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    El MOMA vs. Trump

    Artistas del mundo islámico irrumpen en Nueva York

    “Esta obra es de un artista de una nación a cuyos ciudadanos se les niega la entrada a Estados Unidos por un decreto presidencial emitido el 27 de enero”, dice parte del texto impreso en un cartelito que cuelga junto a un cuadro. Es un párrafo más largo que termina con una frase contundente: “para afirmar los ideales de bienvenida y libertad, vitales para este museo como para los Estados Unidos”. El curioso texto apareció en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) pocos días después del polémico, ruidoso y antipático decreto del presidente Donald Trump que prohíbe la entrada de ciudadanos de Irán, Irak, Siria, Sudán, Libia, Yemen y Somalía y que amplía una orden de la administración anterior que ponía el ojo antiterrorista sobre estos países. Lo que hizo Trump fue cerrarles las fronteras a todos los viajeros provenientes de esos países por 90 días. También suspendió la admisión de refugiados por 120 días.

    Entre el decreto y el juez que lo impugnó y la polémica que todavía continúa, aparece el MOMA, prestigiosísimo museo de arte contemporáneo, y revuelve más las aguas. La dirección del museo en una actitud inédita y muy bien recibida por el mundo intelectual y artístico y por los ciudadanos antitrumpistas y progres, decidió colgar rápidamente y sin previo anuncio algunas obras de destacados artistas de los países “sancionados” por Trump. Para decirlo rápido y pronto, desempolvó del acervo algunos cuadros, esculturas y videos colocándolos en las salas del quinto piso, junto a obras de Pablo Picasso, Henri Matisse, Marc Chagall, Henri Rousseau y otros destacados artistas europeos líderes de la modernidad. Se colgaron obras de la renombrada arquitecta Zaha Hadid (Irak, 1950-Miami, 2016), del pintor Ibrahim El-Salahi (Sudán, 1930), de Tala Madani (Irán, 1981, vive en Estados Unidos), del escultor Parviz Tanavoli (Irán, 1937), de la fotógrafa Shirana Shahbazi (Irán, 1974, vive en Suiza), del pintor iraní-armenio Marcos Grigorian (1925-2007), del dibujante Charles Hossein Zenderoudi (Irán, 1937) y del escultor Siah Armajani (Irán, 1939, vive en Estados Unidos), diseñador de la antorcha olímpica de los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, cuya instalación Elements Number 30 se colocó en la entrada del museo.

    Chit Chat (2007), de Madani, se colgó junto a Vasili Kandinsky, Chagall y Gustav Klimt. La escultura El profeta (1964), de Tanavoli, junto a obras de Juan Gris y Umberto Boccioni. Y el cuadro The Peak Project (1991), de Hadid, cerca de Paul Gauguin, Cézanne y Van Gogh.

    Son obras potentes, sugestivas, bellísimas. No quedan mal al lado de los monstruos sagrados. La escultura del iraní es un ejemplo de la sencillez y el curioso poder del arte más allá de toda referencia localista. Es de metal oscuro, sólida, gruesa, como una cruz o un mazo. Una imagen que parece rescatada del medioevo, de las oscuras incoherencias espirituales de un mundo perdido entre la fe y la sangre. Su autor, el iraní Tanavoli, es uno de los más prestigiosos de este núcleo selecto de artistas que más allá de sus propósitos o líneas de acción y vida, se acaban de convertir en portadores de un mensaje de paz y libertad. Algunos más comprometidos con su arte. En el 2005, Tanavoli realizó Heech in a Cage (2005), una jaula dorada, de sólido y grueso metal, donde una silueta sinuosa como una serpiente logra sacar su cabeza en un intento desesperado por escapar. Fue en homenaje a los presos de Guantánamo.

    El cuadro de la arquitecta Zaha Hadid (The Peak Project) también es oscuro, plagado de líneas rectas y, sobre todo, diagonales. Es una pintura en planos en caída, puntiagudos, como una montaña en movimiento, con su ladera dinámica, proyectada hacia un abismo invisible. De ese contexto entre suave y árido, duro y amable, aparece una construcción de tonos más claros, un edificio extraño que surge de la piedra monumental, que sigue su movimiento y sus líneas, en una altura intrigante, como en un lugar casi inaccesible, futurista, incomprensible. Es una pintura que esboza el proyecto para un centro de salud en las colinas de Kowloon, con vista a Hong Kong. Embanderada con la arquitectura constructivista, la obra de Hadid desarrollada desde su hábitat inglés, bebió mucho de las corrientes vanguardistas de principios de siglo XX, en especial el constructivismo ruso y del cubismo.

    En cambio, la obra de El-Salahi es quizás la más permeada de su historia y tradición, un cuadro en el que colores y formas se sumergen en el terroso y sonoro mundo de una mezquita, construido entre líneas curvas y superposiciones de tonos apagados, mezclado a un blanco sucio que parece iluminar cansinamente la sobriedad general. Importan las líneas como siluetas en la noche oriental, como figuras de una milenaria y rica cultura llenas de leyendas y oraciones.

    El Chit Chat de Madani, por su parte, es bien contemporáneo y posmoderno, si es que aún cabe este término. Recrea en trazos agitados, sueltos, dos figuras de hombres frente a frente, pelados como es habitual en la visión cruda y divertida de la artista.

    En estos días el MOMA redobló su público, pero sobre todo elevó su imagen y consideración pública. No importa si lo hizo a caballo de artistas nacidos en la mayor parte en la cultura occidental y cristiana, o adoptados o trasvasados por esa cultura. Algunos, incluso, vivieron la mayor parte de su vida en Europa o Estados Unidos. La intención fue tal vez involucrar figuras formadas y portadoras de una visión centralista del mundo y obviamente, del propio arte. O simplemente, explotar la figura de artistas muy reconocidos, en ambas márgenes del mundo, incluso (y a veces) en su propio país.

    Otro tema que queda un poco relegado pero no es menos importante, es el compromiso de estos artistas con un lenguaje propio, personal e involucrado en una riquísima y original tradición. Algunos están muy alejados ya de ese aporte o perfil artístico, que los reconocería como portavoces de un mundo en conflicto, doloroso, con sus propias y sangrientas contradicciones. Artistas casi del primer mundo con un toque exótico. Uno desearía más signos de un mundo no edulcorado por ismos europeos o desprendido de un mundo que explota las figuras más trilladas de lo oriental, porque cada vez genera más rédito en el mercado del arte, aunque sea una tremenda contradicción. Sobre todo, si uno piensa en tantos artistas perdidos en cárceles miserables, perseguidos, denigrados, olvidados en aquel y este lado del planeta.

    El lenguaje, la opción estética y la visión integrada de su mundo es esencial, anterior a cualquier exotismo liviano que beneficia la pared de un coleccionista neoyorquino. Entre esas fronteras se erige el otro conflicto ya no de migrantes, con la angustia de todo desposeído, el que tiene derecho a vivir donde quiera y el que tiene derecho a expresar su mundo y sus angustias y las de sus hermanos en el lenguaje más personal y arraigado que uno encuentre.

    A veces, pintar o proponer una instalación puede resultar relativamente fácil para el que alcanzó cierto grado o nivel de oficio. Ser un artista es lo complicado. Tiene que ver con el misterio de la vida, su raíz terrestre, su identidad, su historia, su profundidad espiritual. Para ser más claros, la pregunta es si estos artistas representan el grito contra la injusticia de un mundo que cierra sus puertas ante la imagen de una humanidad sufriente que deambula como paria por tierras resecas, infértiles, regadas apenas por la sangre. El debate es pertinente gracias a una decisión sorpresiva, jugada, arriesgada y poco ortodoxa de uno de los museos más visitados del mundo.

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