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Quienes firmamos esta carta conocemos bien a Rodrigo Berges Burgos. Somos sus amigos. Seguramente por eso una confesión arrancada a golpes y bajo una presión que algunos de nosotros mismos padecimos no alcanza para derribar nuestra certeza. Rodrigo es inocente y no tiene ni tuvo nunca nada que ver con la muerte de Natalia Martínez.
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Claro que había pasado demasiado tiempo sin aclarar ese terrible crimen, que también a nosotros nos sacudió, y había que encontrar a alguien a quien cargarle esta mochila que para las autoridades ya resultaba demasiado pesada. Los que estaban más preocupados por encontrar “un culpable” que al “verdadero culpable” no repararon en humillar a Rodrigo, no permitirle ir al baño durante toda una noche, amenazarlo, prometerle que estaría en su casa si accedía a confesar lo que no había hecho, desnudarle y hasta golpearlo (algunos de nosotros escuchamos sus gritos durante el interrogatorio) para que, bajo esas condiciones, se hiciera cargo de lo que “alguien tenía que asumir”.
Luego vino una reconstrucción vergonzosa, que nos subleva como amigos de Rodrigo pero principalmente como uruguayos, y finalmente un juez que quiso mandar a alguien a prisión por un caso que “quemaba”.
Hace dos años que Rodrigo, nuestro amigo querido, está esperando en la cárcel que un Tribunal de Apelaciones termine de leer el expediente y se dé cuenta de lo que cada vez más gente sabe. Rodrigo no solo es inocente. Debe ser el tipo más inocente y sano que todos nosotros conocemos. Incapaz de hacer daño a alguien, de lastimar al prójimo siquiera con una palabra, de ofender a una persona con una actitud.
Nosotros, sus amigos, hemos visto y vemos el dolor de su familia. Hemos visto las complicaciones de salud de su padre, que no encuentra consuelo, y de su madre, que vuelve desgarrada de cada visita a la cárcel. Los vemos y los conocemos muy bien a todos. Son gente de bien, personas de trabajo, de esfuerzo, que no han perdido la fe en que la Justicia finalmente les devuelva a Rodrigo y con él la paz.
Somos amigos de Rodrigo y quizá por eso algunos piensen que lo que decimos no debería ser tomado en consideración. Nosotros decimos que además de amigos de Rodrigo (lo que nos permite poner la cara y dar fe de su inocencia), somos uruguayos y sentimos que lo que le pasó a Rodrigo nos pudo haber sucedido a cualquiera de nosotros.
Bajo esas presiones y las condiciones en que Rodrigo confesó lo que no había hecho para que no siguieran pegándole y humillándole, cualquiera de nosotros pudo haber confesado. Y eso no nos hubiera transformado en culpables, sino simplemente en seres humanos que se agarran de lo que pueden para que no les castiguen más.
Ojalá que lo que le hicieron a Rodrigo se repare, que Rodrigo vuelva a su casa y a su vida de trabajo y alegría sana de siempre, y que esto que le pasó no le pase a ningún otro joven de nuestro país. Ojalá que lo que los padres, tíos, primos y abuelos de Rodrigo están pasando, padeciendo cada día de Rodrigo en la cárcel, no lo tenga que vivir nadie más en nuestro país.
Es muy duro saber que hay alguien inocente, tan inocente como Rodrigo, en la cárcel. Pero a la vez da mucho miedo saber que el o los asesinos de Natalia siguen caminando por la calle, tranquilos, sin que nadie los señale con el dedo, viviendo su vida y quizá prontos para hacerlo de nuevo.
Daniel, CI 4.001.059-4; Mauricio, CI 4.138.017-2; Felipe, CI 4.013.275-0; Giuliana, CI 3.996.585-5; Ubaldo, CI 1.136.784-1; R.S., CI 1.708.305-1; Tati, CI 3.890.473-3; V.G., C.I 3.787.301-6; Daniel, CI 2.732.835-8; Inés, CI 1.416.414-9; Vero, CI 2.640.263-8; Daniel, CI 3.648.518-7