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    El gran revolucionario

    N° 1784 - 02 al 08 de Octubre de 2014

    —Ya me enteré de lo que vas a hacer… Es tu vida… ¡Pero te rajás de esta casa ahora mismo! Ahí tenés tus cosas… No vuelvas…¡si hasta te dejé el violín!

    Así, con extrema dureza, José De Caro echó de su hogar a su hijo Julio, entonces apenas un adolescente, al saber que había aceptado, a escondidas, tocar con Eduardo Arolas haciendo un reemplazo. Don José, italiano, ex profesor del Conservatorio de Milán y que formó al llegar a Argentina su propia academia, educó en la música clásica a Julio y a su hermano Francisco —logrando que aquel fuera docente de violín a los trece años— pero, por razones que no iban más allá de lo pasional, sólo le daba al tango su desprecio. Lo que ignoraba el drástico padre era que, antes, Julio había ocultado actuaciones espaciadas con la orquesta de Roberto Firpo.

    Julio De Caro nació en Buenos Aires en 1899 y murió en la misma ciudad en 1980; fue violinista, director de orquesta y, sobre todo, el compositor que generó un antes y un después en la evolución musical del tango.

    Hay un consenso sólido cual roca: después de él, todos los grandes fueron “decareanos”, sus herederos más allá de matices personales, formando una tendencia que incluyó a Piazzolla, aunque en este caso se ha dicho siempre que la influencia de Aníbal Troilo para incorporarlo a esa corriente resultó decisiva.

    La historia de Julio De Caro se asemeja a un ajetreo sin pausas pero muy entretenido: estuvo poco con Arolas y enseguida formó un cuarteto con Pedro Maffia, Rizzutti y Risoto, también de corta vida; más tarde integró las orquestas de Osvaldo Fresedo en Buenos Aires y de Minotto-De Cicco en Montevideo y, finalmente, el grupo de Juan Carlos Cobián. Curiosamente, porque eran amigos, fue una pelea con Cobián por “el cartel” lo que indujo al joven violinista a formar su propio grupo, en el que tuvo gran incidencia, desde el piano, y en los arreglos, su hermano mayor Francisco.

    Ahí nació la leyenda del gran revolucionario Julio De Caro.

    Hubo más, con anécdotas imperdibles. En 1923, a sus veinticuatro años, un empresario acaudalado lo contrató para tocar en fiestas de fin de año en residencias de gran categoría, lo que aprovechó durante un par de temporadas; paralelamente, actuó en el prestigioso Café Colón y explotó los bailes de carnaval hasta que apareció un personaje mítico de la noche porteña: el conde Chikoff, quien lo llevó al Vogue’s Club, exclusivo para la alta sociedad; fue el director musical de Luces de Buenos Aires y acompañó a Gardel; hizo múltiples viajes a Europa y hasta tocó en La Sorbona de París (entre los espectadores estaba el gran Charles Chaplin); ganó con El mareo, por voto popular, el Primer Concurso Nacional de Tangos en el Luna Park, organizado por el diario Crítica a instancias de su columnista Carlos Raúl Muñoz y Pérez (el Malevo Muñoz o Carlos de la Púa); se presentó en el Colón en 1935 junto a la orquesta de jazz de Eduardo Armani y en 1937, en Chile, hizo debutar a un cantor que dejaría huella: Edmundo Rivero; en cine trabajó en La barra de Taponazo (1932), Así es el tango (1937), Petróleo (1940) y El canto cuenta su historia (ya en su vejez, 1976, aunque había abandonado la actividad artística en 1954).

    Muchos recuerdan a De Caro por el violín corneta que usó en su orquesta y dan por seguro que fue su inventor. Pues no: en Estados Unidos, tocando con el sexteto de Cobián, lo oyó Paul Whiteman, famoso músico de blues, quien había construido el extraño instrumento combinado que permitía notables matices nasales, y le pidió al sello grabador Victor, adonde había quedado en depósito, que se lo entregara “al argentino ése que tocaba tan bien”.

    Queda alguna cosa de las otras. Julio De Caro tuvo un breve pero prolífico matrimonio en Uruguay, del cual nacieron sus dos hijas; divorciado, se casó nuevamente con la argentina Cora Ambrossetti, una mujer de “buen pasar”, para “pasarla bien”.

    Y por si hiciera falta una frutillita para semejante torta, el bandoneonista cordobés Ciriaco Ortiz, a quien ya he recordado en su faz humorística, desparramó en los círculos tangueros del Río de la Plata que le resultaba extraño ese “relativo éxito de Julio con las mujeres”, pues era “el único tipo más feo que Sarmiento”.

    Claro; esta fue una recorrida por el revoque del edificio. La importancia de la revolución musical que implicó Julio De Caro para cambiarle la pisada al tango clásico la mediremos juntos, lector, cuando percibamos lo que había debajo de la cáscara y quedó para siempre.