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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Hicieron bien en ocupar la planta”, dijo la señora vicepresidenta de la República, aludiendo a los funcionarios de Fleischmann despedidos porque la empresa decidió, por razones financieras, discontinuar la fabricación de sus productos en Uruguay, aunque seguirá presente en el país, comercializando sus célebres levaduras y demás productos elaborados en otros países.
Fleischmann, una empresa fundada por dos emprendedores austríacos en EE.UU., cumplió ciento cincuenta años en el mundo y más de sesenta en nuestro país. Está presente en muchos países de las Américas, desde Canadá hasta Chile, y tiene centros de investigación e innovación en todo el mundo.
Se trata de una empresa muy consolidada en los mercados internacionales que, dada su larga y proficua trayectoria, domina a la perfección los arcanos de la industria y el comercio.
No es una ONG ni una institución filantrópica. Es una empresa comercial que, legítimamente, busca su mayor rentabilidad y su mejor posicionamiento en los mercados en los que opera.
Si una de sus fábricas pierde plata porque su gestión está gravada por una muy alta imposición fiscal, porque la mano de obra local es cara y de muy módica productividad; si debe pagar los insumos, el combustible y los servicios públicos más caros de la región; si el mercado doméstico es minúsculo y pobre, pues bien, esa fábrica, después de honrar todas sus obligaciones, en especial las indemnizaciones al personal, dejará de operar. Y la empresa, si pese a todo decide continuar en esa casi inviable situación, importará los productos de alguna de sus fábricas más eficientes y, simplemente, hará logística, distribución y comercialización en esa sucursal.
Lisa y llanamente eso ha ocurrido en Uruguay, con Fleischmann y con muchas otras empresas transnacionales y, sin duda, seguirá ocurriendo, si no se arbitran soluciones.
La iniciativa privada, la empresa, la libertad de mercado, la competencia legítima han sido los pilares del capitalismo, el sistema económico que, por lejos, ha resultado más funcional a la democracia y a la organización republicana de las naciones. En el capitalismo se fundó la modernidad de Occidente, y hoy se expande a todo el mundo, incluyendo países con regímenes socialistas y economías centralizadas que, sin perjuicio, se integran al capitalismo para salir de centurias de atraso y opresión.
Los verdaderos artífices del capitalismo son los empresarios.
Sin empresarios y sin sus empresas desaparecería el capitalismo y con él la civilización occidental y seguramente también el republicanismo y la democracia.
El gran desafío de los gobiernos de hoy es conseguir de la voluntad de los empresarios que inviertan, que radiquen sus empresas en el país, y con ellas sus bienvenidas fuentes de empleo.
Es increíblemente poco lo que, a cambio, piden los empresarios: poder producir y competir con la mayor libertad y la menor regulación posibles.
La señora vicepresidenta, en lugar de analizar las causas por las cuales una empresa con más de sesenta años de trayectoria en el país, después de indemnizar a su personal y honrar todas sus obligaciones, discontinúa su gestión porque no puede seguir perdiendo plata, legitima y de algún modo estimula a los extrabajadores a tomar la planta industrial y ascender por la espiral del conflicto hacia perjuicios mayores para todos.
No es ocupando la propiedad privada, no es con la perpetuación del conflicto, no es tomando siempre partido, sin ningún análisis, por el mismo lado en el contencioso empresa/trabajador, señora vicepresidenta, que usted logrará atraer inversiones, mantener el grado inversor del país, mejorar la oferta de empleo ni enganchar de una vez a este pequeño vagón de cola, a la locomotora del desarrollo.
La empresa —en este caso Fleischmann— debe ser rentable o desaparecer.
El gobierno debiera asegurarle el escenario (equilibrio macroeconómico, libre competencia, marco legal confiable, reglas claras y ecuánimes, presión fiscal sensata, costo/país competitivo, etc.) para que desarrolle su mejor desempeño.
Cuando todo esto fracasa, no es la solución ocupar la planta industrial, señora vicepresidenta, como usted aprueba, ni, por cierto, lanzarse a las cuchillas, como hubiese hecho otrora.
El arma de la democracia es el voto. Es el catalizador del cambio. Es hora de que lo empuñemos con decisión y buena puntería, antes de que la historia nos deje definitivamente atrás.
Álvaro Secondo Escandell
CI 1.174.509-9