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“Además del riesgo económico y financiero inherente a cualquier actividad comercial e industrial, la producción agropecuaria está sujeta a otra clase de riesgo que en general no existe en otro tipo de sectores, que es el derivado de la incertidumbre sobre la que se desarrolla la actividad en términos de clima y su variabilidad”.
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Con ese comentario, el responsable del grupo de Economía Agrícola y Aplicada del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), Bruno Lanfranco, advirtió sobre el impacto que tendrá este año la disminución de la producción de soja en Uruguay, estimada en casi 60% por la Dirección de Estadísticas Agropecuarias (Diea). “Esta caída en los rendimientos claramente afecta la producción y el resultado de las exportaciones de uno de los sectores clave de nuestra economía”, dijo a Búsqueda.
En la zafra del año pasado el rendimiento promedio de la cosecha sojera fue de unos 3.000 kilos por hectárea y en 2018 esa repartición del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca prevé que caerá a unos 1.240 kilos. Ese es el principal cultivo agrícola uruguayo con poco más de un millón de hectáreas destinadas a la siembra.
Pero los problemas no se limitan a ese grano, Lanfranco señaló que hoy “el agro está pasando por un momento complicado en varios de sus sectores, debido a un importante aumento de los costos de producción verificado en los últimos años”.
“Se trata de un problema más bien financiero, donde los flujos de los ingresos y egresos no se ajustan, como es el caso de la ganadería”, comentó. Explicó que “todos los meses hay que pagar cuentas, hay vencimientos, cuotas; sin embargo, los ingresos usualmente no se distribuyen de manera uniforme, por lo que se debe disponer de un capital de trabajo mínimo que representa el gasto de al menos tres o cuatro meses, como mínimo”.
Uno de los mayores dolores de cabeza para las empresas del agro es cómo financiarse para continuar en actividad, lo que fue advertido al Poder Ejecutivo en reuniones mantenidas con las gremiales del sector.
“Cuando los costos de producción son elevados se hace difícil cubrir el día a día y ese problema financiero se puede transformar rápidamente en un problema económico, con consecuencias a nivel de endeudamiento”, analizó el técnico del INIA. Y acotó: “Si a eso le sumamos la ocurrencia de eventos climáticos adversos cada vez más frecuentes, como la seca que tuvimos este año, el problema se agrava”.
Para Lanfranco, en el sector lechero es “un poco diferente” la situación “porque los ingresos están más repartidos, pero los efectos de una sequía pueden ser mucho más devastadores”. “Que a un ganadero se le atrasen los embarques puede tener un efecto financiero fuerte, pero que a un tambero se le sequen las vacas o haya una merma importante en la producción tiene otras complicaciones graves además de las financieras”, indicó.
Uno de los temas que generó irritación entre los productores agropecuarios fue un comentario hecho en enero por el presidente Tabaré Vázquez respecto a que el sector arrocero debe “mejorar su productividad y competitividad”.
Tras destacar que “el incremento de los costos elevó los rendimientos de equilibrio” en la agricultura uruguaya, Lanfranco consideró que “es irónico ver el caso del sector arrocero uruguayo, que tiene rendimientos promedio que están entre los más elevados del mundo, ya que son muy pocos los países con un promedio superior a los 8.000 kilos por hectárea”.
“Hoy el costo de chacra está por encima de ese nivel de producción, aun cuando por su calidad el arroz uruguayo recibe los mejores precios en el mercado internacional”, resaltó.
Comparó que en el caso de la soja “si bien los costos no son tan altos por unidad de superficie, el alto nivel de variabilidad en la producción anual constituye un factor de riesgo importante frente al clima”.
Contrastantes.
La soja y el arroz son “buenos ejemplos de sectores contrastantes”, aun dentro de la agricultura, y las condiciones de producción y de mercado “son completamente diferentes, tal vez las más extremas entre sí”, señaló Lanfranco.
Justamente, ese fue un tema que analizó ese técnico en la XIII Conferencia Internacional del Arroz para América Latina y el Caribe, realizada entre el jueves 17 y el sábado 19 en Piura, Perú, con el objetivo de plantear las diferencias en los mercados que operan ambos granos y en los jugadores que participan del negocio a escala mundial.
Algunos de los datos destacados en su presentación se refieren a que el arroz está vinculado íntimamente a la alimentación humana y la soja tiene distintos usos alimenticios y técnicos con destaque en la alimentación animal.
Otro es que la producción arrocera está concentrada en Asia, ya que 15 de los 20 principales productores están en ese continente y acaparan el 90% del total. China e India acumulan el 50% de la producción y el consumo de arroz en el mundo.
En tanto, el cultivo de soja se ubica en las Américas, ya que Brasil, Argentina y Uruguay comprenden 47% de la producción y Estados Unidos el 37%. Por lo tanto, Lanfranco resumió que la mayor parte del arroz se consume donde se produce y en el caso de la oleaginosa ocurre a la inversa.