“Ojalá que llueva café”, decía la bachata de Juan Luis Guerra. En Argentina, con agua bastaría.
“Ojalá que llueva café”, decía la bachata de Juan Luis Guerra. En Argentina, con agua bastaría.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEs que según los expertos a la hora de repasar los datos de los últimos 30 años surge que en el período comprendido entre abril de este año y agosto las pampas gauchas atraviesan la mayor sequía. Pero además 2022 será el quinto consecutivo con lluvias por debajo de lo normal.
La sequía afecta a 140 millones de hectáreas y el fenómeno se extendería hasta el próximo verano. Las provincias más dañadas son Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, de acuerdo con información de la Secretaría de Agricultura de la República Argentina.
Argentina, en la que siempre ocurre lo mismo, esta vez ha sido alcanzada por “algo nuevo”. ¿O no tanto? El cambio climático.
El verano pasado podía cruzarse “a lo Cristo” por el río Confluencia, un generoso chorro violento de agua cristalina en la Patagonia argentina, caminando sobre las aguas o más sobre las rocas y las truchas muertas en el fondo del lecho.
Un trabajo del FMI del último informe Perspectivas Económicas 2023 demuestra que la demora de políticas para morigerar el impacto del cambio climático en las economías provoca menos crecimiento y más inflación. Los gobiernos no tienen que dormirse, advierte.
Es cierto que esos cálculos hablan de consecuencias muy a pequeña escala (todavía) y por lo general a plazos largos con lo cual uno pierde noción sobre “la temperatura del agua” (y a los políticos solo les importa la próxima elección).
Pero lo que sí ya se vive en Argentina es la consecuencia de esta sequía sobre un tema mucho más visceral y urgente como la cotización del dólar. ¿Cómo es eso? Simple. Sin agua suficiente no habrá producción agrícola, tampoco cosecha, y Argentina no tendrá qué exportar. Se encienden las señales de alarma.
Primero, una aclaración. La sequía afecta también las pasturas del ganado pero por una cuestión de comodidad y capricho para la macroeconomía argentina la mayoría de los análisis que circulan hoy entre bancos y analistas porteños se concentran en los granos.
Según las últimas estimaciones de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), provincia de Santa Fe, y de la Bolsa de Cereales de la Ciudad de Buenos Aires, se aguarda una cosecha de trigo de 13,5 a 14 millones de toneladas en Argentina contra los 23 millones del año pasado, lo que significa una caída de casi 40%. Sí, ¡40% menos!
Pero como la falta de humedad en los lotes retrasó la siembra de maíz y soja los otros dos principales cultivos que se siembran en el país también impactarán en la falta de dólares.
Como Argentina busca divisas que no sean pesos (en eso no hay ningún cambio y es lo mismo de siempre), lo que ocurra en buena medida en 2023 dependerá de lo que suceda con la oferta de dólares y, para ello, la performance del campo será desequilibrante. Las exportaciones del agro en Argentina son casi el 40% de las ventas totales al mundo.
El Banco Central arrancó mal en noviembre. Vendió en una semana más de la mitad de las divisas que había comprado en octubre. En solo cinco días hábiles se le fueron por la ventanilla US$ 390 millones, apenas US$ 108 millones abajo de los US$ 498 millones que vendió en todo octubre.
La consultora Fernando Marull & Asociados con sede en Buenos Aires estima que las exportaciones del campo serán US$ 36.414 millones —sobre un total de US$ 86.814 millones—, asumiendo niveles de cosecha en maíz y soja similares a los de 2022 y precios algo menores. El problema por el momento es que la sequía afectó a la cosecha de trigo.
Pero, si la sequía afecta también al maíz y la soja como en 2018, el agro exportaría solo US$ 30.000 millones.
Hoy la clave en Argentina pasa por llegar a abril de 2023, que es cuando ingresa la cosecha de soja. Si sale todo bien, el Banco Central vendería solo U$S 1.600 millones hasta marzo de 2023. Son cinco meses largos donde la autoridad monetaria tiene que controlar tres variables para “pasar el verano”:
—las importaciones, que significan “salida de dólares” en un país como Argentina, resultan controladas a través de un sistema informático que el Ministerio de Economía monitorea como 1984 de Orwell pero en 2022;
—el gasto en turismo, que tiene que bajar a niveles de US$ 500 millones para que no sigan yéndose dólares, en setiembre (último dato) fue US$ 726 millones, un nivel “alto”.
—el financiamiento de la deuda privada, que a setiembre subió a US$ 7.600 millones y actualmente debe estar en US$ 9.000 millones.
Es fácil llegar a Buenos Aires y tomar la Ruta 5 que sale como una flecha para el corazón granario argentino. El camino resulta rodeado de dos franjas amarillas como la camiseta alternativa de Boca Juniors. Hace un año en la zona núcleo estaba sembrado el 50% de los lotes de soja; hoy, solo el 5%.
“Se sembraron algunos lotes pero solo tienen la humedad para poder germinar, teniendo esperanzas de nuevas lluvias en la primera quincena del mes de noviembre”, afirmaba una de las bolsas provinciales de Argentina a fines de octubre. Pero la lluvia no sucedió.
Argentina tiene reservas propias, netas, sin contar los dólares de depositantes (encajes), ayudas de China y otros recursos, por US$ 4.927 millones según cálculos del mismo Marull & Asociados.
Aun así todo parecía estar bajo “control” con una cifra tan baja.
¿Por qué?
Porque un acuerdo con el FMI le permitía al país que el organismo le fuera girando dólares para hacer frente a los pagos de las obligaciones que tiene con el mismo fondo y que contrajo en 2018.
Porque con los acreedores privados Argentina había cerrado un canje de deuda en 2020 que le permitió posponer los principales pagos hasta dentro de varios años. Muy parecido a lo que Uruguay había hecho en 2002.
Cayeron la pandemia, la guerra y la sequía, casi tres jinetes del apocalipsis, y de repente Argentina encuentra que su situación es más débil que la de otros países vecinos.
Los productores agropecuarios en Argentina hablan hoy de hacer “economía de guerra”, una expresión que el expresidente Raúl Alfonsín utilizó allá por 1985 para hacer referencia a los sacrificios que debía afrontar el país casi 40 años atrás para sortear las miserias que significaban el pago de la deuda externa y la alta inflación.
“Se necesitan más de 100 mm para que las siembras sean normales y se recupere la tranquilidad. Aún no se ha podido sembrar ni una hectárea con soja”, dice el informe de la BCR. En Santa Fe agregan: “Más de la mitad de los productores van a reducir las dosis de fertilizantes y algunos no van a fertilizar. Otros no colocarían inoculantes. Muchos productores optarán por una estricta economía de guerra”.
Ya en Buenos Aires no se escucha casi a economistas. Y con un clima pre-Mundial todavía sin efervescencia, los climatólogos ganan el prime time y la atención por el momento.
Los pronósticos para noviembre no son alentadores: “La presencia de un importante centro de alta presión que se ubicará sobre la porción central del país inhibirá la formación de nubosidad alejando la posibilidad de precipitaciones durante las primeras semanas del mes”. Y también es difícil que se den en las semanas siguientes las tan ansiadas lluvias. “Hay un atraso muy grande. Después de lo que pasó con el trigo y con los malos pronósticos y la gran cantidad de milímetros que faltan en los suelos estamos muy preocupados”.
Argentina es un país único en la región porque tiene una población que no confía en el peso y se vuelca entonces a demandar dólares. De ese modo, ante cualquier cambio en el precio de su tipo de cambio los productores o empresarios no demoran en trasladar el aumento del insumo importado en el precio local en pesos. Es lo que los economistas llaman pass through. En Argentina es mucho más alto que en Brasil, Chile, Uruguay o Perú, una característica de una economía con inflación crónica.
De ahí que sea tan traumático un aumento en el precio del dólar, una devaluación del peso, esto es, cada vez que no hay reservas suficientes en el Banco Central.
Como el gobierno y la autoridad monetaria saben de esas consecuencias nocivas para el poder adquisitivo de la población, procuran evitar movimientos bruscos a cualquier costo. Y es lo que están haciendo hasta ahora. O tratan.
La economista Marina Dal Poggetto suele decir que “no se construye una hiper de la noche para la mañana. Pero estamos trabajando activamente en forzar un nuevo cambio de régimen inflacionario que hoy ya corre arriba de tres dígitos anuales con precios rezagados como el de las tarifas, los combustibles y el dólar”.
*El autor es editor jefe de Economía en el diario Clarín. Especial para Búsqueda.