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    El déficit fiscal

    N° 1924 - 29 de Junio al 05 de Julio de 2017

    En el ocaso de sus días, madame de Staël se encontró con René de Chateaubriand, su amigo de todas las horas; su competidor de a ratos. Esto ocurrió en las postrimerías de 1817, cuando los dolores y frustraciones y peligros de la era napoleónica eran cosa del pasado, y la revolución una pesadilla de la que toda Francia pretendía haberse despertado. La tarde de esa entrevista quedó inmortalizada en una frase que resume, a modo de balance, el fuego que definió a esta mujer excepcional, polémica y tan certera a la hora de pensar y de escribir. Le dijo al vizconde: “Siempre he sido la misma: alegre y triste; he amado a Dios, a mi padre, a la libertad”. La ausencia de mención a alguno de sus otros posibles amores —como el del general Narbonne, como el apasionado y constante de Benjamin Constant, como el de sus hijos, como el de su madre— es poco menos que polémica. De la trilogía, el color que destaca notoriamente es el del padre, pues el amor a Dios y a la libertad son inherentes a la idea de destino, de consagración si se quiere absoluta; poner al banquero suizo en el mismo rango existencial habla, en verdad, de algo que sobrepuja cualquier determinación de circunstancia; es casi una razón de ser, una identidad.

    No hay más que recorrer las páginas de sus Consideraciones sobre la Revolución francesa (editorial Arpa, que distribuye Gussi) para comprender el peso de este crucial eje de su existencia, al punto que toda posible intención de testimoniar la historia tal como la vivió tan de cerca queda obturada y a veces desvirtuada por la desmesura de la admiración, por el tamaño de la pleitesía, por el hiperbólico acto de amor. Llega a escribir, sin rastros de rubor, que la asonada del 14 de julio estalló porque el pueblo quería que volviera Necker al gobierno; que las multitudes soliviantadas que tomaron las calles de París lo único que pretendían era que el sagaz ministro ocupara cargos de responsabilidad en la conducción del reino. No obstante, hace el esfuerzo por tomar distancia y si bien no llega a la imparcialidad, al menos tiene el tino de describir las fronteras conceptuales dentro de las que operó políticamente su amado padre.

    El dato más interesante que ofrece en este aspecto tiene que ver con la inclusión de la opinión pública como factor de atención para la fijación de las políticas de gobierno. Es M. Necker, en efecto, el primer gobernante de lo que será esa larga, ininterrumpida y por lo general perniciosa estirpe que pretende vincular las determinaciones económicas e institucionales al humor de los grandes públicos; consideraba, en efecto, que esa opinión que el estadista tenía el deber de identificar y encuadrar debidamente debía ser tenida en cuenta y de alguna manera satisfecha; creía que no se podía gobernar contra la opinión de las mayorías y que el deber de las autoridades que verdaderamente querían introducir cambios en la conducción de los asuntos nacionales consistía en derivar la legitimidad del gusto o las expectativas de la mayoría de la población. Madame de Staël, sobre la segunda década del siglo XIX, todavía no ve que este es el principio de la democracia y la causa fatal de su progresivo desprestigio e irremediable disolución, que la demagogia en lugar de sustentar la duración y pertinencia de las medidas, lo que hace es simplemente desviar el recto análisis de la realidad para sustituirlo por el análisis de las ansiedades en el seno de las masas. Con todo, no deja de resultar asombroso que lo proponga y elogie.

    Según ella, el programa de su padre fue vincular la economía a la opinión pública, cumplir con los pactos contraídos, porque “son la base del orden y del crédito de un Estado”. Otro punto raro, entonces y después, y más ahora que nunca, es entender que “la moral pública no debía ser distinta de la moral privada”. Dice también que Necker estimaba que “en muchos aspectos la suerte de los Estados debía manejarse con las mismas reglas que se aplican a las familias”. Y aquí el detalle de actualidad, que cualquier lector sentirá cercano; afirma la hija que la divisa de su padre en materia de gestión económica se debe reducir a “poner los ingresos en consonancia con los gastos, y conseguirlo preferentemente reduciendo gastos en lugar de aumentando impuestos”.

    No cuesta esfuerzo echar de menos a Necker.