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    El Uruguay como problema

    N° 1979 - 26 de Julio al 01 de Agosto de 2018

    Sucedió hace 20 años en Uruguay. Podría haber sido una conversación cualquiera. Pero hablaban un político popular y un historiador reconocido. Una charla donde el primero le confesó al segundo: “¿Sabés qué pasa? Uno puede tener muchas ideas pero al momento de gestionar el poder, como me tocó a mí, te pasás administrando problemas. De afuera puede verse como que todo es posible, pero la realidad es que uno se pasa apagando incendios”.

    Todos los políticos presentes asintieron a su colega pero el historiador, con esa lucidez que lo caracterizaba, apuntó: “Eso es la muerte de la política”. Silencio. Tensión en el ambiente. Sobrevino una explicación aparentemente teórica pero que enmarcaba la tarea concreta de todos los días. Como sucede en las tertulias importantes, se da vueltas alrededor de lo obvio, de la base, del porqué de las cosas.

    Un político tiene poder y administra poder. Gana una elección o se le asigna un cargo y empieza a organizar. Si solo hace eso, no está haciendo política. Sé que suena a lugar común e ingenuidad, pero hay que volver a decirlo: tiene que entusiasmar, que abrir caminos, generar oportunidades de crecimiento, de innovación, de mejora. Tiene que forjar un estado de ánimo que impulse hacia aquello que parece difícil pero alcanzable. Si solo administra, se muere como político.

    Es como si un chef dijera: a mí solo me interesa que los comensales se llenen la panza. Bueno, habría que responderle, entonces nunca serás un buen cocinero. Para eso se necesita algo más que saciar la necesidad de alimentarnos. Preparar un plato, combinar sabores, cambiar una receta, invitarnos a una experiencia que, además de sacarnos el hambre, nos deje un sabor en el cuerpo. Todo aquel que se dedica a la cocina presupone esta diferencia entre alimentarse y degustar, pero casi ningún político entiende la diferencia sustancial entre gestionar y seducir.

    Es cierto que ahora estamos en el ajedrez de los precandidatos y quizás haya que esperar para escuchar propuestas. Pero justamente por eso comenzaba con una anécdota que tiene 20 años. La clase política se ha venido burocratizando irremediablemente. Solo administra. Apaga incendios. Está pendiente de su salario. Entre mantener los puestos en el oficialismo o prometer los puestos desde la oposición, nadie mira más allá.

    El fin del trabajo; el alcance de la inteligencia artificial; cómo reestructurar la seguridad social; nuevas maneras de consumo responsable, por nombrar algunos de los temas relevantes de un mundo que ya está acá pero del que no se toma posición. Tomarla significaría dejar de administrar y ponerse a pensar, a imaginar, a dar ese paso que se llama política, y que no se puede confundir con la gestión cotidiana.

    Uruguay es extraño en esto. Tiene una solidez institucional a pesar de la poca rotación de los partidos en el poder. Una historia pasada hegemónica del Partido Colorado. Una historia reciente hegemónica del Frente Amplio (contabilizo desde la Intendencia de Montevideo, que asumió Vázquez en febrero de 1990). Esas hegemonías son una señal de mala democracia. ¿Por qué tenemos entonces un sistema saludable si los partidos no rotan? Una hipótesis es que las oposiciones se han instalado en el partido que está en el poder. Antes era el riverismo contra el batllismo o viceversa. Ahora es el vazquismo contra el mujiquismo o viceversa. (Acá hay una deuda histórica del Partido Nacional. Para su larga historia ha ganado muy pocas elecciones nacionales. A lo mejor porque siempre ha sido una oposición de segundo nivel, detrás de la oposición oficialista. A lo mejor porque la gestión de tantas intendencias en el país se lleva demasiada energía) .

    Este mecanismo de salud democrática uruguaya es entonces tramposo, porque los que se oponen están dentro del oficialismo y por lo tanto dentro de la administración del poder. Esto explica lo que le pasaba al político que charlaba con el historiador: sus ideas quedaban en segundo plano y estaba administrando, esperando que pierdan los de su propio partido para escalar un peldaño más aunque ya estaba instalado en la escalera.

    Para hacer política no siempre se puede estar administrando. Hay un momento creativo, artístico, donde la imaginación es la que debe marcar el rumbo. Entonces brota el entusiasmo, la adrenalina, las ganas de gobernar para crear lo que se está vislumbrando, lo que se comparte solo con la comunidad de creyentes pero que cada vez son más porque se contagia. Para lograr eso es más importante ser solo oposición que tener la mitad del partido gestionando el Estado.

    El Tucho Methol Ferré es el historiador de la anécdota inicial que tuvo como protagonistas a políticos colorados. Once años después apoyó la candidatura de Mujica porque vio en él esa quintaesencia del político: alguien que daba razones para creer, para proyectar, para estar más allá de la burocracia estatal y la pequeñez. Methol murió el 15 de noviembre de 2009 y Mujica ganó 14 días después la presidencia. Hubiera festejado. Pero hoy, me animo a asegurarlo, le diría al expresidente que la administración y los incendios locales lo quemaron demasiado. Todo en el oficialismo se ha vuelto rutina. Cálculo. Rispidez insípida. Cacofonía. Si viviremos un tiempo electoral moribundo o si de algún lado surge el vendaval de la buena política que hace historia, es algo que todavía está por verse.

    ?? Caudillos, autoestima y desconfianza