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    El escenario para las elecciones nacionales es “claramente más abierto” porque la oposición muestra “renovación” y el Frente no

    Si el discurso del oficialismo hacia los partidos tradicionales se sigue pareciendo al de los veteranos caudillos blancos y colorados antes de 2004, mayor será su probabilidad de perder

    La importancia relativa del gran número de resultados específicos de las elecciones internas del domingo pasado (las “primarias abiertas y simultáneas”, PAS) depende de los puntos de vista. Si por resultados “importantes” se entiende “los que tendrán mucha influencia en la campaña hacia las elecciones parlamentarias y presidenciales de octubre de este año y dicen algo relativamente nuevo sobre el humor político de los uruguayos”, entonces la lista se acorta mucho. La que se presenta a continuación, que no pretende ser exhaustiva (no es “la” lista), resume algunos resultados muy importantes (según la definición anterior) de estas internas:

    —la victoria de Lacalle Pou en la interna del Partido Nacional;

    —las votaciones de Raúl Sendic y Constanza Moreira en el Frente Amplio, y

    —la nueva caída de la participación, bastante más veloz que la observada entre 2004 y 2009, sumada al elevado número de votos en blanco.

    Esta lista no es original. Los medios, los políticos y los analistas ya han subrayado la relevancia de todos esos resultados, comenzando por el ganador de la interna blanca. En lo que sigue, primero se analiza el desempeño de las encuestadoras; luego se examinan las razones que hacen que los resultados anteriores sean realmente importantes, y por último se exploran algunas de sus consecuencias.

    Siguen las piedras en los zapatos de los encuestadores

    Luego de las internas se expresaron muchas críticas, algunas muy severas, hacia el desempeño de las encuestadoras. Un recuadro de El Observador del martes 3 se titulaba “Lacalle Pou cuestionó las encuestas”. El País de la misma fecha, en un recuadro titulado “Interior: malestar con pronósticos de encuestas”, resume declaraciones del intendente de Río Negro, Omar Lafluf: “Esto es alarmante. Los encuestadores no saben absolutamente nada…Los encuestadores deberían irse o acá pasó algo diferente y tendrán que decirlo. Todo es muy raro”. También hubo críticas a la subestimación de la votación recibida por José Amorín en el Partido Colorado. En general, las críticas más duras provienen de los sectores que perdieron. Esto, sin embargo, puede sugerir algo respecto a los motivos de las críticas o a su virulencia relativa, pero no dice nada sobre la sustancia del asunto. Las críticas específicas (sobre todo la principal de ellas, la referida a la interna blanca), ¿son razonables o no?

    A juicio de este observador la crítica referida a la interna blanca es correcta. Los encuestadores profesionales debieron hacer las cosas mejor. Por un lado, nadie pronosticó un ganador. Pero casi todos reportaron una pequeña ventaja para Larrañaga (Cifra, Equipos, Factum, Interconsult y Radar), y el único que no lo hizo (también sin arriesgar pronósticos), Opción Consultores, reportó una ventaja de sólo dos puntos porcentuales para Lacalle Pou. En todos los casos estas diferencias son porcentajes entre los votantes esperados de la interna blanca, de modo que todas ellas estaban dentro de los márgenes de error de las encuestas (y por eso las encuestadoras no hicieron pronósticos).

    Por otro lado, lo anterior significa que todas las encuestadoras, sin excepciones, esperaban una elección cerrada. No lo fue: Lacalle Pou ganó por ocho puntos porcentuales (tal vez nueve, cuando se conozca el cierre del escrutinio primario, aún no completado hasta el miércoles 4 al mediodía). En sus datos finales varias señalaron, a mi juicio correctamente, una “levantada” muy clara de Lacalle Pou durante los dos últimos meses de la campaña. Pero, siempre a mi juicio, con esto no alcanza: los profesionales no pudieron o no supieron hacer las cosas mejor, y los críticos que se quejan tienen razón. Las encuestadoras siguen teniendo una piedra en el zapato.

    Esto es lo esencial. Se puede discutir si el error era inevitable porque los cambios decisivos ocurrieron en la última semana, en cuyo caso las encuestadoras fueron más infortunadas que incompetentes, o si, al contrario, fue un error evitable (“no saben nada”). Pero esta discusión, que sin duda afecta el juicio sobre la solvencia profesional de las encuestadoras, no cambia el punto central: sean cuales fueren las razones, en la interna blanca las encuestadoras profesionales le erraron.

    Así resuelto (a mi juicio) el debate sobre la interna blanca, la evaluación del trabajo de las encuestadoras no puede atender sólo a lo ocurrido en la interna blanca. En la interna colorada también hubo errores, pero menores que los ya examinados, y hubo un pronóstico unánime y correcto (todas dieron ganador a Bordaberry). Desde un punto de vista profesional no es un mal resultado (pero es enteramente natural que los que se sienten perjudicados por los errores lo vean muy críticamente). En este caso, además, en cuanto a la votación de Amorín ya se sabía por adelantado que había un problema de subestimación. En este mismo espacio, en la edición anterior de Búsqueda, se sostuvo: “La experiencia relevante sugiere que Amorín debería votar mejor, pero ese 16% es el resultado de la encuesta. Las dificultades de estimar el número de Amorín parecen estar vinculadas a una regularidad histórica: normalmente las encuestas subestiman el voto colorado en mayor medida que los demás, y el voto colorado más tradicional tiene casi seguramente más peso relativo entre sus votantes que entre los de Bordaberry”. Las victorias de Amorín en Artigas y Rivera fortalecen este argumento.

    En la interna del FA todas las encuestadoras presentaron números muy razonables (como siempre, algunos un poco más razonables que otros). En cuanto a las estimaciones de la participación, aunque muchos no arriesgaron pronósticos escritos, todos esperaban una participación más baja que la de 2009. Uno de los que sí fueron escritos, el de Cifra (en este mismo lugar), que esperaba una participación de 40,6%, no fue lo suficientemente preciso: 37% está un punto más abajo que el margen de error esperado para un 95% de confianza (38% a 44%), aunque sí lo está para un 90%. Es mucho mejor que lo hecho en 2009.

    Entonces, una evaluación equilibrada de la actuación de las encuestadoras antes de estas internas, a mi juicio, podría resumirse así: los profesionales siguen teniendo una piedra en el zapato, pero ahora la piedra es más chica. Las encuestadoras están mejorando, especialmente teniendo en cuenta que tuvieron sólo tres instancias previas (1999, 2004, 2009) para hacer su aprendizaje. Es probable que en 2019, si se mantienen estas mismas reglas, sigan mejorando.

    Un juicio global sobre las encuestadoras uruguayas, finalmente, no puede basarse sólo en lo anterior. Debería incluir el trabajo para la TV en el mismo día de las elecciones, y también sus resultados anteriores, pre- elecciones departamentales y (sobre todo) parlamentarias y presidenciales. En todos estos aspectos la comparación internacional (no sólo latinoamericana) es favorable para los profesionales uruguayos. Apenas un botón de muestra: de las tres últimas elecciones presidenciales en la región (Colombia, Costa Rica, Panamá), en las dos últimas las principales encuestadoras le erraron malamente al ganador.

    Una nueva caída de la participación electoral

    En cifras redondas, la participación electoral (37%) fue ocho puntos porcentuales más baja que la observada en 2009 (45%). Una caída adicional a la registrada en 2009 era previsible, porque en 2009 había competencia en dos de los tres partidos mayores y ahora sólo la había en uno de ellos. El tamaño relativo de esta caída 2009-14 es igual al observado entre 1999 (las primeras PAS) y 2004. Para entender el significado de esta nueva caída es necesario comparar las cifras gruesas de 2009 y 2014. El análisis siguiente parte de los resultados oficiales difundidos hasta el miércoles 4 al mediodía. El detalle de los números puede cambiar con los resultados finales, pero las conclusiones sustantivas ya no cambiarán.

    Se puede estimar que en las internas de 2014 votaron aproximadamente 150.000 personas menos que en 2009. La votación colorada fue similar a la de 2009 (cerca de 130.000 votos); la votación blanca fue más baja (cerca de 80.000 votos menos) y la del FA fue bastante más baja (del orden de los 140.000 votos menos). Lo que hace que todos estos números “cierren” es una cifra de votos en blanco y anulados mucho mayor en 2014 que en 2009 (en 2014, más de 100.000 votos para la elección nacional).

    Por lo tanto: lo que explica la caída 2009-14 del total de votantes en las internas no puede ser sólo la competencia, porque entre los colorados la votación de 2014 tuvo tanta competencia (o tan poca) como la de 2009, pero los resultados fueron similares. El núcleo del problema está principalmente entre los votantes del FA, cuya caída en cifras absolutas fue bastante mayor que la de los blancos, y en cifras relativas a sus respectivas votaciones de 2009 fue mucho mayor.

    Las votaciones de Sendic y de Moreira

    La votación de Constanza Moreira ha sido comparada a la de Astori en su primera competencia (también contra Vázquez), pero esa comparación parece inapropiada a la luz de los muy diferentes recursos y presencia previa de ambos. A mi juicio, Moreira fue, en términos relativos, mucho más exitosa.

    A esto se suma la excelente votación de Raúl Sendic, que antes era electoralmente poco, y pasó súbitamente a ser la lista más votada del FA. La caída del MPP fue igualmente espectacular y se ha sostenido que el ascenso de Sendic explicaría el grueso de la caída del MPP.

    La victoria de Lacalle Pou

    El detalle de los números de la victoria de Lacalle Pou (y sobre todo el margen de esa victoria) probablemente se definió recién en los dos últimos meses de la campaña. Los números de Cifra (y también de otras encuestadoras) indican que su campaña tuvo básicamente tres etapas. La primera fue muy breve, de no más de dos meses, desde su declaración formal como precandidato del Herrerismo (en ese momento tenía alrededor del 6% de las intenciones de voto de los probables votantes en la interna blanca) hasta llegar a cerca de un tercio de esas intenciones de voto; fue la clase de ascenso que suele llamarse “meteórico”.

    Luego de ese ascenso inicial siguió, durante cerca de un año, una segunda etapa: una “meseta” de relativa estabilidad, con algunas oscilaciones. Durante ese año de aparente estabilidad hubo trabajo duro y una estrategia consistente que, para un observador externo, buscaba enfrentar las ventajas que en ese momento y hasta el final de la campaña le llevaba su principal rival, Larrañaga: no meramente en la intención de voto, sino, sobre todo, muchas encuestas de distintos encuestadores lo veían como el competidor más difícil para Vázquez, como el más experimentado entre los dos posibles ganadores de la interna blanca (Lacalle Pou “estaba verde”: era claro que en él estaba el futuro del Partido Nacional, pero eso valía para el futuro, no para el presente), y como el ganador de la interna.

    La estrategia implícita en los dichos y acciones de Lacalle Pou fue vista por muchos observadores como inapropiada para la previa de una elección interna: el énfasis contemporizador no “cerraba bien” con un electorado blanco que quería ganar (y presumiblemente buscaba “pegarle” a Vázquez). Pero era una estrategia casi obligada por la necesidad de despegarse pacíficamente de “los viejos” del partido (incluyendo aquí a su propia familia) y del Herrerismo, tal como lo había hecho Bordaberry cinco años atrás. Si ese “despegarse” no ocurría, entonces quedaba probado que Lacalle Pou estaba verde.

    La tercera y última etapa de la campaña fue, como la primera, relativamente breve, y fue el tiempo de la cosecha. No revirtió las ventajas de imagen que durante todo el tiempo, hasta el final, le llevó Larrañaga, pero parece claro que consiguió algo mejor: despertar un entusiasmo (entre blancos y unos cuantos no blancos) que al final le consiguió la victoria.

    Este análisis (infortunadamente para el analista, mucho más claro y sencillo con el diario del lunes en la mano que antes del domingo), a su vez, sugiere otras conclusiones adicionales. El ascenso veloz de la primera etapa se debió a la captura rápida del grueso del tronco herrerista. La victoria, construida a lo largo de la segunda etapa, pero cristalizada recién en la tercera, la decidió el entusiasmo de un electorado más joven y más moderno, mucho más fuerte en Montevideo y sus alrededores. En las cifras finales, en el interior del país los dos precandidatos básicamente empataron. No así en Montevideo: la amplitud de la victoria de Lacalle Pou es montevideana o del “gran Montevideo”. Cuando se examinan las grandes regiones del país, Larrañaga gana claramente en el país profundo, el país blanco; las cosas están más parejas en el país no frentista pero más rico y moderno (desde Salto hacia el sur, todo el litoral hasta San José, más Florida). Lacalle Pou gana en Canelones y Maldonado, y gana por amplio margen en Montevideo. A grandes rasgos, a más “modernidad” (y prosperidad), mayor es su votación. Esto, claramente, ya no es el viejo herrerismo, aunque sin él no lo hubiera logrado. La estrategia de Lacalle Pou, en esencia (y como él mismo lo dijo con palabras algo diferentes), le permitió sumar exitosamente el agua y el aceite, tarea difícil si las hay.

    Consecuencias

    Como ya se había observado en la edición anterior de Búsqueda, “los cambios en las intenciones de voto durante el último mes de la campaña señalan que en todos los partidos disminuyó la intención de voto hacia el candidato que tenía más apoyo”, esto es, cayó la intención de voto hacia los candidatos “establecidos” desde el principio; “la aceleración de la campaña [en mayo] (la publicidad en TV, radio y prensa; las acciones de los partidos y candidatos) seguramente cambió esa situación. Ante la inminencia de las decisiones (¿votar o no votar? ¿a quién?), los votantes empiezan a considerar algo más detenidamente la oferta electoral. El resultado es una atención que las ofertas hasta entonces no dominantes aún no habían recibido, atención que se traduce en un aumento de la intención de voto hacia ellas”.

    Desde un punto de vista estrictamente práctico estos cambios no tuvieron consecuencias en las internas colorada y frentista (por la magnitud de las diferencias previas), pero fueron decisivos en la interna blanca.

    Más allá de estas diferencias “cuantitativas”, los cambios en el FA (Sendic, Moreira) y en el Partido Nacional muestran una demanda común de renovación, no solamente generacional. Para algunos observadores el nuevo escenario es malo para la oposición, porque Bordaberry y Lacalle Pou están más cerca uno de otro que lo que hubiera sido el caso con Larrañaga candidato. Pero hay otra forma de ver este mismo escenario: ahora sabemos con certeza que hay reclamos reales y significativos de renovación y cambio político, reclamos cuya dimensión precisa es difícil medir hoy, pero señalan la dirección del viento. Aunque los números de votantes involucrados sean muy pequeños, que para octubre 2014 haya ocho partidos en condiciones de competir (en lugar de los cinco de 2009) es otra señal que apunta en la misma dirección.

    La nueva cancha (Bordaberry, Lacalle Pou, Vázquez) muestra una oposición que atiende toda ella a esas demandas, y contrasta nítidamente con la oferta del oficialismo. Por eso el escenario hacia octubre se ve ahora claramente más abierto que apenas una semana atrás. Y si el discurso del FA hacia la oposición se sigue pareciendo al de los veteranos caudillos blancos y colorados hacia el FA antes de 2004, mayor será su probabilidad de repetir la historia, pero exactamente al revés.