Hubo un tiempo en que se les llamaba “noticias falsas”. Eran bolazos, infundios, escraches, descalificaciones, que se veían a la legua.
Hubo un tiempo en que se les llamaba “noticias falsas”. Eran bolazos, infundios, escraches, descalificaciones, que se veían a la legua.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos lectores, radioescuchas, televidentes, cuando tomaban contacto con ellas, decían, para sus adentros o para sus afueras, “mirá este disparate, quién se va a tragar esta sardina, a este tipo le endilgan tal o cual cosa, no se lo cree ni Magoya”. Algunos desprevenidos capaz que lo contaban en el café, con cara de “escuchen esto: tengo la posta”, provocando de inmediato (o de mediato, a lo sumo) la reacción de los circundantes, familiares, amigos, contertulios, compañeros de trabajo o de clase, que con una sonrisa le espetaban al crédulo “pero qué te vas a creer eso, belinún, no seas nabo”.
Claro, los tiempos han cambiado.
Ahora no son noticias falsas, son fake news. Bueno, también las liquidaciones son sales, las rebajas son off las inauguraciones son openings, los sánguches y los franfrutes son fast food, y los carritos de chorizos son food trucks.
Ta bien, se las llevo, la colonización idiomática anglosajona es más digerible que la de género, con todes eses niñes jugande en le calle, mientres les persones pasen y les miren.
Pero la razón que puede haber motivado este pacto de ética que han suscripto días atrás políticos y periodistas vernáculos se basa no tanto en la novelería sino en la infección de las redes sociales, desde las que se contamina la verdad con sutilezas más difíciles de detectar, en unos tiempos, además, en los que los criterios de evaluación y de valoración de lo que se dice caen en cabecitas muy tilingas y lelas, fruto de la devaluación de los criterios y de los juicios, en una palabra, del aumento significativo de la lelez humana.
Otrora la gente leía y se cultivaba, en las aulas en las que no había celulares, perdón, smartphones, y sí había respeto a la autoridad del maestro, se enseñaba a pensar, y se aprendía a pensar, mientras que ahora, con escasas y selectas excepciones, se piensa de manera superficial, perdón, light, con un desdibujamiento de los límites entre lo lógico, serio y creíble y lo banal, burdo y malintencionado, que, dicho así en forma sencilla, realmente mete miedo.
El problema no es tanto en las reglas del juego, sino en los jugadores.
No ganamos mucho diciéndoles a un grupo de canguros que este es el arco, esta es la pelota, hay que llevarla dominada con los pies, y tratar de meterla en el arco contrario, y si metés una patada en el área, es penal. Lo más probable es que los canguros (si siempre hubo rinocerontes, por qué no va a haber canguros) la lleven con la mano, pero escondan el brazo cuando lo hagan, metan patadas adentro del área pero juren por la Virgen santa que no fue foul, la claven en orsái pero atropellen al línea para que baje la bandera, porque fue un error de apreciación, y, como no hay VAR, pidan a los aullidos que se confirme el gol.
Si ayer, en plena crisis prefrentista, los niños comían pasto, los muchachos de Leadgate eran los mejores empresarios del planeta, y todo lo que empieza bien termina bien, si el caballero de la derecha se llamaba de otra manera pero no nos habíamos dado cuenta, si el Pepe volando a Lima a los cinco minutos de empezada la subasta ya decía desde el avión que el remate había sido un éxito, si los ataques a Raulito eran “el bullying más fantástico que he visto en mi vida”, si ALAS U iba a ser la digna sucesora de Pluna, si el déficit de Ancap era “un desfase de los cálculos de los precios de los combustibles a los estacioneros”, si el Abdala del piseneté le llevó a Maduro “los saludos de todo el pueblo uruguayo”, si el desfonde del Fondes era “una velita prendida al socialismo” para reflotar empresas fundidas en manos de los trabajadores, si una de las firmantes del Pacto de Ética vio el título de licenciado de Raulito… ¿de qué ética me estás hablando?
Confieso que me apena ver a ese gigante de la ética y de la honorabilidad que es Enrique Iglesias entreverado en este (al menos) ilusorio compromiso por mantener en alto los valores del periodismo y de la información.
Y que conste que no lo digo desde el escepticismo y la desconfianza. Lo digo porque ni siquiera los firmantes, a quienes les doy toda mi confianza en cuanto a la buena voluntad con la que han emprendido esta aventura, tienen el control sobre lo que circula (y ¡ay!, lo que circulará en los medios) de aquí a las elecciones, y más. No podrán con la oscura trama de las redes, como no pudieron los norteamericanos ni los franceses con la infiltración rusa en sus procesos electorales, ni los argentinos o los brasileños con sus propios bots y trolls, la desinformación, las sutiles verdades a medias, las insidiosas críticas o las dudosas afirmaciones que circularán de aquí en adelante, como las que hemos visto de aquí en atrás, con la mujer que atropelló Lacalle Pou, la cuenta de WhatsApp de Talvi ofreciendo generosos honorarios para asistir a su reuniones ciudadanas, y ya verán lo por venir.
Por más Pato Celeste, perdón Pacto, que le queramos poner para tapar el sol con un colador.
Los big data ya están entre nosotros, y no hay Pacto que los pueda frenar. Ni aquí, ni en la Cochinchina, como decíamos antes de que el planeta fuera el pañuelo (de lágrimas) que es hoy.
Pero siempre hay algunos que se zafan del compromiso, y eso también es, por lo menos, sorprendente.
¿Por qué no fue el presidente a la firma del Pacto?
¿Tenía el mismo compromiso que el día del entierro de Menéndez?
Como decía D’Angelo en aquel recordado sketch de Telecataplum: ¿Usted no sospecharía?