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El 26 de noviembre de 2008, en Mumbai, una agrupación terrorista yihadista perpetró una serie de ataques en puntos clave de la capital financiera de India. Entre los 12 sitios elegidos estuvieron una estación de servicio, un hospital, la estación de trenes Chhatrapati Shivaji, la sede de la Policía de Mumbai Sur, el Leopold Cafe y tres hoteles cinco estrellas, entre los que se destacaba el Taj Mahal Palace & Tower, a veces llamado simplemente Taj. En total murieron 173 personas y resultaron heridas otras 327. El grupo denominado Muyahidines del Decán, posiblemente una célula de una organización mayor, reivindicó los ataques.
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Diez años después, y tras haber sido relatada en crónicas periodísticas y piezas documentales, la historia vuelve a ser contada, esta vez desde la ficción. Hotel Mumbai: el atentado, coproducción entre Australia, India y Estados Unidos, es la primera película de Anthony Maras, que en esta oportunidad también ejerce los papeles de productor ejecutivo y editor, además de guionista, tarea compartida con John Collee (Capitán de mar y guerra).
Basada en Surviving Mumbai (2009), documental de Victoria Midwinter Pitt, la ficción recrea con crudeza parte de los hechos reuniendo distintas perspectivas, enfocándose principalmente en lo ocurrido en el emblemático cinco estrellas, símbolo del progreso y la diversidad de India, un hotel de lujo donde se alojaron presidentes, importantes empresarios, figuras de la realeza y celebridades y artistas como los Beatles, Mick Jagger y Elvis Presley. Allí ingresaron cuatro terroristas armados con AK 47 y granadas de mano, recorrieron las instalaciones y, piso por piso y habitación por habitación, fueron ejecutando a sus huéspedes a sangre fría. También tomaron algunos rehenes.
Según testimonios de sobrevivientes, lo narrado se acerca bastante a lo que padecieron a lo largo de más de 80 horas de reclusión y horror. Y Maras no escatima en momentos de violencia gráfica, aunque no es espectacular sino cruda y realista. Y aunque incluye acción, drama y tensión, no es Duro de matar: India. Hay escenas tremendas, como cuando los yihadistas encañonan a las recepcionistas y las obligan a llamar a los pasajeros para que abran la puerta diciendo que del otro lado hay oficiales de Policía que llegaron para ayudar.
En este caos de sangre, metralla y granadas, Dev Patel interpreta a Arjun, mozo de uno de los restaurantes del hotel. Para él, como para otros miembros del personal, el huésped es Dios, y hará todo lo posible por mantener a los pasajeros a salvo. Es notable ver cómo en una situación extrema, con la muerte igualando a todos, se mantiene la división entre huéspedes y personal de servicio. Incluso hay una escena en la que se le pide a Arjun, que tiene barba y lleva un turbante, que se esconda un rato en la cocina para que una de las rehenes no se sienta tan intranquila. Arjun responde a la sugerencia con mucha clase.
Arjun, como tal, nunca existió. Aunque sí existieron muchas de las acciones que lleva a cabo este personaje, solo que realizadas por dos personas reales: un mozo del Taj y un guardia de seguridad desarmado cuyo accionar fue determinante para la liberación de los rehenes. El matrimonio compuesto por Zahra (Nazanin Boniadi) y David (Armie Hammer) se inspira en dos parejas reales (una decidió separarse para que al menos quede uno de ellos para cuidar a su hijo). Vasili, un ruso grosero y corajudo interpretado por el inglés Jason Isaac, es una construcción a partir de un empresario y un exagente de fuerzas especiales. La intención detrás de esa decisión fue respetar la privacidad de los que sobrevivieron a los ataques y la memoria de quienes no lo hicieron. Entre los rehenes, el único que se mantiene tal cual es el chef Hemant Oberoi (Anupam Kher), estrella de la gastronomía india; disimularlo en un personaje de ficción no tenía demasiado sentido: puede que no lo conozca todo el mundo, pero en India es bastante popular.
Parte del drama de esta historia lo proporciona el tiempo. La Guardia Nacional de Seguridad (NSG) tardó 12 horas en intervenir. Al comenzar la masacre, el gobierno del estado de Maharastra, donde está ubicada Mumbai, supuso que se trataba de un conflicto entre bandas locales. Fue horas después de iniciados los ataques que la Policía local supo que debía pedir ayuda al gobierno central. Por entonces, aunque parezca insólito, la única sede de la NSG se encontraba al sur de Nueva Delhi, a dos horas de avión de Mumbai (y el aeropuerto estaba a dos horas de distancia). A las nueve de la mañana del 27 de noviembre, efectivos de la NSG iniciaron sus operaciones en el Taj.
El filme no alcanza a contemplar todas las dificultades que obstruyeron el camino de la NSG, aunque se alude a las distancias geográficas y temporales. El relato avanza enlazando y conectando puntos de vista de Arjun, Zhara, David y Vasili, y también de otros miembros del personal (y de policías, periodistas y familiares de las víctimas), formando un tejido que Maras va tensando con solvencia a lo largo de 123 minutos. A su vez encuentra espacio para mostrar el lado humano de los atacantes (que todo el tiempo reciben órdenes e indicaciones de un tal “Hermano Toro”), ya sea cuando uno le hace una broma a otro o cuando un terrorista llama por teléfono a su padre para despedirse, llorando como un niño.