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Praga es una ciudad mágica y misteriosa. Irrumpir en ella desde las profundidades del subterráneo y luego de varias escaleras mecánicas empinadas es como ser arrojado directamente al interior de una obra teatral. La representación será indefectiblemente alterada por la presencia del nuevo observador: implicará cambios en el mecanismo, nuevos personajes y muy posiblemente otro desenlace. Es como si toda la ciudad girase sobre un gran disco que en definitiva es el escenario base, con esos decorados de calles adoquinadas, laberínticas y apretadas, los edificios históricos que parecen fachadas (qué paradoja: “parecen fachadas” y tienen siglos de construcción), las iglesias y las oníricas plazas con relojes que marcan la hora mediante figuras maléficas. En semejante obra teatral urbana vivieron dos de los más importantes escritores de Europa central de principios del siglo XX: Kafka y Leo Perutz, ambos judíos. De Kafka ya casi no hay nada para agregar. Perutz es menos conocido en la actualidad, pero en su época fue elogiado y venerado.
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El filósofo y ensayista Walter Benjamin, contemporáneo de los dos escritores, calificó los libros de Perutz de “policiales para viajes”. Suena blandito, a la clase de lectura que uno lee en el tren para divertirse, una vez que Schopenhauer y Hegel ya le han llenado la paciencia. A Poe también se lo depositaba en anaqueles de similar ligereza. Está claro que al lado de Kafka cualquier escritor queda escuálido y blandito. Sin embargo, la obra de Perutz está muy lejos de ser un mero entretenimiento. Más acertada es la definición que le dio Borges: se trata de un “Kafka aventurero”. Exacto. Los personajes de Perutz son individuos arrojados al mundo para resolver enigmas que muchas veces son imposibles de resolver, ya sea porque intervienen el azar, el destino o insondables fuerzas fantásticas.
De noche, bajo el puente de piedra (Libros del Asteroide), publicada en 1953 y considerada su gran obra maestra, se ambienta en la Praga del siglo XVI, y va desde el mítico barrio judío al castillo de Rodolfo II, rey de Bohemia y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Mediante breves capítulos que bien podrían ser cuentos independientes, desfilan como marionetas arrastradas por vientos de leyenda y sortilegios del Moldava, el rico comerciante Mordejai Meisl, músicos ambulantes que tocan por monedas y tienen la mala costumbre de visitar los cementerios de noche, un gran rabino que sopla las páginas de un libro secreto, soldados que se emborrachan en tabernas y también disfrutan de la buena mesa y de los duelos, impostores, espías y alquimistas, una seductora dama que recibe con antifaz a sus amantes, sastres, cocheros, gitanos, sacamuelas, vendedores de papa, mendigos y pelagatos de toda calaña que pululan en las ferias, el matemático y astrónomo Kepler discutiendo sobre asuntos celestiales y el atormentado Rodolfo, aquejado de fiebres y dolores y a merced de intrigantes consejeros de la corte que pretenden desviar su atención de las obras de arte, porque Rodolfo ha nacido como emperador para coleccionar y disfrutar cuadros y esculturas, en las cuales gasta todo el dinero del reino, y no para tener que pensar en nuevos impuestos y en tácticas militares. Por eso, cuando le dan una mala noticia, siempre tiene a mano objetos para tirarle por la cabeza al infortunado mensajero: candelabros, platos, estatuillas, frascos. “A mí me tiró una vez”, dice uno de los vasallos, “un libro que tenía unas ilustraciones con los sufrimientos de Cristo”. A todas estas condensadas y explosivas historias que parecen liberadas de un viejo baúl, hay que agregarles una intriga que las unifica, y así llegamos a una impresionante novela.
Perutz despertó la admiración de Borges, quien en 1946 incluyó en la colección El Séptimo Círculo, que dirigía con Bioy Casares, la estupenda El maestro del juicio final, también editada por Libros del Asteroide. En este caso, la intriga pasa por una serie de extraños suicidios ocurridos en un refinado ambiente de médicos, músicos, actores, militares, figuras de la nobleza y un pintor y arquitecto florentino maldito. Al parecer, los suicidios son inducidos por alguien o por algo.
Mire usted: Argentina, por esas cosas que tiene la vida, fue el primer país en adaptar al cine con éxito una obra de teatro de Perutz. Mañana es feriado, que no había tenido buena repercusión en Europa, se convirtió gracias a Luis Saslavsky, potenciando unos personajes y descartando la importancia de otros, en la película Historia de una noche (1941). Saslavsky, que fue corresponsal en Hollywood y amigo de Saint-Exupery, había sido contratado por la MGM como asesor para la versión de Vuelo nocturno de 1931. Sabía de adaptaciones.
Hablando de cine, Entre las nueve y las nueve de Perutz trata de un fugitivo que huye de la policía por Viena sin poder quitarse nunca las esposas. La paranoia y la incomodidad no pueden ser mayores. Vertiginosa y con un mecanismo alucinado que convierte el tiempo en una goma estirable, sirvió de inspiración a Alfred Hitchcock para su película muda The Lodger (1927).
Perutz tenía predilección por ambientar las historias en períodos históricos concretos. El marqués de Bolibar (sí, con be larga las dos veces y sin tilde) transcurre durante las guerras napoleónicas en España y, una vez más, cocina a fuego lento aspectos y detalles de la realidad con otros fantásticos, como la bravura del guerrero Salignac, a quien “el fuego no lo quema, el agua no lo ahoga, el aire no lo asfixia, la tierra no lo aplasta…”.
Turlupín (1924) se ubica en el siglo XVII, en el París del cardenal Richelieu, y el personaje central es un peluquero huérfano a quien todos encargan el cuidado y los arreglos de sus… peluquines. Este héroe sin rumbo se hace pasar por un delegado de la nobleza bretona, el caballero Josselin, señor de Coetquen, de la ciudad de Quimper, y se introduce en una reunión secreta, provocando una serie de equívocos muy divertidos entre los nobles. En su condición de impostor debe recordar siempre las palabras “Quimper”, “Josselin” y “Coetquen”, que cada tanto repite como un mantra mientras le presentan a otros afamados señores del reino que se han reunido en la mansión a la espera de la llegada de Francisco el Peligroso, máximo enemigo de Richelieu. Fue la primera obra de Perutz publicada en español y todavía se puede conseguir en alguna librería de Tristán Narvaja en una edición de 1944 de la casa bonaerense Élan, en cuya solapa se lee: “Fue el autor más difundido y popularmente célebre de Europa central hasta el estallido de la actual guerra”. Esto es lo que nunca podrá conseguir el libro electrónico: un noble envejecimiento que se detecta en todo su cuerpo.
Culto como pocos e interesado en múltiples temas, Perutz pertenecía a una familia de acomodados comerciante textiles cuyo origen se remonta a Toledo. Es decir, judíos sefardíes, pero no religiosos. Sus camaradas intelectuales le llamaban “el Español”. Había nacido en Praga en 1882, pero se formó en Viena. Dicen que era tan inteligente que aborrecía los estudios disciplinados. Le interesaban tanto la literatura como la historia, el arte y las matemáticas. Fue empleado de una aseguradora e inventó un eficaz sistema estadístico para calcular decesos. Combatió en la I Guerra Mundial bajo las órdenes del ejército austrohúngaro y fue herido en un pulmón. Llegó a ser teniente. Y era de sangre caliente: cualquier ofensa terminaba en un duelo de espadas. Las cicatrices de su rostro quedaron como recuerdo de semejante pasión.
Un detalle altamente significativo: llevaba un anillo con la inscripción “Contra corriente”. Esa independencia de pensamiento le costó lo suyo. Cuando los nazis tomaron el poder y prohibieron sus libros en 1938, Leo Perutz y su familia dejaron Viena y se trasladaron brevemente a Venecia, luego a Tel Aviv y a Jerusalén. Nunca comulgó con el sionismo. Al respecto llegó a escribir: “No me gustan el nacionalismo ni el patriotismo; ambos son culpables de los desastres que sufre el mundo desde hace 150 años. Se empieza por el nacionalismo, se termina con el cólera y la disentería y desembocamos en la dictadura. Así que pienso marcharme en cuanto pueda. Sé que añoraré siempre Palestina e incluso Tel Aviv. Esto le sucede al que tiene muchas patrias. Yo he tenido tres y me las han escamoteado a las tres”. Retornó a Viena en 1950, aunque siguió alternando domicilio con Israel. Murió en Austria, en el balneario Bad Ischl, en 1957.
Patria no son los países ni las banderas. Patria es el idioma, las ciudades compartidas. Patria son los libros, los buenos libros, y mejor aun si son entretenidos y contra corriente.