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    El juicio político a Dilma Rousseff

    Sr. Director:

    El “golpe de Estado” en Brasil. En una mirada muy básica y de algún modo “extremista” de la forma de visualizar los resortes del poder en una sociedad determinada, limitándonos a aquellos países en los que existe un Estado de Derecho, podemos establecer dos paradigmas opuestos.

    El primero, en esta simplificación, sería aquella sociedad donde el pueblo en su totalidad configura sus reglas institucionales básicas a través de su Carta Magna y el Derecho regula integralmente la convivencia de los ciudadanos. Poderes independientes; libertad de prensa; elecciones de sus representantes; voto universal, etc., serían condiciones básicas para definir esta democracia perfecta.

    En el otro extremo de esta dicotomía elemental, podríamos situar un Estado regido por un gobierno de fachada democrática, pero en el cual, de hecho, el poder está ejercido integralmente por una combinación oscura de organizaciones; grupos; logias; servicios secretos; ONG, prensa; etc., que, aliados en forma permanente u ocasional, manipulan íntegramente a la opinión pública, arrastrando a los ciudadanos a elegir, en definitiva, el gobierno que mejor satisfaga sus intereses. Cualquiera que haya tenido la oportunidad, al menos, de ver la primera temporada de la serie “House of Cards”, entenderá cabalmente el concepto al que me estoy refiriendo.

    Lo antedicho no deja de ser un estereotipo de situaciones extremas y que, seguramente, no son aplicables integralmente en ningún sistema democrático.

    Del mismo modo que no existe la democracia perfecta, no parece creíble que todo el esquema institucional de una sociedad esté regido integralmente por esa combinación de factores de poder que oscilan entre la oscuridad, la corrupción o la conveniencia.

    Igualmente es imposible, sustancialmente, la plena e igualitaria participación de los ciudadanos en la vida política de un país. A pesar de que todos somos iguales ante la ley, las profundas diferencias en materia económica, educativa e incluso de interés en la participación en la vida política de sectores de la sociedad, determinan que los gobiernos, aun los más democráticos, no representen integralmente la voluntad de la totalidad de los ciudadanos.

    De todas formas, este sistema institucional, con todas sus carencias y aun teniendo presente que los factores de poder referidos anteriormente operan en menor o mayor medida en la vida política de un país democrático, resulta, sin dudas, el más representativo y el que refleja de la manera más fiel posible la voluntad popular.

    ¿Qué tiene que ver todo este introito con la situación que se da hoy día en Brasil y más concretamente con el alejamiento provisorio de la Presidencia de la República de Dilma Rousseff?

    Dando por sentado que en Brasil rige un sistema democrático, este acontecimiento ha dividido la opinión del sistema político, entre quienes afirman que el desplazamiento del poder de la presidenta ha devenido por la utilización absolutamente legal y ajustada a Derecho de los mecanismos constitucionales vigentes, y quienes sostienen que estamos frente a un golpe de estado, propiciado por sectores contrarios al gobierno popular llevado adelante por el Partido de los Trabajadores.

    Tuve oportunidad de ver por la prensa, más concretamente en uno de los informativos nocturnos, lo que quiso ser un reportaje a nuestro ministro de Relaciones Exteriores sobre el tema en cuestión, que me resultó casi antológico.

    La periodista le preguntó sobre su opinión de lo que estaba pasando en Brasil y el ministro (que se encuentra prensado en la interna de su partido) en una expresión facial mezcla de profunda desconfianza y preocupación —similar a la que podría poner en el truco quien tiene un cuatro de la muestra en la mano y sospecha “que le están haciendo una cama”— contestó enigmática y escuetamente: “Es raro”. Allí culminaron sus declaraciones.

    A mi juicio no puede haber duda sobre el tema,  a menos que prime una posición ideológica fundamentalista, por una razón extremadamente sencilla: la misma ciudadanía que ha llevado a Dilma Rousseff al poder y al Partido de los Trabajadores al gobierno por cuatro períodos consecutivos, es la misma que ha elegido sus representantes en el Parlamento. No resulta válido desde ningún punto de vista afirmar que es legítimo cuando “el pueblo” elige al presidente e ilegítimo cuando lo hace con sus representantes.

    Guste o no, ese pueblo eligió al payaso “Tiririca”, a quien alabó a los torturadores de la presidenta e igualmente a todos los que se pronunciaron en contra del impeachment.

    Por tanto, no puede hablarse de golpe duro o blando cuando gusta o no la decisión del soberano. Hacerlo, significa no creer en la democracia representativa, lo cual es absolutamente válido, pero resulta a todas luces maniqueo alabar sus virtudes como sistema de gobierno exclusivamente en el caso que en el devenir de su pleno ejercicio, las decisiones institucionales concuerden con nuestra postura ideológica.

    Alfredo Daniel Blanc Luzuriaga

    CI 1.286.272-3