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    El clóset de la hipoacusia

    Sr. Director:

    No ver separa a las personas de las cosas.

    No oír separa a las personas de las personas. Pero la hipoacusia (baja audición) no rinde como discapacidad para hacer política.

    De la audición depende la estabilidad y el equilibrio. Los sentidos se auxilian entre sí. El oído le avisa al ojo que viene un auto.

    Los  calvos se golpean más la cabeza porque no tienen pelo que les avise. Literalmente aprenden a los golpes. Después se entrena el cerebro.

    Los autos son cada vez más silenciosos y la vía pública, más ruidosa, de riesgo de vida para un hipoacúsico.

    El paisaje sonoro de Montevideo no tiene control alguno.

    Sería hasta un buen negocio, para recaudar, el uso de sonómetros y que el ruido sea considerado una infracción.

    No solo es una infracción, sino que el silencio es un derecho humano, bastardeado y desconocido. Con mala prensa.

    Hay que “romper el silencio”, hacer “un minuto de silencio” por los muertos, “había un silencio sepulcral” y la imagen de la enfermera (“shh”) lo indica en los nosocomios.

    No tiene esa mala reputación el ruido. Pues bien, en las zonas ruidosas disminuye el valor de la propiedad. No dormir enferma y el ruido perturba el ciclo del sueño.

    • No es mi tema.

    Cada vez más jóvenes y adolescentes pierden la audición por estar expuestos a más de 120 decibeles por fin de semana durante años, más uso de auriculares con música a alto volumen y los puede perturbar los 88 decibeles de la aspiradora luego de una noche expuestos al ruido de esos 120 o más decibeles.

    • Se oye pero no se escucha.

    130 decibeles es el sonido que produce un avión al despegar y 140, el umbral del dolor.

    No nos estamos escuchando porque la conversación normal está en el nivel de los 55, 60 decibeles y la mal llamada “música funcional”, por encima de ese nivel en cualquier bar o restaurante. No nos estamos escuchando porque, teniendo el sentido del oído intacto, se ha perdido el arte de conversar, que fue el logro más grande de la humanidad y lo que importa más es escuchar el eco de la propia voz que lo que tiene para decir el otro.

    Suben los decibeles en los supermercados porque la música es parte de la estrategia de marketing sensorial.

    Se regula el volumen de la música según los horarios.

    Cerca de la hora de cierre, para que el usuario se apure, se puede escuchar a los Stones, por ejemplo, con el tema Paint it black, a todo volumen y va la compra impulsiva y rapidito. Algo que suena fuera de contexto y no se razona por exceso de estímulos.

    Se van agregando  sonidos ambiente: los que hacen los scanneres de las cajas, el sonido que avisa el número de turno en las áreas que no son de autoservicio, las notificaciones de los celulares, la gente que le habla al teléfono celular o hace pública la escucha de un mensaje de audio privado. Más el coro de voces que no actúa en forma coral, sino desordenada y dispersa, ruidosa. Una situación psicotizante, por fuera de cualquier realidad normal.

    •Todos emisores.

    • Cultura es conversar

    Algo similar ocurre en un asado entre amigos, cumpleaños o encuentro de más de dos personas. Y la música para animar, enruidecer.

    El recién llegado a la reunión, con todos los bríos, y a toda voz que interrumpe un relato, y una serie encadenada de interrupciones abruptas, groseras, que son una falta de respeto a quien tiene la palabra y no están mal vistas.

    El silencio cumple la función del espacio en blanco en el texto. Imprescindible para que todas las letras no formen un manchón negro y el texto sea legible.

    • La redundancia “ruido molesto”.

    Toda fuente de ruido es molesta. La expresión “ruido molesto” es una redundancia. En todo caso, existe el ruido y el sonido.

    Nadie parece querer “romper el ruido” y hasta se busca algo que suene y acompañe en la soledad y el grupo.

    Desde el silencio se escucha, se lee, se contempla.

    Es el silencio el que alumbra el pensamiento y despeja la mente.

    La instropección y el diálogo interior requieren del silencio para poder ser. Y, sin embargo, el silencio desacomoda, intimida, enrarece el clima. Un recurso reservado para las peores circunstancias.

    • La hipoacusia llegará a todos.

    Hay un gran ganador en medio de tanto ruido, falta de conciencia, prevención, desinformación y desconsideración: el vendedor de audífonos.

    A partir de los 65 años comienza la pérdida de audición en el normal oyente, la presbiacusia llega, como llega la presbicia a partir de los 40 años, y son necesarios los audífonos.

    El precio es de cinco mil dólares (es falso que con los de menor precio se escuche sin interferencia) y requiere un trabajo de adaptación guiada que no se hace. Se venden audífonos como zapatos.

    • Si la discapacidad es visible, ostentamos. Si es invisible, ignoramos.

    Es muy difícil oír todos los sonidos a la misma vez  y aprender a ubicarlos en un plano que no interfiera con lo que se necesita escuchar. Esa es una capacidad que tiene el normal oyente, con un cerebro apto para procesar el sonido.

    Las personas añosas se niegan a usar sus audífonos porque los aturden.

    Más de 15 empresas, solo en la ciudad de Montevideo, dedicadas a vender audífonos. Varias son audiópticas, pero la óptica es la unidad de negocio con más volumen de ventas y más gente especializada o fácil de capacitar.

    El primer contacto que el hipoacúsico tiene con alguno de estos comercios es un contestador automático con opciones numéricas para ser atendido.

    El mensaje de bienvenida no fue grabado por un locutor profesional, sino por la recepcionista que habla como se le habla a un normal oyente.

    No es cuestión de volumen solamente. Hay que colocar la voz y articular de manera clara y pausada las palabras.

    Tampoco es adecuada la voz femenina. El hipoacúsico escucha más y mejor las voces masculinas.

    • La farsa de la empatía

    Por el Covid se llenaron los lugares cerrados con mamparas divisorias. Llegaron por un evento y quedaron efectivas. Sin micrófono para proyectar la voz de quien tiene que dar información y explicar.

    Situaciones que se viven en las redes de cobranza, en las mutualistas y hasta en la ferretería, por citar algunos ejemplos.

    • El número seis y el tres suenan igual.

    Las palabras huevo, hueco, hueso se confunden. Puede haber un hueco en la información, pero no un hueso o un huevo. Ese trabajo de discriminación requiere velocidad mental para situar la palabra en el contexto de una sola frase. El cerebro va a toda velocidad.

    Un parlamento o narración contiene varias frases. El esfuerzo resulta agotador y muchas veces frustrante. Lo mismo sucede con los contenidos audiovisuales sin subtítulos.

    No se arregla, no se escucha, subiendo el volumen ni hablando “fuerte”, otro término mal empleado. El volumen es alto o bajo.

    • El paria de la discapacidad

    El hipoacúsico tiene eso de que no es sordo (acúsico) ni normal oyente. Hay que explicar qué significa la hipoacusia, pero decir “sordo” facilita para no cansarse de dar explicaciones ante un tema que al otro no le interesa. No le interesa a la sociedad. No le interesa al grupo de los inclusivos.

    El hipoacúsico es el paria de la discapacidad. No rinde políticamente, aunque supere en número a los sordos que, en Uruguay, no llegan a 40.000 frente a los, que se estima, 300.000 hipoacúsicos.

    La diferencia es que los sordos son un grupo de presión.

    El hipoacúsico no forma parte de ninguna comunidad organizada.

    • Un negocio rentable.

    La hipoacusia es un negocio muy rentable y nada ruidoso. El hipoacúsico pasa su vida aislado. La sociedad lo empuja a eso. Sus propios grupos de pertenencia no lo integran.

    No forma parte de un colectivo organizado y a nadie le importa mucho escuchar o aclararle de qué va la charla sin recibir como respuesta “nada, nada” frente a la pregunta: “¿Qué dijo?” o “¿qué fue lo último que dijo?”.

    Interesante es descubrir que el que oye no está escuchando, prestando atención, a lo que se dice porque no tiene respuesta a esa pregunta. O que todos hablan al mismo tiempo sin ninguna intención de hilvanar algo similar a una conversación. No es el mentado “diálogo de sordos”. Es un grupo  desintegrado de emisores.

    • La sordera no tiene quién la escuche.

    Estar frente a un grupo de personas que se ríen y solo se pueden suponer palabras sueltas que no cierran es trabajoso. “Una noche imponente y, de fondo, la luna con una pollera espectacular de nueve metros”.

    No, eso no puede ser, es lo que hilvanó el sordo sorteando las interrupciones, el sonido metálico de los cubiertos, la conversación paralela que sostienen otras personas ignorando al narrador y ahí empieza a subir el cortisol. La ansiedad con sudoración, el mareo y un malestar estomocal. Pronto es todo el organismo el que entra a acusar recibo del estrés de escuchar, entender, contextualizar y despejar sonidos. Y la luna que no puede tener “una pollera de nueve metros”.

    Toda una disquisición interior, un esfuerzo intelectual en medio de un afable asado se convierte en una experiencia demencial.

    El cuerpo pide  huir. Son los síntomas del aturdimiento. Con pérdida de equilibrio, estabilidad, naúseas, que al día siguiente pueden transformarse en un reprochador “¡te fuiste!” y que la falta de escucha impide explicar.

    • Los límites de la victimización.

    El silencio es una compañía para el sordo, mejor dicho hipoacúsico. Sordo es quien no oye nada, acúsico.

    Y si se entra en detalles, se ingresa en la zona de riesgo de la victimización. Hay mucha gente hostil al argumento, no dispuesta a interiorizarse. Tiene el no fácil, como fácil la estigmatización.

    Lo más fácil es tildar de victimizarse a quien padece una condición tan o más discapacitante que otras.

    Es la pérdida de un sentido que genera muchas pérdidas a nivel laboral, al acceso a la oferta de ocio y entretenimiento, a la interacción social y pertenencia a grupos.

    El hipoacúsico está solo lidiando con obstáculos continuos.

    El enojo, el mal humor y la ira eran rasgos de personalidad que cuentan de Beethoven. Y son los normales oyentes los que se fastidian o tienen disminuida la empatía ante quien no oye bien. Otro término de moda: “empatía”, como “victimizarse” o “naturalizar”.

    • Años de clóset.

    El hipoacúsico temprano también tiene su clóset. Años de simular para no perder oportunidades laborales, ser menoscado o soportar chistes malos, como movimiento de labios y muecas exageradas sin sonido cuando a uno se le ocurre confesar.

    No hay chistes para humillar a un ciego o a un parapléjico. Al contrario, se los trata con respeto y compasión.

    El hipoacúsico es un fastidio y objeto de burlas.

    Los demás le piden que haga un esfuerzo y que ponga voluntad. La barbaridad de obligarlo a que suba el volumen de prótesis digitales, inteligentes y con compresión. Como darle cuerda al reloj que se carga con el latido del pulso o es a pila. ¡Los consejos! Más dirigidos al beneficio propio que a favorecer al sordo.

    • “Para lo que hay que escuchar...”.

    Otra frase mezquina que se le dice al hipoacúsico cuando explica su condición. La ignorancia de pensar que la hipoacusia no le caerá por envejecimiento como la ley de la gravedad.

    Válido para “todes”, dirían los adalides de la inclusión de rampa, seña, mímica y lenguaje adaptado a la perspectiva de género.

    Una batalla que es mejor no dar porque, ahí sí, el silencio aturde.

    Se puede llevar una vida plena y feliz con esta condición. Solo acarrea un poquito más de desafíos y dificultades.

    Espero y deseo que me escuchen.

    Magela Misurraco