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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn Uruguay existe un cierto relato respecto al manejo de la pandemia. Es una idea que suelo pensar siempre que escucho aquello de que en nuestro país la solidaridad, el esfuerzo y un uso consciente de la libertad nos previnieron de vivir situaciones de colapso sanitario durante el 2020. Suena similar al relato de que somos distintos a la región en la que nos encontramos y algunas otras ideas que solemos repetir como publicidad turística; mientras lo pienso, recuerdo que el “relato” —esa palabra que escuchábamos en otros países y hace poco más de un año se logró instalar aquí— es una construcción que hacemos y que, por ende, no corresponde con la verdad, o al menos con su totalidad.
Lo que sí es verdad es que en nuestro país la pandemia la “dejamos de llevar bien” desde hace un tiempo. Pudiendo ver la curva de contagios, terminando el mes de octubre del año pasado, Uruguay empezó a ver sus primeras cifras por encima de los 60 casos diarios mientras que, para diciembre, se logró superar los 200 casos diarios todos los días. Ante una situación de continuo cambio, las medidas siguieron siendo las mismas con mínimas graduaciones. La escasa movilidad de los primeros meses dio paso a los tímidos reencuentros con amigos y familiares, que para fin de año ya habían vuelto a ser tan normales como durante el 2019.
La libertad ha sido, en medio de ese relato, la clave para entender algunas de las medidas que se tomaron y el comportamiento general de la población frente a un problema que nos rodeó y nos sigue rodeando pasados los meses. De aquel tronco común que Luis Lacalle Pou definió como un “convencimiento ideológico”, las medidas para combatir el Covid-19 en nuestro país han pasado desde el “si podés, quédate en casa”, la famosa “libertad responsable” que se manejaba por perillas, a la “movilidad por burbujas”. Ninguna logró salvarnos por completo del desastre que vivimos hoy.
A diferencia de lo que muchas veces quisimos creer, el mensaje y las medidas de nuestro gobierno no fueron únicas en el mundo político. Sin embargo, quizás, sí resumieron lo que más tarde veríamos en algunas de las elecciones realizadas en pandemia, como las últimas autonómicas de la Comunidad de Madrid en España que han significado la consolidación de cierta dicotomía —a mi parecer falsa— que puso nuestras libertades individuales de un lado y el proteger a quienes nos rodean, del otro.
El mensaje y las estrategias de Isabel Díaz Ayuso desde la presidencia de la comunidad y como candidata fueron claras. Durante el 2020, Ayuso utilizó la confrontación con el gobierno de España y, de forma similar a Lacalle Pou, permaneció escéptica al uso de medidas restrictivas, en especial aquellas que atentaban contra la actividad económica, además de confiar en los ciudadanos el respeto a las medidas sanitarias para contener el Covid-19. Al término de la jornada electoral del 4 de mayo, el sorpaso del Partido Popular era una realidad y Génova 13 volvía a estar rodeada por un mar de gente. Una vez más desde aquellas manifestaciones que llevaron a Rajoy a pedir disculpas.
La victoria de Díaz Ayuso no fue sorpresa, aunque tal vez sí lo fue el porqué de su voto. En los días previos al 4 de mayo, Madrid registró una ocupación UCI promedio que doblaba la media española además de ser la segunda comunidad por muertes por cada 100.000 habitantes. Aun así, fue la favorita de una jornada que la dejó a siete escaños de una mayoría absoluta. De este lado del Atlántico y a un tiempo similar, Luis Lacalle Pou registraba, en una encuesta realizada durante el momento de mayor recrudecimiento de la pandemia, una aprobación del 60%.
Pareciera que nuestro gobierno tomó la elección de seguir un camino de mensajes superficiales y simpatías políticas. En un simple ejercicio de memoria, podríamos recordar los primeros meses de pandemia en Uruguay y notar aquella constante exposición de figuras del gobierno. Una exposición que, con el tiempo, cayó abruptamente causando durante el momento más delicado una dificultad en la población para adjudicar responsabilidades.
Pero también, muchas veces, desde el oficialismo se ha escuchado que el Estado no es quien nos debe restringir lo que podemos o no hacer y que la responsabilidad es de cada ciudadano. Si el Covid-19 aumenta su transmisión con el movimiento de las personas, resulta lógico el hecho de que cerrar actividades no esenciales puede tener un efecto; ahora, si esto solo lo puede hacer el gobierno, ¿de quién es entonces la responsabilidad de que no se haga?
Mientras nuestras cifras empezaban a aumentar durante el verano, desde el gobierno se llamó a tener un “turismo responsable”, a moverse por el interior del país e incluso el presidente pudo tener sus vacaciones en la playa. Quedaba claro que, para algunos, restringir sus libertades para prevenir que el 1% muera no era concebible. Este fin de semana, España terminó su estado de alarma luego de casi tres meses y lo hacía en un estado de euforia total, casi olvidando de que el fin todavía queda lejos. El mensaje de Ayuso caló hondo, la misma premisa volvía a confirmarse y la presidenta de la comunidad prefirió mantener el silencio durante la semana.
Mientras en Madrid la libertad se definía como poder salir a tomar algo de noche o cambiar de novio y no volver a verlo, en Montevideo se decía que si la libertad responsable fracasaba, la humanidad lo hacía con ella. Días más tarde, volvíamos a asistir a un asado de más de 15 personas en torno al presidente y otras figuras, algunas de las cuáles habían ingresado al país sin cuarentena. Ni libertad, ni responsable.
El mes pasado, el Grupo Asesor Científico Honorario que ha acompañado al presidente en la toma de decisiones recomendó “blindar abril”, pero al término de ese mismo mes Uruguay acabó con cerca de 1.500 muertos. Cada día vivimos la violencia que implica escuchar cifras de nuevas muertes diarias por encima de 40. Aunque al momento de escribir la carta llevamos días con números a la baja y la vacunación hace posible visualizar el fin, me pregunto: ¿con qué costo?
Aceptamos creer en la falsa libertad de compra y ocio individual, votamos a quienes nos aseguran no complicarnos mucho por los demás.
Ismael González Giusti
CI 5.639.845-9