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    El lobo tranquilo

    Columnista de Búsqueda

    N° 1711 - 02 al 08 de Mayo de 2013

    Las atribuciones del poder que Bodin le había asignado al monarca encontraron su discrepancia esencial y a la vez, en perspectiva de balance, su congruencia histórica, en el Leviatán, de Thomas Hobbes, texto que presentó una visión del poder un tanto diferente y en cierto modo radicalizada. Siempre pensé que el diálogo entre estos pensadores, separados por un siglo de disfunciones y cambios era como una suerte de luz única descompuesta por el prisma de las circunstancias; y lo pensé porque ambos apuntan al mismo propósito, se fundan en análogas desventuras y expectativas, a saber: dotar a los reyes de los adecuados instrumentos como para que el orden sea más fuerte que la propia naturaleza y el poder alcanzara niveles de intangibilidad capaces de desalentar todo intento de anarquía.

    No piensa así Carl Schmitt, para quien Bodin es un desvío débil de la necesaria racionalidad del estricto orden político y no merece más aprecio que el de un simple antecedente de Hobbes. Su mirada sobre este último es apasionada, según lo que recojo de un par de conferencias que dictó en Leipzig en el verano de 1938, reunidas bajo el más que obvio título El Leviathan en la teoría del Estado de Thomas Hobbes (Editorial Struthart & Cia, Buenos Aires, 1990). Sostiene allí que Hobbes escribió desde la necesidad que tenía la burguesía inglesa de garantizar el orden político y no dice que también fue un escritor al servicio de los Estuardo, que intentaron en la primera mitad del siglo XVII y hasta 1680 consolidar un poder absoluto en Inglaterra destruyendo lo que era el sistema parlamentario monárquico.

    La mirada de Scmitt, sin llegar a ser encomiástica, es decididamente cercana a las premisas de Hobbes. La bien fundada tesis antropológica de Hobbes es conocida: hay al principio de los tiempos una etapa pre-social en la constitución de la sociedad civil y política, el llamado “estado de naturaleza”, que parte de la idea de un hombre desdichadamente freudiano, corrompido, egoísta, perseguido hasta la desesperación y la angustia por la necesidad de dar satisfacción sin límites a sus deseos. Consideraba Hobbes que la naturaleza se componía en partes desiguales, según fueran las circunstancias, de la razón y de la pasión y afirmaba que era propio de todo ser humano el apetito natural por lo que deseaba para sí mismo pero, por otra parte había una escasez de los bienes que todos deseaban. Esa situación generaba inseguridad y conflicto. El hombre en estado de naturaleza se transformaba así en agresor de otros hombres, que eran considerados enemigos mortales en la búsqueda de satisfacer los mismos deseos, en una constante pelea por tener posesiones, ganar fama y reputación. Es en ese desolador estado pre-social donde descubrió la necesidad de abandonar esa terrible inocencia primordial para buscar la seguridad. Tal es el nacimiento de la vida comunitaria. Así, más o menos, surgió un contrato artificial que se convirtió en un poder visible que sujetaba a los hombres a través del temor al castigo, un temor que ya no estaría diluido en todos, sino concentrado en una figura única y poderosa, a la cual Hobbes llamó Leviatán y que expresaba la conveniencia de la monarquía absoluta.

    Veamos ahora el modo en que presenta y el partido que le saca Schmitt a este núcleo de interpretación antropológica. Su mirada va de la dramatización originaria a la sugerencia del carácter redentor que le asigna al Estado, es decir, al orden, a la autoridad, a lo político por sobre todas las cosas que hacen posible la vida: “El punto de partida de la construcción del Estado en Hobbes es el miedo del estado de naturaleza; su meta y objetivo, la seguridad del estado civil político. En el estado de naturaleza puede cada uno matar a quien quiera. “Todos pueden llegar a este extremo”. Ante tamaña amenaza, todos son iguales; aquí, como parafrasea Hegel, “todos” son débiles frente a los demás. Reina, por consiguiente, la “democracia”. Todos saben que cada uno puede matar a los demás. De ahí que cada uno sea enemigo y contrincante del otro —el conocido bellum ómnium contra omnes—. En el estado civil estatal todos los ciudadanos están seguros de su existencia física; reina la tranquilidad, la seguridad y el orden”. He aquí, como es bien sabido, una definición de la policía. El Estado moderno y la moderna policía han nacido juntos, y la institución más esencial de este estado de seguridad es la policía. Es altamente curioso que Hobbes, para caracterizar el estado de paz obtenido por medio de la policía, utiliza la fórmula de Bacon de Verulamio y dice que en ese estado el hombre es para el hombre un dios: “homo homini deus”; mientras que en el estado de naturaleza el hombre es para el hombre un lobo: homo homini lupus”. El terror del estado de naturaleza empuja a los individuos, llenos de miedo, a juntarse; su angustia llega al extremo; fulge de pronto la chispa de luz de la ratio y ante nosotros surge súbitamente el nuevo dios”. (pags 29-30).

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