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    El estado de las rutas

    Sr. Director:

    “Voltar ni doido”. Las anécdotas, hechos, episodios o casualidades no tienen hora ni día, aunque pueden tener causa que las provoquen. Y el título viene de la mano. Su significado, ya que está en portugués, sería: “volver ni loco”.

    Circulaba yo por la que fuera años antes la Ruta 39 (perdonen que reitere contenidos) la semana pasada, en mi viejo Citroen, rumbo a San Carlos, lento, a no más de cincuenta quilómetros en la hora, cuando fui adelantado por una Mitsubishi 4X4, matrícula brasileña, de Bagé. Tampoco iba rápido, quizás a setenta, dado el magnífico estado de esta autopista. En apenas dos cuadras de haberme pasado la vi cruzar a la izquierda, luego a la derecha, otra vez para un lado y luego para el otro, como haciendo virajes previos a un vuelco, en feas y muy aparatosas maniobras. Maniobras que no fueron la intención de su conductor sino “hijas” de cráteres que deberían tener señalización (con diez mil balizas alcanzaría) para marcar los mayores.

    Cuando llegué al sitio donde sus ocupantes habían descendido, confusos, trémulos y algo pálidos, traté, en mi muy reducido conocimiento de su idioma, de establecer un diálogo de emergencia:

    —Voceis…¿están bem? ¿No se machucaron? Yo falo mal…divagar…

    —Muy assustados, senhor. No tenho vontade de seguir— decía. Y continuó: “no tenho intençao de voltar pela estrada maléfica, arrumbada, perigosa”.

    —Sería un erro trazer “crianzada”… ¡ay! mi cachorrinho fugió— decía la señora mientras señalaba un pichicho que huía aterrorizado.

    —Eu quer fazer reserva hoje, en Punta del Este, para enero. Mais no fazo. ¡Estrada horrível!— continuaba el brasileño en tono apesadumbrado. Y agregó: “ni fazo para los outros rapazes. Me regreso; ¡voltar ni doido!”.

    Nos dimos un apretón de manos y se volvió con un: “desculpe, senhor, vocé me auxilió. Muito grato. Procuraré el cachorrinho, si lo encontrar.

    Cuando se perdió de mi vista, decidí medir el hoyo donde el fracasado turista que nunca más vendría (porque casi “capota”); tomé una cinta métrica portátil, que tengo en la valija de las herramientas, y lo hice. Sus dimensiones exactas eran, ese día, de cincuenta centímetros de diámetro por veinticinco de profundidad. Pero lo grave es que no estaba solo; estaba rodeado. Tampoco era el mayor.

    Sinceramente, estimados lectores, amigos periodistas y comunicadores, debemos exigir al superior gobierno que actúe rápidamente. El verano está a la vuelta de la esquina y las rutas dan terror. ¡No va a venir nadie! La inoperancia del señor ministro de Obras Públicas es incomprensible e intolerable. Si la ancianidad es uno de sus problemas para no recuperar las vías de tránsito, el señor presidente debe encontrar un sustituto que construya, que arregle para que dure, que no se tarde y que salve al Uruguay de este tipo de papelones, e incluso, de accidentes fatales. Nada de lo escrito está sobredimensionado. Y si con esto no les alcanza recorran la 13, la 15, la 19… y muchísimas más.

    A mis apreciados colegas de la prensa, ¡por favor!, hablen menos de cosas sin importancia y muestren el “esqueleto” de lo que nos va quedando. La patria se los agradecerá

    Yamandú Rodríguez Velázquez

    Coronilla