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    El burgués apresurado

    N° 1982 - 16 al 22 de Agosto de 2018

    “Un delincuente no es otra cosa que un burgués apresurado”, ya que “el burgués trabaja y se rompe el alma para ganar plata”, mientras que “el delincuente quiere lo mismo, pero rápido, ya, de un día para el otro”, sostuvo recientemente el expresidente José Mujica.

    La nefasta izquierda hispanolatina —que tan bien representa Mujica— pone en un mismo pie de igualdad al reo que al empresario, al ladrón que al comerciante. Para ellos, el empresario es un “explotador”, una suerte de ladrón del valor agregado de las clases trabajadoras. Por lo tanto, “quien roba al ladrón, tiene 100 años de perdón”. De ahí que consideren a los cacos como “víctimas de la sociedad”, que “ser joven no es delito” o “que pague más el que tiene más”.

    Estas creencias son como un cáncer que se expande entre los principios liberales y republicanos que han hecho, hacen y harán, prosperar a la humanidad: el derecho a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la búsqueda de la propia felicidad.

    Para el pensamiento marxista (que predomina en la izquierda uruguaya), la burguesía es el mal de la sociedad capitalista, donde van tomando el poder que antes monopolizaban las monarquías, poseyendo los medios de producción y aprovechando esa posición para quedarse con la plusvalía generada por la fuerza del trabajo proletario.

    La concepción igualitarista (no igualitaria) que tienen los progresistas no contempla que las personas son todas diferentes, que tienen motivaciones diferentes, las cuales buscan satisfacer mediante acciones impulsadas por sus talentos y virtudes.

    En nuestra columna La falacia de la distribución de la riqueza comentábamos del Robin Hood Index de Bloomberg, que calcula cuánto le tocaría a cada “pobre” si se repartiera igualitariamente la riqueza de los “ricos”. Más allá del monto inicial que le corresponda a cada uno en ese reparto, la conclusión más contundente es que en menos de 20 años, la inmensa mayoría de los “nuevos ricos” van a volver a ser pobres y los “nuevos pobres” van a volver a ser ricos.

    Es que el dinero no sirve de mucho si no se tiene una idea de negocios para llevar adelante, la constancia para no abandonar en los momentos de incertidumbre, la capacidad de innovación o la de gestionar eficientemente los recursos productivos.

    Por lo tanto, el burgués que trabaja, se esfuerza y arriesga solo tendrá éxito si logra servir al prójimo. Tiene que ser un “benefactor” de la sociedad, ofreciéndole productos y servicios cada vez mejores y más baratos, de lo contrario, quiebra. A diferencia del estatista que impone sus deseos, el burgués solo puede persuadir para ganarse la elección de los consumidores.

    Comparar a un vulgar delincuente con un individuo que quiere mejorar su vida a través del esfuerzo fecundo, es una aberración incalificable. Son dos principios morales imposibles de unir, como no es posible unir el agua con el aceite.

    Por eso, ante estos atropellos, la disyuntiva es cada vez más de hierro: o ellos o nosotros.

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