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    El Príncipe Gustavo Pena

    Sr. Director:

    El tiempo del corazón: Gustavo Pena (1955 – 2004). El Príncipe Gustavo Pena integra esa procesión de artistas nacionales cuyo destino se vio signado por una temprana muerte, y un posterior interés en su obra, desmedido en función del que conocieron en vida. Esto lo emparenta tanto con Eduardo Mateo y (en cierto modo) con Eduardo Darnauchans, y el deceso de Renzo Teflón (ex Los Tontos) hace un mes ratifica lo agriamente certero de las palabras del Corto Buscaglia ante el fallecimiento de Mateo: “¡Qué sponsor la muerte!”.

    En esta semana (que marca exactamente 14 años de la desaparición física del Príncipe) nos parece importante revisitar su historia, máxime cuando lo que se rememora es un canto sostenido a la esperanza ante algunas de las manifestaciones más dolientes que puede asumir la realidad.

    Gustavo José Pena nació en Uruguay el 2 de diciembre de 1955. Dotado de un carácter diáfano y un talento casi místico por las expresiones artísticas, su vida habría de desarrollarse en distintos puntos de la región (incluyendo estadías en la selva brasileña), y en compañía de personalidades del calibre de Marta Gularte. Proclive a la fusión, los géneros por los que el Príncipe sentía mayor afinidad eran el jazz, el candombe y la bossa nova.

    Su primera presentación tuvo lugar en 1979, en las instalaciones de la Alianza Francesa de Montevideo, y a lo largo de su carrera integró una pluralidad de bandas donde ocupó roles cambiantes, gracias a sus dones de multiinstrumentista —interpretaba con fluidez la guitarra, el bajo, la mandolina y la flauta. Estos grupos incluyeron The Harold Andersons Group, Pareceres y El Buraco Incivilizado.

    Sin embargo (o debido a tan ingente labor), el Príncipe habría de editar solo dos discos a título propio durante su vida, ambos en los años 2000: Amigotez y El Recital (grabado en la Sala Zitarrosa, junto al Club de Tobi).

    Fue entonces que comenzó a obtener el reconocimiento que antes lo había eludido —empezó a presentarse en salas con una capacidad acorde con la calidad de su propuesta, su música era difundida en programas televisivos, y el sello Ayuí/Tacuabé publicó el mencionado recital en vivo.

    Trágicamente, fue en ese momento (la antesala de un posible encumbramiento) que falleció, a los 48 años, consumido por una enfermedad conocida como síndrome de Guillain Barré, que deteriora los músculos del cuerpo irreversiblemente.

    Actualmente, su hija Eli-u perpetúa su legado, encargándose tanto de publicar material inédito como de mantener una web donde se puede acceder libremente al vasto legado de su padre: www.imaginandobuenas.com. De los discos que habían quedado sin publicar el más saliente es La Fuente de la Juventud (grabado: 1990-1991; editado: 2005). Se trata del único álbum que el Príncipe registró en un estudio profesional, e incluye Para ver las estrellas, Imaginando Buenas y Pensamiento de Caracol —canción que integra el repertorio de los jardines de infantes uruguayos hasta hoy.

    Y la música del Príncipe también se prende de las nuevas generaciones gracias a artistas rioplatenses con estéticas muy variadas. Onda Vaga canta una versión (con una letra algo modificada) de ¿Cómo que no?, Ciruelo interpreta Polenta y Loli Molina es conocida por versionar en directo una de las composiciones más señeras del Príncipe: Mandolín. Por su parte, artistas como Manu Chao han transportado su arte musical y poético al Viejo Mundo.

    El Príncipe falleció el 13 de mayo de 2004. Sabemos que los últimos meses de su vida fueron felices, a pesar del agravamiento de su enfermedad, que lo confinaba al hospital, y a componer música utilizando una computadora. Pero afrontó la situación con el buen humor que lo caracterizó siempre, y no permitió que su obra se viera ofuscada por diamantes oscuros.

    Hoy, ante la pérdida de Teflón (otro autor cuya obra será legitimada con el pasar de los años), cabe plantearnos qué hacemos realmente para nutrir y sostener a nuestros propios talentos. Pero en esta semana, en este día y en esta hora todo lo que sabemos con certeza es que es tiempo/de rememorar/los viejos tiempos/de aquella ciudad/aunque no sea más/que para decir/que de tiempo en tiempo/conviene recordar.

    Emilio Pérez