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Los cuadros están recostados a la pared de la enorme sala del Museo Blanes. Acaban de llegar desde Buenos Aires. Están recién abiertos, desembalados, desnudos, sin la imponencia que les puede dar su exposición en un lugar específico, colgados con pulcritud, bien iluminados, cuando el público pase frente a ellos y disfrute de su innegable valor artístico. Son cincuenta dibujos y pinturas, de distintos tamaños, de diferentes técnicas, muchos de gran porte, por ahora solo apoyados en la pared, todavía con el cartón que los cobijó en el viaje. Algunos tienen incluso un poco de envoltorio que oculta alguna parte. Así están, como si todavía no quisieran exhibirse plenamente, con cierto pudor. Alrededor, el movimiento habitual cuando una exposición comienza su cuenta regresiva. Los técnicos, electricistas, funcionarios del museo, hasta algún periodista que pidió una visita especial para llegar a tiempo con su nota.
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“Le propuse esta obra para el catálogo pero me dijo que le parecía una mujer triste”, comenta Cristina Bausero, directora del museo, a punto de inaugurar la primera muestra de lo que podría llamarse el “nuevo” Blanes. En cierta forma, inaugura también su gestión después de muchos años bajo la dirección de Gabriel Peluffo. El “nuevo” Blanes se percibe en su fachada apenas uno llega a la puerta de la formidable casona. Hay un cartel que avisa que la entrada provisoriamente es por la galería. La principal está cerrada por reformas. Dentro, un escritorio con tres o cuatro funcionarias permite el ingreso, mientras las paredes multicolores son pintadas de blanco. Blanca, despojada, luminosa, así está por el momento la planta principal.
El Blanes se recrea con una importante exhibición de cuadros de Fernando Botero (1932), ese artista colombiano excepcional que pasó su vida dibujando y pintando, construyendo mundos con personajes y volúmenes exagerados, gordos, exuberantes. La “gordura”, por decirlo en forma grosera, es la marca registrada de un artista que pasó su vida entre el dibujo, la pintura y la escultura. “Trabajo ocho o diez horas por día, incluso domingos, y generalmente parado”, ha dicho el artista refiriéndose sobre todo al dibujo y la pintura. También ha contado en innumerables entrevistas que nadie lo vio pintar, que trabaja solo, que deja “el cuerpo afuera” como lo declaró alguna vez Picasso. “Pinto con el alma”, dice Botero. Y con humor colombiano, explica hasta dónde llega su pasión: “Si después tengo un compromiso social, lo primero que hago es buscar una silla”.
Esta muestra viene de una exitosa temporada en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires. Es un conjunto de piezas de diferentes formatos y que pertenecen a la colección personal del artista. El comentario a la directora sobre la “mujer triste” es tremendamente pertinente. La obra es de Botero, por partida doble. Son cuadros personales, en cierto sentido. Por algún motivo, los cobija y ahora los expone. “No tengo necesidad de exponer”, ha dicho sin ánimo de molestar a nadie. Simplemente, ha logrado todo.
Sus esculturas, por ejemplo, están en lugares públicos de todo el mundo, en calles y espacios importantes de las principales ciudades. Son las grandes y famosísimas formas donde la redondez y el volumen ocupan la mirada, el espacio, la emoción. En relación al dibujo y a estas obras, es evidente que la emoción invade a través de líneas, de formas, de dibujos sencillos, sin sombras, apenas delineados en su mayoría.
Hay dibujos sueltos como el “Ecce Homo”, un Cristo insólito, alejado del resto de la selección, donde priman sus famosos personajes costumbristas, músicos, personajes circenses, mujeres en diferentes circunstancias. De perfil, con la corona de espinas incrustada, la figura es extraña, la boca apenas abierta, las gotas de sangre y la mirada sin devoción, más dolorosa tal vez, la mirada posible de un Cristo sufriente, feo, pelo lacio, barba casi colombiana. Llama la atención ese Cristo, ubicado cerca de un hombre mono, vestido de traje verde a cuadros. De una sutil y densa figura histórica a una imagen surreal, rodeada de trapecistas semidesnudos y mujeronas sobre triciclos demasiado chicos.
La “mujer triste” es otra cosa. “Es elegante”, dice la directora en el recorrido inicial con el periodista. Es cierto, de elegancia lejana, de otro tiempo. Es un retrato que no tiene vidrio. Un detalle importante. Solo hay dos cuadros sin vidrio, que permiten un vínculo especial del espectador con la obra. Se puede apreciar la fineza del trazo, la textura, el uso delicado de la carbonilla o del lápiz sobre la tela. Son cuadros de gran formato, fechados en el 98, quizás los de factura más antigua de la muestra, centrada sobre todo en realizaciones de la década de los 2000.
Hay trabajos en papel y tela, en tiza, pasteles, acuarelas y dibujos a lápiz, en blanco y negro y en colores suaves, perfectamente identificables. Botero utiliza una gama acotada de colores, ha dicho incluso que apenas juega con seis o siete. Es un personaje en sí mismo, millonario, que comenzó muy pobre en Antioquía, su lugar de referencia. En su currículo está su inicio en el dibujo a los 15 años, su primera exposición a los 19, su paso por la Tauromaquia (inscripto por un tío para que fuera torero, se asustó frente a la fiereza y se retiró raudamente), sus tres matrimonios, sus tres hijos del primero y Pedro, hijo del segundo, que murió a los cuatro años en un accidente de auto. Manejaba el propio Botero. De esa terrible experiencia surge una serie de niños, dulces, dramáticamente tiernos, tristes, todos son el mismo.
En la muestra hay uno, de indudable belleza artística. El cuadro se llama “Pedrito” y es de 1981, una de las paradas obligatorias en esta exuberante y poco habitual exposición. Imperdible, una radiografía muy personal de la increíble producción de Botero, un colombiano cautivante, seductor, que le gusta vivir bien, pintar bien, disfrutar sin culpa de la vida que le tocó en suerte. Criticado a veces por instalarse en una imagen que le ha dado indudables réditos económicos. Latinoamericano puro, nerudiano en muchos sentidos menos político, Botero no hace caso y produce generosamente. Y a veces, se toma un ratito para hablar de sus gordas, de sus gustos e incluso de su actual mujer, de quien dice: “Me gusta la buena vida, si puedo ir a un hotel bueno, ¿por qué voy a ir a una pensión? Además, mi mujer es bonita y flaca, no es gorda, a mis enemigos no les doy ese gusto”. Palabras más, palabras menos, lo que importa es su arte. Un mundo que revive el Blanes.
“Botero. Dibujos sobre tela y papel”. Museo Juan Manuel Blanes (Millán 4015). De martes a domingos de 12.15 a 17.45 horas. Del 16 de agosto al 21 de octubre.