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    El arte contemporáneo

    Sr. Director:

    Los siguientes son comentarios sobre un artículo de Vargas Llosa que se llama el “Palo de Escoba” y se publicó en Búsqueda el jueves 28 de julio de 2016.

    Vargas Llosa se refiere a una obra exhibida en la Tate Gallery de Londres que consiste en un palo de escoba pintado de muchos colores, y que una guía o maestra describe a un grupo de niños de escuela, tratando de convencerlos de que se trata de una obra de “arte contemporáneo”. Para ello los estimula a que hablen sobre lo que el palo significa y entonces se produce un extenso intercambio de interpretaciones, juicios, codazos y entusiasmos varios. La maestra concluye la clase subrayando cómo la obra contemporánea fomenta o desata la reflexión y la discusión, a través de sus múltiples interpretaciones y sentidos, cumpliendo así su objetivo principal: plantear problemas en lugar de soluciones, para que el receptor participe activamente en las lecturas de la obra.

    Vargas Llosa se pregunta si ese palo de escoba policromado, y tantas otras obras que ocupan hoy la escena de las artes visuales en galerías, bienales, ferias y museos prestigiosos del mundo, y concitan públicos multitudinarios, son obras de verdad o forman parte de una gran superchería, una conspiración colosal para tomarle el pelo al público sin que nadie se anime a desenmascararlo como arte falso.

    Mi opinión es tan necesariamente compleja como es el objeto en discusión. Lo primero es ponernos de acuerdo sobre algunas definiciones provisorias. En trazos gruesos, llamamos Modernidad al período histórico que va desde las revoluciones burguesas del siglo XVIII hasta 1960, aunque podemos rastrear las raíces de la Modernidad en el Renacimiento, la Ilustración, la Conquista de América, los descubrimientos científicos, la Industrialización, etc. Llamamos “arte moderno”, al practicado en la plenitud de la Modernidad, entre mediados del siglo XIX y la referida década del 60. Llamamos Posmodernidad al estado de la sociedad en Occidente que transcurre entre 1960 y el día de hoy, y llamamos “arte contemporáneo” al arte visual que se practica desde la década del 60 hasta hoy. Según estas premisas temporales, arte contemporáneo y arte posmoderno serían casi sinónimos.

    Entre otras cosas, la modernidad fue caracterizada por el avance de la ciencia y la tecnología, la revolución industrial, el triunfo de la razón y la verdad universal sobre el mito religioso, la posible igualdad fraterna entre los hombres, el fin de la nobleza de sangre, y la fe en el progreso lineal y continuo de la humanidad y la historia, sea a través de las instituciones liberales o de la Revolución Marxista.

    Pero en la década del sesenta (el informe de Krushchov sobre los crímenes de Stalin es de 1956) surgieron desde la academia numerosos intelectuales franceses y alemanes que hicieron la crítica de la Modernidad, poniendo en duda la validez de lo que ellos llamaron los “grandes relatos totalizadores”. Acusaron a la democracia liberal, blanca, occidental y cristiana, de la mayoría de los crímenes modernos: la conquista destructiva de América, la esclavitud, el colonialismo, la depredación ambiental, las dos guerras mundiales, las teorías racistas que posibilitaron el nazismo, la heteronormativa y el paternalismo que condenaron al género femenino, la pseudosociología científica que generó la dictadura estalinista, y también la hegemonía epistemológica y el eurocentrismo cultural que se manifestó obviamente en el arte moderno: las vanguardias artísticas de Berlín, París, Londres o Nueva York abrían el único camino posible, que los artistas de las periferias debían seguir al pie de la letra si querían la legitimación de su obra.

    En la posmodernidad brotada en 1960, se abandonan los grandes relatos totalizadores, el liderazgo cultural europeo se retira, renuncia lleno de culpas a su rol hegemónico, pergeña el multiculturalismo, la tolerancia, la coexistencia de diversas manifestaciones artísticas simultáneas y diferentes. La crítica de arte europea, antes unívoca y autoritaria, renuncia a su función orientadora. Al no haber más un arte universal, los artistas se introducen en grietas e intersticios locales, regionales, autoreferenciales, fuera de las vanguardias y los relatos históricos. Un curador, figura posmoderna por excelencia, promueve por ejemplo, “el arte femenino africano” para compensar muchos siglos de discriminación. Obviamente no se pueden juzgar estas manifestaciones artísticas con un mismo criterio universal. Esta exposición necesita un texto que explique el proceso de ideación, selección, esponsorización, montaje, institución organizadora, etc. El texto, la idea política implícita o manifiesta, el concepto, en este caso, puede ser más importante que las obras expuestas. En los cinco continentes, la proliferación masiva de la imagen, el diseño publicitario de casi todo, contribuyen al desplazamiento de los artistas hacia las ideas y los nuevos medios, diferenciándose más aún del arte moderno, formalista y “retiniano”.

    Como vimos, las artes visuales se alejaron de la representación, del mundo de la imagen y las formas, y pusieron el énfasis en el mundo de las ideas y conceptos filosóficos del posmodernismo tal como fue caracterizado por los filósofos postestructuralistas y deconstructivistas de la época (Lyotard, Beaudrillard, Deleuze, Foucault, Kristeva, Vattimo, Derrida, Spivak, etc.), que cuestionaron las metanarrativas totalizadoras y los ideales emancipatorios y utópicos, o sea, los grandes relatos de los cuales hay que desconfiar y que son: el Cristianismo, la Ilustración, el Marxismo y el Capitalismo (Lyotard). También se cuestionan las teorías del progreso ilimitado, la tiranía del racionalismo patriarcal y logocéntrico, y se promueve la deconstrucción de cualquier significante trascendental (por ejemplo, de la metafísica), ya que la realidad existe, pero solo se conoce a través de discursos, textos, artes, cine, memoria, y todos los valores “universales” y versiones de la Historia son producto de su contexto, pertenecen a una ideología, con intereses concretos.

    El arte posmoderno también incursiona en reflexiones paródicas sobre las relaciones entre apariencias y esencias, pone el énfasis en lo marginal frente a lo oficial o hegemónico, intenta de nuevo romper las barreras entre cultura popular y elitista, promueve el gusto por lo fragmentado o incompleto (las actuales democracias serían formas light del fascismo que se combaten con pequeños relatos e intervenciones micropolíticas), se denuncia la “normalización” y se propone escuchar las voces de los otros (mujeres, homosexuales, etnias y pueblos originarios y todo aquello que es excéntrico de la modernidad), invita a lecturas diversas de obras y textos, y reflexiona sobre la creación artística y emite comentarios sobre el contexto externo (José Ignacio Moraza).

    Por lo tanto, Vargas Llosa podría tener algo de razón en cuanto a que gran parte del arte contemporáneo sería una gran superchería que nadie se anima a denunciar, sobre todo si se pudiera demostrar que la falla está en algunas filosofías del posmodernismo que sirven de fundamento a la actividad artística. Por ejemplo, Lyotard denunció los grandes relatos (occidentales) como el Cristianismo, la Ilustración, el Marxismo y el Capitalismo, pero no incluyó el Islam, que es la gran narrativa que hoy arrasa con pueblos y minorías enteras en Medio Oriente e intenta conquistar Europa aprovechando la tolerancia, el multiculturalismo, el buenismo y las culpas que siente Occidente desde que deconstruye su historia colonial.

    Otro ejemplo de falla posible de algunas filosofías podría ser el ataque insistente a la razón, concepto fundante de la Ilustración y la Modernidad. Atacando a la razón como causante del nazismo, sus teorías racistas y el Holocausto, se atacan las bases del capitalismo, la democracia liberal, la burguesía, el espíritu crítico, etc.

    Un tercer ejemplo de falla pensante podría ser el multiculturalismo, interpretado como la tolerancia, el respeto y la incapacidad autoimpuesta en Occidente, de juzgar prácticas aberrantes en países no occidentales, que se admiten como manifestaciones culturales, cuando en realidad son violaciones flagrantes a los derechos humanos.

    Un cuarto ejemplo podría ser el concepto de globalización, que para algunos filósofos y sociólogos es consecuencia de la enorme cantidad disponible de información y su nueva velocidad de trasmisión a todo el mundo, y para otros es una conspiración, que hay que combatir, de las multinacionales y el capital financiero para abrir nuevos mercados de consumidores.

    En conclusión, necesariamente provisoria, es probable que el ataque feroz del fundamentalismo islámico (gran relato omitido por Lyotard) al corazón de Estados Unidos y Europa, a través de la inmigración y los atentados terroristas, termine con la tolerancia blanda de Occidente. Es probable que en este contexto se relativice la importancia de la década del sesenta como bisagra o parteaguas de la historia, y se ponga en valor la continuidad esencial entre Modernidad y Posmodernidad y se recuperen, complejizadas, las nociones de progreso, universalidad, racionalismo, vanguardias culturales, etc. Finalmente, también es probable que se salven del olvido los grandes artistas y obras de arte contemporáneo y se incorporen al canon, los museos y los libros de arte, como siempre.

    Daniel Heide

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