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Fue una sorpresa. Es que la triunfadora de la noche, la distinguida como Mejor Película de la vigésima edición del Festival Internacional de Cine de Punta del Este, la española La próxima piel, también la última gran ganadora de los premios Goya, no parecía estar entre las favoritas del Panorama Iberoamericano. La producción dirigida por Isaki Lacuesta, un drama familiar con aires costumbristas que, con suspenso y hasta toques de horror, va mutando hacia el thriller, ya contaba con el premio más importante del cine español. También había otros títulos, como la pequeña y emotiva Pinamar, de Argentina, que podían llevarse el galardón.
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Fueron, en total, 14 las películas que participaron de la competencia. El jurado integrado por el cineasta peruano Francisco Lombardi, el actor brasileño Werner Schünemann, la actriz uruguaya Mirella Pascual y el guionista y escritor uruguayo Pablo Vierci, también concedió el premio a mejor director a Rodrigo Sorogoyen, cuya negrísima Que Dios nos perdone, sobre dos policías dementes que siguen la pista de un psicópata que viola y asesina ancianas, ganó el premio del público. Juan Grandinetti, hijo del argentino Darío Grandine-tti, fue el Mejor Actor por su trabajo en Pinamar, dirigida por Federico Godfrid. La distinción a la mejor actriz fue compartida: Katerina D’Onofrio por La última tarde, del peruano Joel Calero, y Julia Lübbert por Rara, de Pepa San Martín. Recibieron menciones la chilena El Cristo ciego, de Christopher Murray y Santa y Andrés, polémico y premiado filme del cubano Carlos Lechuga.
Además de títulos atendibles, esta edición tuvo un avance que vale destacar. La proyección en la Sala Cantegril presentó una calidad sensiblemente superior a las de las últimas ediciones, tanto en imagen y sonido, a pesar de que algunos realizadores comentaron, a modo de observación y sin señales de enfado, que quizás sus películas eran visualmente un poco más límpidas. La muestra se desarrolló del 12 al 19 de febrero, espacio durante el cual Darío Grandinetti recibió un premio especial por su trayectoria (y vio por primera vez Pinamar, la película de su hijo), al igual que la actriz, productora y directora brasileña Lucélia Santos, que llegaba por primera vez a Punta del Este. En el medio, hubo de todo. Mirando al cielo, de Guzmán García, el mismo de Todavía el amor, estuvo entre lo más sobresaliente de la programación. El filme registra el trabajo de un año del grupo de teatro comunitario Ateneos, que ensaya la presentación de una obra, titulada Mirando al cielo, que se escribió especialmente para la película. Intercalando entrevistas con algunos miembros del grupo, García se acerca con respeto y lejos de la sensiblería a episodios complejos, a veces desgarradores, que han producido efectos indelebles en quienes los han vivido. Mirando al cielo es una muestra de la capacidad de resistencia a la adversidad, un emotivo relato sobre la fuerza sanadora del arte verdadero. Otro filme uruguayo fue El sereno, de Oscar Estévez y Joacko Mauad. Se ambienta principalmente en un antiguo, laberíntico y ominoso depósito donde el hombre del título (Gastón Pauls), es acosado por extrañas y perturbadoras presencias.
La conquista del premio mayor de La próxima piel fue una sorpresa incluso para el español Juan Manuel Villar Betancort, que subió al estrado a recibir el premio, entre emocionado y desorientado, en nombre del director y su equipo. Villar había llegado esa noche a la Sala Cantegril en el auto de un amigo de un periodista argentino. El cineasta y director del Insularia Fest-Islas en Red, un festival que reúne producciones de naciones insulares, decidió aceptar la invitación de ir en coche hasta la sala principal al comprobar que la camioneta que debía recogerlo tardaba demasiado en aparecer. Al llegar a Cantegril, minutos antes de iniciar la ceremonia de clausura, una persona de la organización le dijo que se ubicara cerca del escenario, que lo iban a llamar para recibir un reconocimiento. Estos detalles tal vez sean útiles para interpretar el ligero desconcierto de Villar. Y también resultan ilustrativos de algo que fue casi una constante en la dinámica de esta muestra internacional: la sumatoria de desaciertos —a veces irrisorios, a veces banales, otras surrealistas— que en una lectura ligera quizás parezcan que solo pueden ser de interés para unas pocas personas —especialmente si esas personas pertenecen al rubro del periodismo, a tribus de cinéfilos o empresarios de la industria audiovisual—, pero que en realidad terminan dañando al festival desde su esencia. Porque la esencia misma, el concepto de festival de cine es, básicamente, un acontecimiento especial en el que la gente se reúne a ver películas. Es una celebración estimulantemente atractiva que además fomenta y desarrolla otras actividades en paralelo, instancias donde, junto con la exhibición de títulos, la realización de conferencias y charlas, se generan o se consolidan vínculos, se proyectan y se concretan acuerdos comerciales y encuentros entre afinidades. Un festival de cine forja un diálogo abierto entre obras, artistas y espectadores, facilita el debate entre profesionales del negocio cinematográfico (productores, distribuidores, cineastas), entre figuras consagradas y talentos emergentes.
El festival es plataforma con un potencial gigantesco. Se desarrolla en uno de los sitios más atractivos de Uruguay, presenta una programación enfocada a convocar a un público amplio e incluye la presencia de una importante delegación de artistas iberoamericanos. Pero cuando no respetan los horarios fijados para el transporte, la proyección de películas, las charlas y las conferencias de prensa, un festival como este, cuya presencia no se percibe en la ciudad, se vuelve prácticamente invisible. A pesar de todo lo que tiene para mostrar.
Partiendo de que es imposible que una misma camioneta pase por la puerta de tres hoteles distintos —aunque estén ubicados a pocas cuadras de distancia— a la misma hora, tal como se anunciaba desde la organización, la puntualidad quedó para otra oportunidad. De este modo, no fueron pocos los que llegaron 20 minutos más tarde a una exhibición o que simplemente jamás llegaron, por ejemplo, a la charla ofrecida por el director argentino José Campusano.
Este, como el del español Juan Manuel Villar, no es un caso aislado. Cuando el martes 14 el cubano Carlos Lechuga no asistió a la rueda de prensa de Santa y Andrés, muchos pensaron que su ausencia pudo deberse precisamente a una falla en la coordinación del transporte. Poco se supo de Lechuga hasta que esa misma noche, durante una cena con los periodistas y figuras invitadas, el responsable de prensa explicó, prácticamente mesa por mesa, que el cineasta no había pasado la noche en la habitación de su hotel. De paso, sugirió que se lo había visto marcharse en compañía de una mujer. No pasó mucho tiempo antes de que se filtrara otra versión. El director fue invitado a presentar su película y pasar en Punta del Este durante el tiempo que desarrolla el festival, a pesar de que Santa y Andrés se proyectaba una sola vez, el lunes 13. Lechuga vive en Cuba, donde fue vetada la exhibición de su película en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, y el mismo día que llegó al hotel, en Punta del Este, una serie de detalles lo incomodaron. No encontró sus valijas, nadie le comunicó que iban a pagarle los viáticos, así como tampoco logró hablar con alguien de la organización que pudiera guiarlo. Decidió marcharse a Montevideo. Alguien comentó por ahí: “Lo bien que hizo”.