano fue apodada “Bloody Mary”); la negativa de su sucesora al trono (Elisabeth) para casarse con el rey español Felipe II y la catastrófica derrota de la Armada Invencible que este envió a las Islas Británicas, echaron las bases de este (re) sentimiento.
Pero había motivos más sustanciales para ello, como el fuerte desarrollo económico de las islas frente al compacto atraso de España, la competencia de las respectivas flotas en alta mar y en las colonias americanas y los constantes ataques de la piratería inglesa contra los galeones españoles.
Con el rápido crecimiento de Estados Unidos, el viejo conflicto hispano-británico se trasladó al Nuevo Mundo. Y aquí surge la figura de Fidel Castro como un moderno paladín de la centenaria lucha hispana y católica contra los “herejes” anglosajones.
Esto explica la sorpresiva solidaridad del rancio anticomunista Franco hacia Fidel Castro y su régimen. Aun en los peores tiempos, Cuba pudo contar con el discreto apoyo de la España franquista, que incluso envió barcos con alimentos y sufrió pérdida de hombres al ser atacados por Estados Unidos.
Hoy vemos otros paralelos entre la España franquista y la Cuba castrista.
En 1959, debido al catastrófico estado de la economía española, Franco tuvo que aceptar que los tecnócratas del Opus Dei incorporados a su gobierno iniciaran una política de apertura, modernizaran la administración y abrieran el país al turismo extranjero.
Estas medidas echaron las bases para un fortísimo crecimiento de la economía española. Sin embargo, en el mundo de la política no fue posible lograr alguna liberalización. Para todo el arco de la oposición, reunida en Münich en 1962, quedó claro que mientras Franco viviese no habría cambios.
La edad y una serie de accidentes de caza alimentaron la ilusión de que Franco “se moría en cualquier momento”. Pero pasaban los años y el Caudillo seguía al firme.
El recuerdo de la sangrienta guerra civil y el convencimiento de que a una ruptura abrupta del régimen se viviría una repetición del horror de los años 30 convencieron a la oposición de que “valía la pena esperar a que se muriese Franco”, cuestión considerada “inminente” (declaraciones que me hizo el líder comunista Santiago Carrillo cuando estuve en su casa en 1997).
Pero Franco, contra todas las expectativas, vivió hasta fines de 1975.
“Os dejo todo bien atado”, solía decir el Caudillo en sus discursos. No fue así: a su muerte, dos de los principales “sucesores” y administradores del régimen (Juan Carlos de Borbón y Adolfo Suárez) deshicieron el nudo del franquismo y le abrieron la puerta a la democracia.
La misma idea se ha cultivado en Cuba desde que Fidel le entregó el mando a su hermano: en cuanto se muera Fidel…
Pero Fidel, al igual que su compatriota gallego en España, no se muere tan fácilmente y los cambios que se producen no bastan para terminar con el sistema político.
La Cuba de Raúl Castro ha iniciado un proceso de reformas sin regreso. El acercamiento con Estados Unidos significa para el régimen cubano lo que significó la participación en el gobierno franquista de los tecnócratas del Opus Dei y el acercamiento a la Comunidad Económica Europea.
En ambos casos se había llegado a una situación límite. Franco lo aceptó de muy mala manera en 1959; Raúl Castro lo hizo cuando comprendió que Venezuela era un barco a pique: Cuba apenas había logrado sobrevivir la hecatombe de la Unión Soviética; una segunda hecatombe hubiera sido irreversible para los sueños del régimen comunista de mantenerse en el poder.
Se trató y se trata, en ambos casos, de un ahorcado que pretende acomodar el cuerpo mientras la cuerda se tensa.
Y como la esperanza es lo último que se pierde (dicho documentado en la Atenas del siglo IV AC), tanto Franco como los Castro se vieron obligados a aceptar una apertura letal con la vana esperanza de poder cabalgar la ola y seguir frente al timón.
Franco murió siendo, simbólicamente, el hombre fuerte de España. Pero su régimen murió con él. En Cuba, la semilla de la libertad y el crecimiento económico ya está plantada, como estaba plantada en la España de los 60.
Ahora resta solamente la desaparición física del Franco cubano.