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    El gran loquero del mundo

    Mi hija me trae una información inquietante. Desde hace años, cuando va a visitar a unos parientes, escucha desde el otro lado de la medianera del patio aullidos desgarradores.

    La versión familiar sostenía que la casa de atrás era probablemente una casa de salud clandestina. Solo así podían explicarse los gritos e insultos, el destrato con que los cuidadores trataban a los pacientes y el sufrimiento generalizado de un montón de gente que se filtraba desde el otro lado de la pared.

    Como en un cuento de Cortázar (¿cómo olvidar “La puerta condenada”, por ejemplo?), los ruidos de la casa contigua perturbaban a los moradores de la casa familiar.

    Estar en el patio tomando mate o colgando ropa podía resultar francamente peligroso. Del otro lado volaban botellas de vidrio que se escrachaban contra la paz burguesa de los parientes de mi hija.

    Se manejó la posibilidad de denunciar esa siniestra casa, “el loquero”, en la jerga de ahí en más. Pero denunciar a un vecino siempre tiene su costado terrorífico; nunca se sabe si la denuncia llegará a buen puerto o el vecino volverá impune con odio hacia ti.

    (En mi bello y antiguo edificio vivió durante años un viejo abogado de extrañas costumbres. Era visitado asiduamente por las noches por niños y adolescentes de la calle a quienes decía dar de cenar. Con el tiempo todos comenzamos a temer un caso flagrante de pedofilia, pero denunciarlo nos enfrentaba a posibilidades insospechadas, dado el trasiego de personajes tremendos que usaban la llave de su protector).

    Con el tiempo, los familiares de mi hija terminaron por utilizar lo menos posible el patio y, en caso de hacerlo, ubicarse estratégicamente alejados de eventuales proyectiles del otro lado del muro.

    Hace un tiempo se produjo un incendio en la supuesta casa de salud clandestina, aquel imaginado enterradero de locos que nadie quiere tener en su casa. (Un paciente quemó un colchón, al parecer). Los bomberos actuaron y decidieron que la mejor forma de salvar a los allí internados era una escalera que les permitiera pasar al patio de los familiares de mi hija y de allí atravesar su casa hasta ganar la calle.

    Y así fue. Mi hija no estaba presente pero me cuenta con ojos asombrados la imagen casi cinematográfica de todos aquellos que aullaron durante años llenando, espantados por el incendio, la casa de los profesionales universitarios, la de las laptops siempre encendidas, la del buen comer y buena música.

    La verdad se develó. Los seres desgraciados que bajaban por la escalera de bomberos no eran presos de una vil organización de casas de salud ilegales. Eran usuarios de Salud Pública.

    La terrorífica casa de atrás resultó ser una extensión de un hospital oficial.

    Se despejó el misterio, pero me pregunto cómo es posible que lo que sucedía al otro lado del patio, aquella violencia y aquel dolor, estuviera subvencionado por mis impuestos y por los de todos los ciudadanos.

    Al igual que aquel otro lugar donde unos perros despedazaron a un enfermo.