Fue un fracaso comercial. Las salas estaban semivacías, con algún borracho cabeceando, algún espectador curioso, tal vez un crítico de cine y poco más, como si la vida no estuviese en una gran película, como tiene que ser, sino fuera de la pantalla, en las calles atiborradas de paseantes y en los atractivos escaparates navideños, con nieve de utilería y guirnaldas doradas. La gente pensaba en los regalos o en planificar sus vacaciones o en cualquier otra cosa pero no en Cadenas de roca (Ace in the Hole, 1951), de Billy Wilder y con Kirk Douglas en el papel de Chuck Tatum, un inescrupuloso periodista que busca su segunda oportunidad en un pequeño pueblo cuando descubre a un hombre atrapado en una cueva, a quien engaña y promete un rescate que nunca llega, a la vez que lo convierte en una primicia, mejor dicho, en su primicia.
Detrás hay una historia real ocurrida en 1925, en la que un guía turístico quedó atrapado en una gruta debido a una avalancha de rocas. Un periodista de un ignoto periódico de Louisville encabezó los trabajos de salvamento. La cosa no terminó bien, pero al periodista le dieron el premio Pulitzer por sus reportes del caso a todo el país.
—Hizo lo que pudo —dijo Wilder—. En ningún momento intentó exagerar los acontecimientos en provecho propio.
A quién le importa la vida real. Volvamos a la película.
El fracaso de Cadenas de roca (o El gran carnaval, su otro título en español) tuvo lugar en Estados Unidos, porque en Europa fue elogiada y aplaudida como una obra maestra, que es lo que es. Mientras los críticos europeos hablaban maravillas de la película (León de Oro en Venecia), de Wilder y de Douglas, los norteamericanos la trataban de “irresponsable”, “morbosa” y “antinorteamericana”. En palabras del Hollywood Reporter: “La película se basa en la premisa de que los estadounidenses son un montón de estúpidos, a los que se puede manejar fácilmente. Son las víctimas de un auténtico histerismo de masas y sus sentimientos pueden contentarse con baratas satisfacciones sustitutorias”.
Hasta aquí la información. Vean la película. Ahora vayamos al hombre que sopló las cien velitas.
A Issur Danielovitch Demsky, más conocido como Kirk Douglas, le gustaba presentarse como “el único actor que tiene el agujero del culo en la cara”. Alguna vez también dijo que les lleva una gran ventaja a sus hijos y nietos: sabe lo que es la pobreza.
Vio la luz del mundo por primera vez en Amsterdam, Nueva York, en 1916, en el seno de una apretada y pobre familia judía de emigrantes bielorrusos. Buen estudiante, buen atleta y perseverante en alcanzar el sueño americano, una vez que decidió ser actor, nadie lo detuvo. Pasó brevemente por Broadway y enseguida la luz de la pantalla grande comenzó a irradiar las primeras imágenes del hombre del hoyuelo en la barbilla, hoy el último de una época de estrellas, de rutilantes clásicos de Hollywood, con películas como El extraño amor de Martha Ivers y Traidora y mortal (Out of the Past, de Jacques Tourneur, 1947), la primera gran incursión de Douglas en un papel de mal bicho.
Esos malos no eran de una sola pieza, en parte porque sabía matizar, poner grises, dotar de humanidad a los monstruos, es decir, sabía actuar. Y en parte porque tenía un infalible olfato para elegir buenos guiones: no aceptaba cualquier porquería. Su filmografía es cosa seria. Un par de ejemplos: El triunfador (Champion, de Mark Robson, 1949), donde tenemos a un ambicioso boxeador y La antesala del infierno (Detective Story, 1951, de William Wyler), con Kirk como un policía tan celoso de su deberes como reaccionario, posiblemente el mejor retrato que se haya hecho en cine de una comisaría por dentro, con el trabajo burocrático de oficina, de expedientes y papeles, de café y horas muertas, de tedio e interrogatorios.
Muchas estrellas aprenden a llevar el porte, su porte, y a eso luego le llaman actuación. Aparecen en la pantalla y el aire se quiebra. Es un fenómeno extraño, hipnótico, pero no es necesariamente un fenómeno interpretativo.
Pongamos, por ejemplo, la historia de un blanco y un negro que huyen juntos de una prisión. Dijo Robert Mitchum cuando le llegó el guion:
—No pienso actuar en compañía de un negro.
El mismo guion en manos de Marlon Brando:
—Formaré parte del reparto si puedo interpretar el papel del negro.
Y el mismo guion ahora en poder de Kirk Douglas:
—Quiero hacer los dos papeles.
Huele a leyenda, pero dicen que es rigurosamente cierto. En todo caso, habla de la verdadera pasta de actor del hombre del hoyuelo. Miren Duelo de Titanes (Gunfight at the O.K. Corral, 1957), de John Sturges y con Burt Lancaster, un hermano de marquesina de Douglas, por lo general su antagonista, o Los vikings (1958), de Richard Fleischer. Un pistolero borracho, un guerrero con un ojo ciego. Y todo lo hacía creíble. Cuando se libró de compartir historias con Lancaster, dijo sin tapujos: “Mi suerte cambió para bien: ahora las bellas mujeres son para mí”.
Otro par de ejemplos: Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952) y Sed de vivir (Lust for Life, 1956), ambas de Vincente Minnelli, con Kirk en la compleja caracterización de un productor cinematográfico en el primer caso (a veces tierno, a veces brutal) y como Van Gogh en el segundo, uno de sus papeles más intensos, además de exhibir un inquietante parecido con el pintor.
En Siete días de mayo (John Frankenheimer, 1964) tenemos a Douglas encarando a un militar bueno, fiel al presidente, cuya misión es seguir al militar malo, el golpista Lancaster, que siempre es más alto, más atlético y se lleva las mejores minas. El coñazo de Burt, con quien hay que compartir el nombre a la misma altura y con el mismo tamaño de letra en el afiche de la película.
En Primera victoria (In Harm’s Way, de Otto Preminger, 1965), en cambio, Douglas es un soldado violador capaz de redimirse gracias a un acto heroico. Y redimirse nada menos y nada más que ante John Wayne.
Y claro, La patrulla infernal (Paths of Glory, de Stanley Kubrick, 1957), el papel más limpio, más conmovedor, más épico de su carrera, como un coronel francés de la I Guerra Mundial que debe primero entender y luego defender la posición de unos soldados acusados de abandonar sus posiciones en el campo de batalla.
Y Espartaco (1960), también de Kubrick pero con Douglas como productor de la empresa, es decir, como jefe supremo. En la ficción, un esclavo al mando de una rebelión contra los romanos; detrás de cámaras, el único hombre que fue capaz de gritarle a Kubrick, pero también de volver a la vida al guionista Dalton Trumbo, una de las principales víctimas de Hollywood en las listas negras de McCarthy.
Querido Kirk, ¡feliz cumpleaños atrasado!