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    El llanto no confesado

    Hay historias que nunca se conocen.

    Y hay historias que conocen pocos, algunos de quienes se ocupan de aderezarlas tanto que llegan a perder credibilidad.

    Ocurren también en el universo del tango, ciertamente, y esta es una que, al menos para mí, sigue siendo una incógnita.

    Julio Sosa —de quien ya he escrito más de una vez— nació en una familia humilde, y la pobreza lo obligó desde muy chico a emplearse en lo que fuera para contribuir a llenar la olla común del día. No tuvo una niñez feliz. A los 16 años se casó con Aída Acosta, de quien se separó tres años más tarde. Cantó, sin mayor repercusión, en orquestas de Uruguay y se fue a Buenos Aires en 1949. Allá, trabajosamente, fue construyendo su éxito y su fama, primero con la orquesta de Francini-Pontier, luego con la de Francisco Rotundo y al final con la de Armando Pontier. Cuando le pidió a Leopoldo Federico que armara un grupo para acompañarlo, en su mejor etapa, fue para lanzarse como solista.

    En 1958 se casó con Nora Edith Ulfeldt, con quien tuvo una hija, Ana María, divorciándose poco después para armar pareja con quien fue su compañera hasta la muerte: Susana Merighi.

    Apuntes biográficos —donde resalta el anadeo amoroso— para armar un contexto en el que exponer la historia que he llamado inconfesada.

    Ya con Federico, Julio Sosa evitaba cantar tangos en público, pese a que los grabó, como El rosal de los cerros y Dios te salve m’hijo. Ante la insistencia de sus compañeros, alguna vez solo dijo “que le hacían mal”.

    Sentimientos muy intensos y poco gratos, de los que nunca habló, se despertaban con esas letras.

    Pero hubo otro tango que hizo más expresiva esta incomodidad. También lo grabó y en ese disco se advierte un quiebre de voz del cantor, al borde del llanto, situación que no se presentó en los ensayos. Intentó corregir esa parte hasta que decidió dejar la placa inicial tal como estaba, con la condición de no cantar el tema en los escenarios.

    Ese tango es En esta tarde gris, de José María Contursi.

    ¿Le recordaba a Sosa males de amor, circunstancias penosas de su vida sentimental, de las que encerraba en su mismidad?

    Peripecias inesperadas de la vida, Contursi —el hombre que consumó su amor por Susana Gricel Viganó al final de su vida, luego de aquel encuentro inicial cuando ella era una adolescente, y el abandono, porque él estaba casado y tenía hijos— no solo compuso Gricel por la propia historia pasional, sino que durante el tiempo de separación y hasta el reencuentro con su enamorada, él viudo y ella divorciada y con una hija, su sufrimiento lo reflejó en múltiples tangos: Quiero verte una vez más, Toda mi vida, Tabaco, Sin lágrimas y el que muchos consideran el mejor y más profundo de todos, En esta tarde gris.

    —¡Qué ganas de llorar en esta tarde gris! / En su repiquetear, la lluvia habla de ti… / Remordimiento de saber / que por mi culpa, nunca, / nunca te veré. / Mis ojos al cerrar, te ven igual que ayer, / temblando al implorar de nuevo mi querer… / Y hoy es tu voz que vuelve a mí / en esta tarde gris…

    La voz de Sosa, en el disco, se quiebra ligeramente en el penúltimo párrafo de la letra: —No supe comprender tu desesperación / y alegre me alejé en alas de otro amor… / ¡Qué solo y triste me encontré / cuando me vi tan lejos / y mi engaño comprobé!

    ¿Hermanos de amores, abandonos, desengaños y buscados reencuentros?

    De la historia de José María Contursi se sabe todo. De la de Julio Sosa, no.

    Hay una referencia del periodista argentino Eduardo Rafael, al otro día de la muerte del Varón del Tango, que abre espacio para dar rienda suelta a la imaginación:

    —La muerte de Julio fue tremenda, llena de matices de leyenda: hubo una cena de despedida de alguien, a la que fui. Sosa jamás cantaba en reuniones. Pero esa noche sí. Y cantó tristes tangos que casi no se le conocían. Y él, que tenía una dicción perfecta, tuvo que repetir varias veces Aquel tapado de armiño porque no podía pronunciar “te lo pude al fin comprar…”. Estuvo sorprendentemente cariñoso con todos los compañeros. Al despedirse, dijo: “Ustedes son mi familia…”. Pocos minutos después, solo en su coche, enfiló por la ancha avenida, exactamente sobre la línea demarcatoria. Un vigilante vio que se acercaba a 120 quilómetros por hora a una baliza. Derecho, en línea recta. Hacia la muerte”.

    Julio Sosa llevó a la tumba su vida joven —tenía 42 años— y un montón de íntimas angustias.

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