N° 2068 - 23 al 29 de Abril de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn la columna pasada escribí sobre cómo en tiempos de incertidumbre conviene evitar la tentación de buscar y encontrar atajos simplificadores. La tentación de asumir respuestas simples cuando se trata de problemas complejos. Y, sobre todo, no caer en la tentación de “creer” o “dejar de creer” siguiendo la pista de los colores políticos en momentos en que se trata de intentar “entender” procesos complejos y no solo decisiones políticas concretas. Decía que esa tentación es peligrosa porque nos puede distraer de la información buena, esa que proporcionan los que saben y que, sobre todo, saben hasta donde saben y dicen hasta donde saben, sin ir nunca más allá.
En esa columna hablé de cómo conviene seguir la “pista científica” para lidiar mejor con un escenario tan incierto como este que estamos viviendo. Y me reafirmo en ello: no es momento de “creer”, sino de informarse e intentar “entender”, especialmente de aquellos que reconocen sus límites en un escenario cambiante y no los esconden bajo alguna máscara de certezas políticas prepandemia. Reconfortarnos, lo dije también, no es tarea de la ciencia, sino más bien de la religión. Y si bien creo que eso es correcto, no es del todo “humano” pensar que con eso basta. Y es que incluso los ateos (yo por lo menos) sentimos que no siempre es suficiente con la razón cuando es el corazón quien pide calor y respuestas. Cuando el miedo de estar pisando terreno desconocido nos llena de dudas y las respuestas razonadas no son suficientes para lograr bajar la pelota al piso.
Y fue justo ahí que me puse a pensar en el papel que la ficción viene jugando en estas semanas recientes en nuestras vidas. La ficción en su sentido más amplio, aquel que abarca el cine, las series, los libros, la música. Ficción entendida como creación humana, aquella que junto con nuestra capacidad de abstraer nos da características distintas dentro del mundo animal. Y más específicamente, me puse a pensar en el papel que la música estaba teniendo estos días en nuestro día a día. En cómo, casi sin darnos cuenta, terminamos volviendo a esos viejos discos y canciones, como quien regresa a las milanesas de la vieja.
Es verdad, vengo publicando en redes una serie de canciones que, por los más variados motivos, tienen algún significado para mí en esta pandemia. Algunas son viejas, otras son nuevas, todas me resultan conmovedoras. Pero al mismo tiempo, con tantas y tantas horas dentro de casa, vengo escuchando un montón de discos que alguna vez me fueron muy cercanos y que luego, porque me gusta siempre descubrir nueva música, había dejado un poco al costado. Teniendo claro el valor artístico y personal que tenían para mí, pero escuchándolos mucho menos. Hasta que el encierro y la necesidad de filtrar y descartar información me fueron llevando de nuevo hacia ellos.
Así, me descubrí repasando la discografía de Charly García, no toda, solo hasta Cómo conseguir chicas. Y la discografía de los Paralamas, hasta Os grãos. Es decir, volviendo a las milanesas de la vieja. Volviendo al Animals de Pink Floyd y al Segundos afuera de Galemire. Al Number of the Beast de Iron Maiden y al Nevermind de Nirvana. A revisar aquellos álbumes de John Mellencamp, Jaime Roos y The Clash. Todos y cada uno de ellos, discos que he escuchado infinitas veces. Y de los que descubrí que, en una situación en que incluso la más pura información científica disponible es cambiante y nos da más dudas que certezas, resultaban justo la clase de bálsamo que mi espíritu, sea este lo que sea, necesitaba, sin saberlo. O sabiéndolo, ya que quizá nuestra relación con la música sea como me decía un amigo argentino, melómano como pocos: algunas canciones nos conocen mejor que muchos de nuestros amigos, ya que con ellas hemos dialogado desde muy adentro cientos, miles de veces.
Pensaba en cómo sería esta pandemia, con su encierro y su nueva distancia social, sin arte, sin creación, sin música, sin ficción. Encerrados con nosotros mismos y un puñadito de los nuestros. Cómo sería no disponer de ese rato de televisión, cable o Netflix que sigue a la sacudida del informativo. No tener la posibilidad de la música para lijar la áspera incertidumbre del instante. Para mí por lo menos, lo sé, sería muchísimo más cuesta arriba. Especialmente por la imposibilidad de construir un auténtico “espacio seguro” personal, en el cual pararme, escuchar y poder pensar. Pensaba en cómo cada una de esas canciones, discos, series, películas, conciertos son una manera alternativa de estar afuera. Una manera de conectarse con los mundos de esos creadores y también (por una vez, benditas redes) con lo que otros sienten, piensan y disfrutan a partir de esas creaciones.
Y pensaba también cómo serían esas creaciones si cada uno de esos creadores no tuviera cómo financiar su tarea. Pensaba, en fin, en cómo sería nuestro encierro pandémico si se insiste en confundir el acceso democrático a la cultura y las artes con que estas deban ser creadas de manera honoraria. Pensaba en cómo ni una sola de las series que nos vienen salvando el alma en estos días existiría bajo ese modelo que cree que el arte es accesorio (o subordinado a la ideología) y por tanto no debe ser profesional. O que no importa si lo es o no. Pensaba en que, si te gustan Michael Douglas y Alan Arkin en El método Kominsky, quizá vendría bien entender que, si los disfrutas en una pandemia, en casita, es porque existe una industria que sostiene la creación y la trae hasta tu pantalla hogareña.
Siempre me pareció absurda esa idea de que, si alguien está implicado de alguna manera en un tema, está automáticamente vetado para hablar sobre ese tema. Estar implicado puede sesgar tu mirada, es cierto, pero también te da material “interno” para analizar el asunto. Y al revés, si un tema no te interesa ni afecta en lo absoluto, es difícil que te interese intercambiar sobre él. Así que, siendo parte implicada en este asunto de la creación, me gustaría preguntar cómo sería nuestro encierro sin arte, sin ventanas de ficción al exterior, sin esas canciones que de tan adentro que las tenemos no las podemos considerar más ficción. Cómo sería un mundo en el que todos los teatros, cines, estudios, salas de ensayo, grupos de teatro, de música, orquestas, etc., súbitamente dejan de existir porque hay una pandemia y nadie considera que valga la pena protegerlos, porque el arroz siempre está primero. Pensar en si una vida que tenga solo arroz y no tenga belleza, mas allá de lo que entra en la panza, puede seguir llamándose vida. Pensar cómo sería ese otro encierro dentro de este encierro en el que ya estamos.