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    El “golpe” de Terra

    Sr. Director:

    Le escribo en relación a la carta “El Nobel de Mujica: Otra mentira que rinde en las encuestas”, publicada recientemente por este prestigioso semanario. Sorprende que en dicha carta proceda al agravio por asociación al listar en pie de igualdad al Dr. Gabriel Terra con tres notorios genocidas del siglo XX.

    Reiteradas veces se menciona la diligencia con que se investigaron detalles sobre el premio que están libremente disponibles en la página web de la Fundación Nobel, cuando dicho esfuerzo hubiese tenido mayor usufructo estudiando la historia de nuestro país.

    La dictadura a que hace referencia no fue más que un quiebre institucional que enarbolaba dos, y sólo dos, causas centrales. Primero, deshacerse de un engendro de Poder Ejecutivo dividido entre Presidente y Colegiado, cuyas deficiencias no eran compatibles con la necesidad de afrontar la mayor crisis económica que el mundo haya experimentado. Segundo, instituir el recurso plebiscitario para laudar asuntos de interés nacional, incluyendo el uso de dicho recurso para viabilizar una reforma constitucional.

    Hagamos un rápido repaso de los hechos.

    Cuando se votaron constituyentes para lo que sería la Constitución de 1918 el Batllismo (colegialista) tuvo su peor resultado electoral en tres décadas. El mensaje era claro: no se quería un Colegiado.

    Negociaciones interpartidarias mediante, se inventó el engendro de dos cabezas y, dada la fragilidad del acuerdo y su exposición a los vaivenes de las fortunas políticas, se lo dejó bien atado al contemplar solamente engorrosos y dilatados mecanismos de reforma. Se condenaba al país a enfrentar cualquier crisis futura con un Poder Ejecutivo pluripersonal de 10 integrantes, dividido en facciones partidarias, y la única forma de cambiar eso era a través de mayoría parlamentaria en dos períodos consecutivos de gobierno. Para entonces, el último que apague la luz. Esa Constitución cobró vigencia con la aprobación de sólo el 36% del electorado.

    En el año 1932, ante la clara y urgente necesidad de reformar la Constitución, el Herrerismo y el Riverismo deciden simular el recurso plebiscitario a través del abstencionismo en las elecciones de representantes. En las últimas elecciones había votado el 79% del electorado, esta vez se presenta a votar el 37% (y eso sin que Terra o los sosistas llamen a la abstención pro-reforma).

    Es ante la intransigencia que obstaculizaba la realización de un plebiscito que se produce el quiebre institucional. Se llama inmediatamente a elecciones de constituyentes y las agrupaciones que apoyaron el quiebre obtienen el apoyo del 62% del electorado. Es decir, cuando históricamente nunca había votado más del 79%, se deduce que los grupos opositores de izquierda y la abstención del Batllismo neto y nacionalismo independiente comandan conjuntamente no más del 17%.

    La Constitución de 1934 y reelección del Dr. Gabriel Terra es aprobada por el 53% del electorado. Nuevamente, entre opositores de izquierda y abstencionistas seguramente no se llegaba a más de un 26%.

    En las elecciones de 1938 se vuelve a dar lo mismo, los “golpistas” reciben nuevamente el 53% de los votos posibles. El Batllismo neto y nacionalismo independiente vuelven a llamar a la abstención pero evidentemente la mayoría sigue sin estar de acuerdo, incluso tras lo que sería un natural desgaste por el ejercicio del gobierno.

    En la medida que se acercaban las elecciones del 42, la opción de volver a abstenerse no era particularmente atractiva, pero tampoco lo era la ignominia de volver al ruedo validando la Constitución imperante. La Constitución del 34 preveía la reforma constitucional si obtenía el apoyo de la mayoría del electorado, pero si el plebiscito fallaba eso validaría claramente el anterior quiebre institucional. ¿Qué hacer entonces? Dar un golpe, cambiar la Constitución eliminando cupos y el Senado medio y medio (lo cual era atractivo para todos los sectores colorados) y a su vez el monopolio de representación nacionalista de Herrera (atractivo para el nacionalismo independiente), y así todos pueden volver a hacer política y ocupar cargos. Mejor aún, si se lo llama “golpe bueno” implica que el otro era malo. ¿No rompe los ojos?

    La clave obviamente es que no tocó la esencia de lo que motivó al Dr. Terra y a quienes lo apoyaron. De hecho, ambos quiebres resultaron en un perfeccionamiento de la Constitución contra la que se alzaron, y ambas Cartas Magnas se asemejan mucho más a la actual que a la que derribó el Dr. Terra o la que más tarde impuso el Batllismo neto cuando otra vez no pudo con su genio y volvió a la carga con el Colegiado. La Constitución colegialista de 1952 fue aprobada con el beneplácito del 20% del electorado en una situación de desencanto electoral análoga a la que acompañó la aprobación del Ejecutivo bicéfalo en 1917.

    En resumen, las dos banderas de la Revolución de Marzo son validadas por datos objetivos de la realidad. Se alzó contra la Constitución ante la imposibilidad de utilizar el recurso del plebiscito, elemental e incuestionable en este país desde entonces. Se alzó contra una concepción del Poder Ejecutivo que había sido impuesta con el voto del 36% del electorado y que luego retornaría contumazmente con el apoyo del 20% del electorado. Mientras tanto, todas las Constituciones presidencialistas contaron con un apoyo mayor al 50%, y los grupos políticos que apoyaron la decisión del Dr. Terra siempre mantuvieron una aprobación mayor al 50%.

    Los números no mienten, la historia y el electorado le han dado la razón al dos veces Presidente Gabriel Terra. Sin embargo aquí estamos, casi un siglo después, perpetuando el mito del “golpe malo” de Terra y asociándolo a Hitler, Stalin y Mussolini. Es una manifestación más de esa mala costumbre, propia del voluntarismo uruguayo, de desoír los pronunciamientos del pueblo soberano cuando no nos resultan convenientes.

    De la obra de gobierno, cuyo enorme y positivo impacto perdura hasta nuestros días, ni hablo. Sería un abuso del espacio concedido. Basta decir que eran otros tiempos en que no se hablaba de lo que se iba a hacer sino que las cosas se hacían, se hacían bien, y después de hacerlas no era necesario seguir hablando para explicar por qué salía todo mal.

    Antonio Terra Rompani