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    El asesino entre nosotros

    Obras maestras: M, el vampiro de Düsseldorf, de Fritz Lang
    Colaborador en la sección de Cultura

    El horror sucede fuera de cuadro. La escena del crimen es la mente del espectador. Hay un globo de forma caricaturescamente humana, un juguete sin entrañas, con rostro risueño y extremidades de papel, que se eleva y vuela. Hasta que es atrapado por el cableado negro de las líneas telefónicas que atraviesan el cielo grisáceo. Ahí se queda. La imagen, triste y portentosa, expresa demasiado con demasiado poco. En M, el vampiro de Düsseldorf (1931), cada escena cuenta porque cada escena es la película. Los niños en ronda, jugando y entonando una tétrica canción que habla de un asesino que descuartiza a sus víctimas, también muestra sin mostrar, con austeridad y fugacidad. El homicida está en el folclore: el hombre que mata niños forma parte de lo que cantan los niños. Y mantiene aterrados a los habitantes de Berlín. El pánico en la ciudad es tan inmenso que tanto el Estado, representado por la Policía, como el submundo de las organizaciones criminales necesitan atraparlo, darle su merecido. La búsqueda del asesino por parte de los policías está complicando el negocio criminal: “Esta noche hay más policías que putas en las calles”, se escucha por ahí. Y los agentes, en tanto, no dan abasto. Policías y gángsters, al final, quieren lo mismo, aunque sus intenciones son diferentes.

    Esta es, en buena medida, la historia de M. La película de Fritz Lang recrea un momento de la vida de un asesino en serie y lo hace sin mostrar un solo asesinato. Lang cuenta una historia sangrienta sin derramar una gota de sangre. El peligro está camuflado por globos y caramelos, se esconde detrás de un rostro amable, nace precedido por un silbido.

    Detrás de esta historia hay otra historia. Y tiene como protagonista a Peter Kürten, que en la década de 1920 en Alemania, entonces ahogándose en una oscura crisis económica y social, empapada por el descontento y la inseguridad, diseminó pánico y paranoia con sus atroces crímenes. Por su sangrienta forma de matar, a cuchillo, navajas y tijeras, la crónica roja lo llamó “el vampiro”. El hombre tenía fascinación. “Mi sangre y la de mis víctimas estará en la cabeza de mis torturadores”, dijo Kürten, hijo de un padre alcohólico, golpeador y abusador, tras ser apresado. “Debe de haber un Ser superior que creara la chispa de la vida. Ese Ser juzgará buenos mis actos puesto que vengué mi injusticia. Los castigos que sufrí destruyeron todos mis sentimientos de ser humano. Por eso no tuve piedad con mis víctimas”. La guillotina lo condujo al otro lado en julio de 1931, el mismo año del estreno de M. Sus últimas palabras, según la leyenda: “Una vez que me corten la cabeza, ¿seré capaz de oír, al menos por un momento, el sonido de mi propia sangre saliendo de mi cuello? Ese sería el placer para acabar con todos los placeres”.

    Lang, uno de los mayores exponentes de la edad de oro del cine alemán, maestro total, director de Metrópolis, obra clave de la ciencia ficción, tomó prestados algunos elementos de la historia de Kürten y los combinó con rasgos, las acciones y los procesos judiciales contra él y contra otros asesinos de aquellos años como Georg Karl Grossman y Fritz Haarmann, para configurar una nueva historia y una nueva criatura: Hans Beckert. Y Beckert, padre cinematográfico de psicópatas ejemplares como el excéntrico Patrick Bateman (Psicópata americano) o el cara de papa hervida John Doe (Seven), lleva el rostro de nene grande y cachetón y los ojos prominentes, entre asombrados y asustadizos, del actor húngaro Peter Lorre. Era eso lo que precisamente buscaba Lang para dar vida al monstruo. Porque el monstruo no solo debía tener un aspecto inocente e ingenuo: el cineasta buscaba que su asesino tuviera la apariencia de una persona corriente, el aspecto de un hombre que pudiera pasar inadvertido. Que sea uno como todos, cualquiera. De ahí que primeramente el director y su guionista, la escritora Thea von Harbou —esposa del realizador—, pensaron en titularlo Mörder unter uns (“Asesino entre nosotros”). El título se cambió, se ha dicho, porque sonaba demasiado a una alusión solapada del ascenso que el partido Nacional Socialista vivía por esos años, aunque es poco probable: al contrario de su marido, Von Harbou era una ferviente simpatizante del nazismo.

    La fotografía lleva la firma de Fritz Arno Wagner, pieza clave del expresionismo alemán, reconocido por su sugerente capacidad para retratar lo tenebroso. Wagner trabajó, entre otros, con Friedrich Murnau, esculpiendo sombras amenazantes en el clásico Nosferatu. M fue su tercera colaboración con Lang (la cuarta y última fue El testamento del Dr. Mabuse, de 1932), y de esta asociación creativa surgen cuadros portentosos y opresivos. La desafiante potencia de las sombras, poseídas por el expresionismo del que Lang se estaba alejando y precedentes del cine negro del que posteriormente, con títulos como Los sobornados, La mujer del cuadro o Mala mujer, el cineasta se convertiría en más que referente, un nombre obligatorio. Las figuras a contraluz, las persecuciones, el hampa imponiendo autoridad con reglas y códigos de variable consistencia, las instituciones corrompidas y los policías no del todo fiables: escenas y criaturas que se replicarán poco después en el film noir. Calles silenciosas, escaleras interminables, y una cámara que se acerca a los detalles (rostros, instrumentos de investigación, armas) y se mueve en círculos, encerrando a los personajes. La oscura silueta de Beckert, como la de Max Schrek en Nosferatu, invade el cartel que anuncia la recompensa para quien aporte a la captura del vampiro. La presencia de Lorre frente al espejo, con la “M” en la espalda, se muestra de tal forma que el hombre y su reflejo parecen dos seres distintos y similares al mismo tiempo, uno siguiendo al otro, uno escapando del otro.

    La economía de recursos es fascinante. La llegada de los agentes policiales a la caverna donde se lleva adelante el simulacro de juicio al asesino se resuelve sin necesidad de mostrar a los uniformados. Lorre, el protagonista, aparece muy poco en pantalla. En una de las secuencias cruciales, cuando es juzgado por ese tribunal alterno y subterráneo de criminales y marginales (“Todos los aquí sentados son expertos en leyes. De seis semanas en la prisión de Tegel a 15 años en Branderburg”), el asesino se desmorona y exclama, con todo su cuerpo: “Quiero escapar de mí mismo”. Lorre habla con cada músculo. “¡Pero no puedo!”, dice Beckert, asumiendo que en su interior existen grutas y cavernas que, por su profundidad, apenas puede, con suerte, sentir su existencia. “¿Acaso puedo cambiar? ¿Acaso no tengo esa semilla maldita en mí? ¿Ese fuego, esa voz, ese suplicio? ¿Pero quién me va a creer, quién conoce lo que hierve aquí dentro? Eso que grita y ruge en mi interior que debo hacerlo”.

    La idea y las formas de hacer justicia se contraponen en este último acto. Los delincuentes que lo juzgan en el subsuelo de una destilería fundida por la crisis están convencidos de que para apagar el dolor de las madres de las niñas es obligatorio matar al infanticida. De lo contrario, allá arriba, el monstruo podrá defenderse y, lo que es peor, volver al psiquiátrico, ser mantenido por los contribuyentes e incluso acabar saliendo nuevamente a las calles. Porque está claro que es un enfermo mental y que ni él mismo puede frenarse. “Quiero parar. Vienen conmigo los fantasmas de las madres y las niñas. Nunca me dejan. Excepto cuando lo estoy haciendo”. En este juicio paralelo, Beckert cuenta con un abogado de oficio, que propone entregarlo a la Policía, solo el Estado tiene la potestad de decidir sobre su futuro. Merece un juicio justo, la posibilidad de defenderse. Como todos.La imagen es casi todo en M. Pero Lang, en su primer largometraje sonoro, aprovecha el recurso con habilidad y sutileza: cuando el impulso asesino se manifiesta, este hombrecillo de saco oscuro y modales suaves silba, con placentera e inconsciente calma, una pegajosa melodía: En el salón del rey de la montaña, de Edvard Grieg, que ha sido versionada por bandas como Erasure y The Who, incluida en videojuegos (Doriath, Manic Miner), y películas como Zombies Nazis. Y, como le ocurrirá en el futuro a Alex, en La naranja mecánica, la tonada se convertirá en su condena. El vampiro es reconocido por un ciego, el vendedor de globos, que jamás le vio la cara, esa cara que lo hace uno más, invisible, en la ciudad. Simplemente lo escuchó silbar.

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