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    El Partido de la Concertación (II)

    Sr. Director:

    La pésima forma en que los partidos Nacional y Colorado manejaron sus estrategias internas dentro del Partido de la Concertación no impidió que la idea de dicha asociación diera sus frutos. Algunos pensarán que lo que estoy afirmando es equivocado pero el primer objetivo de esta experiencia, aunque no haya sido explicitado por sus mentores, era mantener los votos de la elección de octubre obtenidos por ambas colectividades por separado. No es aventurado pensar que si se hubieran manejado las candidaturas con otros tiempos, ya que se perdió lastimosamente el tiempo con nombres luego frustrados, probablemente se hubiera incrementado el caudal de votos logrados. Pero, aunque así no hubiera sucedido, lo importante era lograr que la gente sintiera que podían votar juntos blancos y colorados dentro de un mismo lema, tal cual lo hacen los votantes del Frente Amplio, cuyas diferencias internas son mucho más notorias, tanto política como filosóficamente hablando, que las de los dos partidos históricos. Y eso se logró, sin lugar a dudas.

    Este era el primer paso. Y mucho mejor hubiera resultado si el ejercicio hubiera sido hecho en toda la República. Nosotros desde hace diez años hemos venido planteando en esta misma sección la necesidad de una alianza, no sólo electoral sino fundamentalmente programática, entre blancos y colorados, del mismo modo que lo ha hecho el Frente Amplio desde 1971.

    Lamentablemente la gran mayoría de los dirigentes de los partidos históricos han actuado en este tema con la velocidad de las tortugas y si ello no se revierte, vemos pocas chances de concretar la idea para las próximas elecciones. Pero si dejan de lado la soberbia de creer, unos y otros, que sin coaligarse pueden lograr el triunfo, quizás para 2019 se pueda lograr tan necesaria asociación. Y en el peor de los casos, si no se logra alcanzar la Presidencia, por lo menos se van a obtener algunas intendencias que hoy se perdieron por no votar juntos en forma oficial. Y en adelante las posibilidades de un triunfo en todo el país aumentarían exponencialmente.

    Decíamos hace una década que “las democracias que funcionan bien en el mundo tienen una composición bipartidista, con un relativo equilibrio entre las dos fuerzas, que garantiza el control de la oposición y la potencial alternancia de partidos en el poder. La actual coyuntura política de nuestro país muestra la necesidad de darle mayor cohesión a la fuerza opositora para mantener el equilibrio funcional de una democracia que ha sido siempre elogiada internacionalmente”. Nuestra tesis era que en lugar de aspirar al eventual triunfo en un ballotage, convenciendo en un mes a los votantes del otro partido a votar juntos, se debía construir en los cinco años previos una alianza mucho  más creíble y duradera, sobre la base de un programa común.

    Por todas las razones precedentemente expuestas, creemos que ha llegado la hora de que los dirigentes blancos y colorados conviertan la experiencia del montevideano Partido de la Concertación en una coalición de alcance nacional, probablemente ni mejor ni peor que la coalición gobernante, pero suficientemente sólida para constituirse en una alternativa electoral y de gobierno, sin necesidad de tener que recurrir al recurso extremo del ballotage. Para ello no es necesario que renuncien a las divisas ni a los principios históricos. Por el contrario, aquéllas y éstos tienen que constituir el sustento ideológico, respetando las diversidades pero afirmando las grandes coincidencias sobre las cuales se afirmó el prestigio de este país, en casi dos siglos de historia compartida. Y no creemos que las diferencias entre blancos y colorados sean mayores que las que pueden existir entre socialcristianos y marxistas-leninistas, por mencionar sólo una de las tantas que presenta el conglomerado gobernante.

    Como condición previa debería aprobarse un programa común de gobierno redactado por los talentosos dirigentes de ambas colectividades, que vaya si tienen experiencia en la tarea de gobernar. Luego, cada partido con sus respectivos sectores podrá presentar sus listas de diputados y senadores manteniendo las estructuras actuales, bajo el lema del Partido de la Concertación que ya tuviera su bautismo en la capital. Ello sería mucho más transparente y cristalino frente a la opinión pública y a los votantes de ambos partidos, que un acuerdo realizado bajo la urgencia y la perentoriedad de los tiempos electorales de un ballotage.

    Y se evitaría también el eventual riesgo de que una futura reforma constitucional eliminara el ballotage, último recurso con que cuentan los partidos históricos para alcanzar alguna otra vez la Presidencia luego de que el mapa político uruguayo se modificara con la presencia mayoritaria en el mismo de un Frente Amplio que comenzó como “una colcha de retazos” y hoy, más de cuarenta años después, es un partido firmemente consolidado.

    Dijimos también entonces, y hoy lo sostenemos, que “un entendimiento de esta naturaleza es menester comenzar a gestarlo más temprano que tarde, invirtiendo para ello una dosis importante de grandeza y buena fe. Para evitar que el tren de la historia siga de largo. Porque, como dijo alguna vez ese gran político estadounidense que fue Adlai Stevenson, la oportunidad en que se proyecta y se realiza un cambio es tanto o más importante que el cambio proyectado”.

    Gastón Pioli