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    martes 04 de junio de 2024

    El atraso y el fóbal

    Sr. Director:

    Tienen cosas en común: todos hablamos de los dos. Pocos saben realmente del tema. Y, cuando la cosa no funciona, culpamos al técnico. Por último, los dos son temas viejos y manidos. ¿Cuánto hace que en el Uruguay se discute sobre el atraso cambiario? A mí me pegaron duro con el tema y hace más de 30 años de eso.

    Aprovecho para enfocar el recuerdo en la realidad: en los años 90 (cuando me tocó el baile), la inflación volaba (había pegado el 133% anual), recibimos una situación fiscal hiperdeficitaria, caída de reservas, altísimo endeudamiento, etc. Cuando conseguimos torcerle el brazo a ese monstruo, empezaron a entrar dólares a rolete y, enseguida, vino la presión para devaluar. Si hubiéramos aflojado, la inflación habría retomado enseguida y, en un primer momento, las reservas del Banco Central habrían caído fuertemente, con lo que eso significa.

    No devaluamos. Mantuvimos lo que se llamaba una “paridad deslizante”. Pero hicimos mucho fuera de la política cambiaria. Muchísimo, y no más porque no nos dejaron. Estábamos en minoría.

    Muy rápidamente, para que no se olvide: abrimos la economía (antes del Mercosur), desregulamos (los planes Pronade y Plades —desburocratización general y del comercio exterior, a manos de Alberto Sayagués y Laura Palma, no tuvieron parangón en las siguientes administraciones—), desmonopolizamos, desregulamos una serie de actividades, entre ellas, la telefonía móvil, la generación de energía (madre del tan mentado cambio de la matriz energética), la industria frigorífica y un cúmulo de otras actividades en el sector agropecuario, dejamos de convocar los Consejos de Salarios (lo que no generó ninguna de las calamidades que se le atribuyen, tanto así que los dos gobiernos siguientes mantuvieron la medida), para mencionar apenas algunas políticas que impactan en la competitividad del país y de manera más constante que los toqueteos del tipo de cambio. La prueba fue que, en aquel período, las exportaciones crecieron sustancialmente.

    Es en esos temas que hoy está la madre del borrego. Devaluar apenas correrá temporariamente la arruga.

    Se puede ser:

    — Rico y competitivo, exportando así alto valor agregado en bienes y servicios.

    — Pobre y competitivo, exportando bienes y servicios con algo de valor agregado.

    — Pobre y caro, como nosotros, que prácticamente solo podemos exportar productos primarios (salvo que haya subsidios).

    Se podría devaluar: por un tiempo mejoraría la situación de muchos. Por un tiempo mayor empeoraría la de muchos más, empujándolos a manos de la inflación.

    El tema es tratar de ser más competitivos, no más pobres. Entonces, el debe está en la falta de reformas estructurales: desregulación (estatal y laboral), desburocratización (pública y privada), terminar con los “cartorios”, abaratar el costo del Estado. Atacar las ineficacias, ¡ah!, y llevar rápidamente la educación al siglo en que vivimos.

    Ahora, eso es, sin duda, un deber del gobierno, pero no solo del gobierno. A no mentirnos: no es que el gobierno se resistió a un clamor popular por reformas. El Uruguay es muy falluto en esto: todos hablamos de cambiar, pero cuando lo hacemos estamos pensando en ti; mi caso es distinto. Porque atrás de cada cambio y reforma hay intereses, hay personas y grupos que se verían afectados y que, al oponerse, tienen más poder que el interés difuso de la población. Por eso terminamos exigiendo soluciones que nos parecen indoloras (para nosotros), o que patean los sacrificios para más adelante: devaluaciones, exoneraciones tributarias, ventajas comerciales, etc.

    Pero, en materia de atraso cambiario, como en el fóbal, no hay sucedáneos al esfuerzo y el sacrificio: para ganar, el cuadro tiene que sudar la camiseta.

    Ignacio De Posadas

    Cartas al director
    2024-05-15T22:03:00